Arturo Vásquez Urdiales
Apuntes De mocos y cosas peores.
Pasando por las calles empedradas de una ciudad del Medievo y amurallada, escuché un dicho popular que lógicamente me llamó a una reflexión profunda.
"Gustos son gustos —dijo la vieja— y se tragó los mocos."
Hay frases que nacen en las universidades y hay frases que nacen en las cocinas, en las banquetas, en las mesas de madera donde la vida fuma un cigarro y se ríe de sí misma. Las primeras suelen vestir corbata; las segundas andan descalzas. Y a veces las descalzas conocen más del alma humana.
"Gustos son gustos —dijo la vieja— y se tragó los mocos."
La frase parece una carcajada, una pequeña travesura popular, una piedra lanzada al estanque para hacer círculos de risa. Pero debajo de su piel cómica duerme una criatura antigua: la contradicción humana.
Porque el ser humano es exactamente eso: un animal capaz de amar cosas extrañas, defender absurdos y abrazar con ternura aquello que otros rechazarían.
La humanidad entera podría resumirse quizá en esa escena imposible: alguien diciendo con dignidad solemne "cada quien sus gustos", mientras realiza algo que los demás consideran desagradable.
Y ahí aparece el misterio.
Vivimos creyendo que nuestras preferencias nacieron limpias, racionales, elegantes. Decimos: "me gusta esto", "pienso aquello", "defiendo esto otro". Pero casi nunca vemos que nuestras elecciones son pequeños barcos construidos con madera ajena: la infancia, la pobreza o la abundancia, el miedo, la madre, el padre, la tierra donde nacimos, las heridas que nos tocaron y los abrazos que faltaron.
Uno ama el mar porque de niño le prometieron libertad. Otro ama las montañas porque necesitó silencio. Uno busca dinero porque conoció el hambre. Otro lo desprecia porque conoció a hombres ricos y vacíos.
Todos cargamos nuestros propios mocos invisibles.
No necesariamente cosas grotescas, sino pequeñas rarezas del alma: nostalgias incomprensibles, manías, obsesiones, amores que no deberían existir y dolores que protegemos como si fueran tesoros.
El hombre presume sus medallas y esconde sus absurdos, pero son los absurdos los que suelen explicar mejor su corazón.
Miremos a la historia. Un emperador se enamoró de una bailarina y perdió reinos. Un filósofo que hablaba del orden universal fue esclavo de sus pasiones. Un conquistador cruzó océanos persiguiendo una idea equivocada. Un poeta murió por una mujer que apenas lo miró. Naciones enteras se han incendiado por símbolos, banderas, colores o palabras.
Y desde algún rincón del tiempo una anciana invisible parece sonreír:
"Gustos son gustos..."
La humanidad se cree grandiosa porque construyó catedrales, telescopios y máquinas capaces de tocar otros mundos. Pero quizá su verdadera esencia no está en la Luna ni en las bombas ni en los algoritmos. Quizá está en sus contradicciones.
Porque somos criaturas extrañas.
Lloramos por personas que nunca conocimos.
Guardamos piedras de playas olvidadas.
Conservamos cartas viejas.
Besamos fotografías.
Extrañamos casas que ya no existen.
Seguimos amando a quienes ya se fueron.
Y tragamos silenciosamente nuestros mocos espirituales todos los días.
Nos tragamos el orgullo para pedir perdón.
Nos tragamos lágrimas para no preocupar a alguien.
Nos tragamos palabras para evitar una guerra.
Nos tragamos tristezas para seguir adelante.
Quizá por eso la frase termina siendo menos vulgar de lo que parece y más misericordiosa de lo que imaginamos.
Porque debajo de la risa hay una absolución.
Dice: mira al otro con menos soberbia. No te burles demasiado de las rarezas ajenas. Todos llevamos una pequeña locura privada; todos somos ridículos desde cierto ángulo; todos escondemos un cuarto oscuro en la casa del alma.
Y tal vez Dios, si contempla el teatro humano desde la eternidad, no se ríe de nuestras contradicciones.
Tal vez sonríe con ternura.
Tal vez mira a la especie humana entera —con sus guerras, sus poemas, sus amores imposibles y sus absurdos— y dice suavemente:
"Gustos son gustos..."
Arturo








