Por Arturo Vásquez Urdiales
Cuento II: Los piratas sólo reparten el oro entre piratas
Del libro: Los desterrados hijos de Eva
Capítulo I. Su Majestad pide otra carcajada
El rey pidió que trajeran al ladrón después del postre.
Antes habría sido de mal gusto. La justicia podía esperar; la crema, no.
El campesino entró descalzo. Tenía harina en las mangas y una hinchazón debajo del ojo. Dos guardias lo sujetaban como si todavía conservara algo que pudiera robar.
Godfrey Bell lo vio desde su banquito.
En palacio lo llamaban Cascabel.
Había conseguido vivir veinte años de la risa ajena. Conocía la duración de una sonrisa, el peligro de un silencio y la diferencia entre divertir a un hombre y hacerlo sentirse descubierto.
Vestía rojo y amarillo. Cada movimiento hacía sonar su gorro.
Dormía encima de las cocinas. Cuando tenía fiebre, soñaba que alguien lo sacudía para comprobar si todavía servía.
—¿Qué robó? —preguntó el rey.
—Harina, Majestad.
—¿Cuánta?
El administrador mostró una bolsa.
El rey miró al acusado.
—Por eso tendrás una mano menos.
El campesino abrió la boca. Le faltaban dientes. La explicación tardó en salir porque el miedo también ocupa espacio.
—Tengo tres hijos.
—Debiste pensarlo antes.
Cascabel miró la mesa.
Había pan suficiente para alimentar a los tres hijos, al padre y a los guardias que lo habían golpeado. Algunas piezas seguían enteras. Otras habían servido para limpiar platos.
Una mosca caminaba sobre una hogaza.
El bufón la espantó.
—Majestad, propongo un castigo más largo.
El rey se acomodó.
Le gustaban las novedades cuando les ocurrían a otros.
—Habla.
—Dadle pan. Tendrá que sobrevivir otro día en vuestro reino.
Dos nobles rieron.
El obispo sonrió sin enseñar los dientes. Así podía alegar después que había sido un gesto digestivo.
El rey permaneció quieto.
Cascabel debió callarse.
Pero el campesino tenía las manos abiertas, y él llevaba demasiados años cerrando la boca justo cuando importaba.
—Además, es un ladrón miserable —continuó—. Robó harina. Ni siquiera supo fundar un impuesto.
La mosca regresó.
Nadie la espantó.
—¿Me llamas ladrón? —preguntó el rey.
—Jamás. Vos tenéis escribanos.
Un duque soltó una risa involuntaria.
Se la tragó tan deprisa que empezó a toser.
El rey descendió del trono. Tenía una pequeña mancha de crema junto a la boca.
Cascabel se fijó en ella con una atención desesperada. Después recordaría que su última esperanza había consistido en una mancha.
—Eres el hombre más gracioso de esta corte.
—La competencia ayuda, Majestad.
El rey le tocó uno de los cascabeles.
Lo hizo sonar.
—Quiero que mañana también hablen de ti.
Llamó al verdugo.
Godfrey entendió antes que los demás.
El cuerpo se le adelantó a la dignidad: dio un paso hacia atrás, perdió el banquito y cayó sentado.
La corte se rio.
Todavía parecía parte del número.
Él también intentó reír.
—Me he caído demasiado pronto.
El verdugo no sonrió.
Tenía manos limpias y una uña ennegrecida. Godfrey miró aquella uña, buscando algo humano donde sostener una súplica.
Lo llevaron al patio.
El campesino quedó en el salón. Nadie había decidido qué hacer con él. Su hambre había provocado una interrupción y ahora resultaba incómoda.
En el patio, Godfrey empezó a hablar deprisa.
Recordó cumpleaños, enfermedades del rey, noches de tedio. Recordó una ocasión en que había pasado seis horas imitando animales para distraerlo del dolor de una muela.
—Os hice reír cuando murió vuestro hermano.
—Sí.
—Cuando vuestra esposa os dejó de hablar.
—También.
—Cuando creísteis que ibais a morir.
El rey pidió una silla.
—Y lo agradezco.
Godfrey miró el tajo de madera.
Tenía marcas antiguas, hendiduras donde se había acumulado una suciedad oscura. Allí habían puesto otros cuellos. Cuellos de hombres que aquella mañana también habían creído merecer la tarde.
—No quiero —dijo.
Lo dijo con vergüenza.
Después lo repitió sin ella.
—No quiero. No quiero morir.
Un cortesano apartó los ojos.
Otro miró la hora en la sombra del muro.
El rey se sentó.
—No lo alargues, Cascabel.
Godfrey sintió que lo obligaban a arrodillarse.
La piedra estaba fría. Tenía ganas de orinar. Pensó en el cuarto sobre las cocinas, en una manta rota, en una criada que le guardaba las peras maduras.
Nada le había parecido tan hermoso mientras pudo volver.
—Majestad, perdonadme.
El rey suspiró.
Aquel tono lo conocía Godfrey. Era el que empleaba cuando un perro insistía en pedir comida.
—Me obligas a repetirme.
El verdugo le acomodó la cabeza.
Godfrey intentó levantarse. Una mano le hundió el hombro. Los cascabeles sonaron desordenadamente.
La corte volvió a reír.
Entonces hizo lo único que sabía hacer.
Torció los ojos. Sacó la lengua. Se puso a imitar al administrador contando monedas.
Su voz temblaba tanto que el personaje salió viejo y asustado.
Eso lo hizo más gracioso.
El rey se dobló en la silla.
Godfrey vio la carcajada y confundió, durante un segundo, la alegría con la misericordia.
—¿Veis? —alcanzó a decir—. Todavía puedo…
El golpe le cortó la frase.
Uno de los cascabeles quedó vibrando contra la madera.
El rey tardó en recuperar el aliento.
Después se secó los ojos.
—Te extrañaré tanto —dijo—. Por siglos y siglos. Nunca tendré otro como tú.
Pidió que conservaran el gorro.
El cuerpo podían retirarlo.
Aquella noche cenó poco. Comentó que la jornada había sido triste y ordenó aumentar la ración de vino.
La criada de las peras bajó al patio cuando ya no quedaba nadie.
Recogió un cascabel.
Lo envolvió en un trapo, sin hacerlo sonar.
En las cocinas encontró al campesino sentado junto a la puerta. Le habían dejado ambas manos. Nadie quería volver a presentar el asunto ante el rey.
La mujer le entregó tres panes.
—Vete.
Él miró el bulto que llevaba.
—¿Qué es?
—Nada que puedas comer.
El campesino se marchó.
La criada subió al cuarto de Godfrey. Sobre la cama había una camisa remendada. En un rincón, dos peras.
Una estaba empezando a pudrirse.
Se sentó y se comió la otra.
Lloró con la boca llena.
Muchos años después, cuando aquel patio ya era piedra derrumbada, un niño nació al otro lado del océano.
Le pusieron Silas.
Durante meses sólo dejaba de llorar cuando alguien agitaba una campanilla.
Su madre celebró aquella inclinación musical.
No podía saber cuánto había costado.
Capítulo II. No olviden la sal
Silas Ruval nunca soñó que le cortaban la cabeza.
Soñaba que todos se reían y él no entendía el chiste.
Despertaba furioso.
Necesitaba que alguien le llevara agua, le abrochara la camisa o recibiera una orden. Bastaba cualquier obediencia para devolverlo al mundo.
Había heredado una plantación en Mississippi y comprado otra propiedad en Florida.
Tenía un libro donde anotaba nacimientos, ventas y gastos de alimentación.
Las personas ocupaban columnas.
Los perros tenían nombres completos.
Moses aparecía como un hombre de buena dentadura, apto para varias labores. Silas había pagado más por él porque sabía leer.
Después descubrió que leía una Biblia rota.
Le pareció un desperdicio.
—Podrías llevar cuentas.
Moses bajó los ojos.
—No sé llevar las suyas.
Silas lo abofeteó.
No por la respuesta. Por haber necesitado pensar qué significaba.
A Jeremías lo encontró una cuadrilla en un cañaveral.
Había escapado buscando a su hija.
Cuando lo devolvieron, tenía tierra entre los dientes.
El capataz preguntó cuántos azotes.
Silas miró por la ventana.
Estaban cargando un carro. Uno de los hombres llevaba el hombro abierto y procuraba ocultarlo para que no lo apartaran del trabajo.
El dueño sintió una irritación imprecisa.
Todo el mundo quería algo.
Los heridos, descanso. Los hambrientos, comida. Los padres, hijos. Los vivos, otra mañana.
Resultaba agotador administrar tantas pretensiones.
—Esta vez no habrá azotes.
El capataz esperó.
—Prepare el traslado a Florida.
Eligieron nueve.
No buscaban responsables. Buscaban una cantidad que pudiera recordarse.
Ruth preguntó por qué debía ir.
El capataz no contestó.
La anciana pidió sus zapatos.
Le dijeron que no los necesitaría.
Durante el viaje, Moses ayudó a sostenerla. El muchacho de diecisiete años preguntaba cuándo llegarían a la nueva plantación.
Silas escuchaba desde su montura.
Le agradaba que hablaran del futuro.
Al amanecer del último día mandó preparar una cesta.
Carne fría. Pan. Una botella.
Antes de salir llamó a la cocinera.
—La sal.
La mujer se la entregó envuelta en papel.
Tenía manos grandes, agrietadas por el agua.
Silas notó que lo miraba demasiado.
—¿Qué?
—Nada, señor.
Ese nada lo acompañó durante el camino.
En el pantano encontraron un tronco caído junto a una orilla fangosa.
Los guardias pasaron la cuerda por los collares.
Moses quedó cuarto.
Jeremías delante.
Ruth apretaba el vestido sobre unos pechos que todavía producían leche para una criatura ausente.
Silas se sentó a comer.
Conservó los guantes puestos hasta que le sirvieron.
—Aquí aprenderán los otros.
Jeremías se volvió.
—Yo escapé.
Silas cortó un pedazo de carne.
—Lo sé.
—Ellos no hicieron nada.
El dueño levantó la vista.
—Por eso aprenderán.
Uno de los guardias se rio.
El otro estaba pálido. Se había emborrachado antes de salir y ahora el alcohol empezaba a abandonarlo.
La anciana cayó.
Moses sujetó la cuerda para que el collar no le cerrara la garganta.
Silas observó el movimiento con fastidio.
Hasta dentro de su castigo seguían ayudándose.
Ruth pidió al pastor que dijera algo.
Moses empezó a cantar.
Padre de Israel, mira mi casa.
Dios de Abraham, recibe mi pan.
Silas dejó de masticar.
No conocía la canción.
Sin embargo, le produjo una molestia antigua: la misma sensación de estar oyendo palabras que podían convertir una sala llena de gente en testigos.
—Que se calle.
El guardia levantó el arma.
Silas lo detuvo.
No quería acabar demasiado pronto.
Moses continuó.
Dios de David, guarda a mis hijos.
Si falta mi voz, ellos cantarán.
Jeremías le gritó que no cantara.
El muchacho empezó a ofrecer trabajo.
Más horas. Menos comida. Ninguna queja.
Silas lo escuchó con interés.
Aquello le pareció una confirmación: cuando las personas comprendían el peligro, se volvían razonables.
El agua se abrió junto a la anciana.
La cuerda tiró de todos.
El guardia pálido se apartó y vomitó detrás de un árbol.
Silas le gritó que volviera.
Había pagado su jornal.
Ruth alcanzó a decir el nombre de su hija.
Esther.
Moses lo repitió.
Luego el agua, los cuerpos y la cuerda se confundieron en un movimiento que Silas no había imaginado tan rápido.
Se puso de pie.
El pan cayó de sus rodillas.
Jeremías golpeaba con una rama. Moses intentaba sostener a Ruth. La anciana ya no se veía.
El muchacho seguía ofreciendo cosas.
Después sólo llamó a su madre.
Silas oyó aquella palabra y miró hacia los guardias, como si alguien hubiese roto una regla.
Habían de morir castigados.
No tenían por qué hacerlo de una manera que estropeara la mañana.
Moses desapareció bajo la superficie.
Jeremías se apoyó en el tronco y lo levantó del cabello.
El dueño vio el esfuerzo.
Vio a un condenado gastar sus últimos músculos en otro.
Durante un segundo sintió vergüenza.
Fue breve.
La convirtió en enojo.
—¡Sepárenlos!
Nadie entró al agua.
La cuerda se rompió.
Moses cayó entre las raíces.
Silas lo buscó con la mirada. Ordenó esperar. Mandó lanzar piedras donde creía haberlo visto.
El agua se aquietó poco a poco.
A media tarde, el dueño tuvo sed.
Después hambre.
Volvieron.
Antes de marcharse, el capataz le mostró un pedazo del vestido de Ruth.
Silas lo rechazó.
—Tírelo.
No quería recuerdos húmedos dentro del carro.
En la finca hicieron reunir a los demás.
El capataz contó lo sucedido.
Silas corrigió un detalle.
—No diga que la cuerda se rompió.
El hombre asintió.
La lección debía carecer de salidas.
Esa noche, mientras le quitaban las botas, Silas preguntó por qué no habían preparado la cena de siempre.
La cocinera no había vuelto a encender el fuego.
La castigaron.
Otra mujer cocinó.
La casa siguió funcionando.
Moses estaba vivo debajo del tronco.
Había oído las piedras. Había oído al dueño pedir agua.
Permaneció inmóvil hasta que el silencio tuvo el peso suficiente para creerlo.
Muchos años después encontraría a Esther. Le contaría lo que Ruth había alcanzado a decir.
Silas nunca supo que alguien había llevado el nombre fuera del pantano.
Se enriqueció.
Envejeció.
Algunas tardes preguntaba por Moses como quien recuerda un caballo vendido demasiado barato.
—Cantaba bien.
La última noche pidió que lo incorporaran.
Tenía aire delante y no conseguía meterlo dentro.
El médico habló de los pulmones.
Silas lo insultó.
El médico aumentó la dosis.
Una criada acercó un vaso. Silas le agarró la muñeca y, durante un instante, creyó estar sujetando un collar.
Retiró la mano.
Oyó cascabeles.
Vio a un rey sentado.
Sintió el frío de una piedra contra las rodillas.
Luego oyó el agua.
Quiso llamar al capataz.
Le salió el nombre de Jeremías.
La criada se inclinó.
—¿Señor?
Silas empezó a llorar.
Ella no sabía que los amos podían llorar así: sin autoridad, sin medida, sin conseguir nada.
Lo vio morir.
Después abrió la ventana.
Necesitaba respirar.
Capítulo III. Su parte del botín
Baltasar Ruvalcaba conoció a Anselmo Trujillo en un desayuno donde nadie desayunaba por hambre.
Los platos servían para acompañar los acuerdos.
Trujillo pidió fruta, pan dulce y la cabeza de un funcionario.
La fruta llegó primero.
Baltasar tenía empresas, contactos y una capacidad extraordinaria para no terminar las frases peligrosas.
—Podríamos resolver…
—Hay maneras de…
—Si la dependencia acompaña…
Se entendían.
El senador le puso una mano en el hombro.
—Tú sabes trabajar.
Baltasar aceptó el elogio.
No preguntó para quién.
En su casa todavía había una mujer capaz de interrumpirlo.
Elena era médica. Llegaba con marcas de cubrebocas en la cara y una fatiga que no mejoraba cambiándose de ropa.
Una noche vio los documentos sobre la mesa.
Reconoció el nombre de un hospital.
—Ahí faltan medicamentos.
Baltasar cerró la carpeta.
—Siempre faltan.
—Tú cobraste la entrega.
—Mi empresa.
Elena se quedó mirándolo.
—Acabas de esconderte detrás de una razón social.
Él quiso discutir.
No encontró una frase que no sonara aprendida.
El hijo de Elena, Mateo, hacía tareas en el comedor.
Había oído todo.
—¿Una empresa puede ir a la cárcel?
Baltasar sonrió.
—No exactamente.
El niño bajó los ojos al cuaderno.
—Entonces está bien pensado.
Aquella noche Baltasar soñó que tenía hierro alrededor del cuello.
Despertó buscando la hebilla de una corbata que no llevaba puesta.
Atribuyó el sueño al trabajo.
La explicación le permitió dormir otras dos horas.
Clara Luz empezó a publicar en marzo.
Primero un contrato.
Luego una entrega que nadie había recibido.
Después los nombres de quienes habían firmado.
Baltasar vio su fotografía en la pantalla y se enfureció por una razón que no quiso examinar: lo habían retratado mal.
Tenía papada.
Llamó a la periodista.
—Le falta información.
—Mándemela.
—No funciona así.
—En los documentos sí.
Él cambió de tono.
Le habló del país, de las presiones, de empleos que podrían perderse.
Clara Luz escuchó.
—¿Ya terminó?
Baltasar apretó el teléfono.
—Puedo hacerle mucho daño.
—Ya lo hizo. Estoy contando cuánto.
Elena leyó las investigaciones.
Se marchó con Mateo.
No gritó.
Dejó las llaves sobre la mesa y se llevó una olla que había comprado antes de conocerlo.
Baltasar miró el círculo húmedo donde había estado la olla.
Le molestó más de lo que esperaba.
Trujillo lo tranquilizó.
—Aguanta. Esto tiene salida.
La salida incluía diez millones de dólares.
Su parte.
Baltasar se aferró a esa cantidad como antes otros se habían aferrado a una rama.
Tomás lo llevó a la casa de Las Lomas.
El chofer conocía aquella dirección.
Había esperado afuera otras veces. Recordaba un hombre que entró con carpeta y salió sin cinturón, llevado por dos personas.
Apagó la radio.
—No entre.
Baltasar se acomodó el saco.
—No te pago para que decidas.
Tomás sostuvo el volante.
—Por eso se lo estoy diciendo gratis.
Baltasar bajó.
Dentro, Trujillo no ofreció bebida.
Tampoco había documentos.
Baltasar entendió que su dinero no estaba allí y tardó unos segundos más en comprender qué sí estaba.
—Cumplí con todo.
—Lo sabemos.
—Entonces págame.
Trujillo sonrió.
Era una sonrisa que Baltasar había considerado cordial mientras estuvo del lado conveniente.
—No te confundas.
—Puse las empresas.
—Sí.
—Las cuentas.
—Sí.
—Mi nombre.
El senador asintió con satisfacción.
—Eso fue lo mejor.
Baltasar retrocedió.
Una puerta se abrió detrás de él.
Dos hombres entraron.
—Anselmo…
—Los piratas sólo reparten el oro entre piratas.
Lo sujetaron.
Baltasar buscó una broma.
La costumbre atravesó tres vidas antes de encontrarle la boca.
—Por lo menos devuélveme el desayuno.
Trujillo soltó una carcajada.
—Siempre tan ocurrente.
El disparo llegó después.
Baltasar cayó junto a una mesa donde había revistas cuidadosamente alineadas.
Durante unos segundos pudo ver una portada.
Una familia sonreía frente a su nueva casa.
Quiso pedir ayuda.
Sintió la lengua ajena, la boca llena, la respiración reducida a un trabajo miserable.
Trujillo se agachó.
—Qué necesidad de complicarlo.
Baltasar quiso decirle que él lo había complicado todo.
No pudo.
Oyó un cascabel.
Vio una cesta.
Vio a un muchacho prometiendo trabajar más.
Comprendió aquella negociación con una claridad que le destrozó el último resto de orgullo.
Él también estaba ofreciendo obediencia cuando ya habían decidido.
Después no hubo sala blanca.
Hubo una mesa.
Godfrey reconoció el campesino.
Silas reconoció a Ruth.
Baltasar reconoció un hospital.
No podía elegir qué mirar.
Las cosas que había separado durante sus vidas estaban juntas.
Cada cama sin medicina tenía una persona.
Cada venta tenía una despedida.
Cada orden tenía un cuerpo intentando obedecer para conservarlo.
Pidió que aquello terminara.
No terminó.
En medio de esa memoria apareció un hombre sentado en una banqueta.
Baltasar tenía veinticinco años y estaba borracho.
Acababa de cobrar su primer negocio sucio.
El hombre pidió comida.
Él le arrojó una bolsa con dinero.
Doscientos mil pesos.
Lo había hecho por ostentación, por cansancio, por el placer de sentirse capaz de cambiar una vida sin bajarse del coche.
El hombre lo llamó.
Baltasar regresó, irritado.
Creía que iba a pedir más.
Pero el mendigo le entregó un billete.
—Para que también cenes.
Baltasar se rio entonces.
Ahora no pudo.
Vio lo que había ocurrido después.
Un cuarto alquilado.
Un tratamiento.
Zapatos.
Comida compartida con dos compañeros.
Una llamada a una hija que llevaba años creyendo muerto a su padre.
El dinero había hecho bien.
Eso estaba allí.
También estaba Ruth.
Baltasar quiso acercarse al hombre de la banqueta.
El suelo no le permitió usarlo como escondite.
—Le di todo —dijo.
La frase sonó pobre.
Había dado una bolsa.
A otros les había quitado años.
Esperó una respuesta.
La recibió con la claridad de una voz que no necesitaba alzarse.
—Y él hizo mucho con lo que recibió.
Baltasar lloró.
—Entonces…
—Todavía no.
Sintió que aquella negativa lo sostenía.
No era el capricho del rey.
No era el cálculo del dueño.
No era el reparto del senador.
No había satisfacción en verlo reducido. Tampoco prisa por llamarlo bueno.
Ruth conservaba su nombre.
Jeremías, sus manos.
La anciana no era una cifra.
Baltasar pidió perdón.
Nadie lo obligó a retirar la petición.
Nadie declaró pagada la deuda.
Entonces ocurrió algo pequeño.
Vio el billete que el mendigo le había devuelto.
Durante años lo había usado como separador dentro de un libro sobre inversiones.
El Padre rio.
Una risa breve, con una ternura que hizo más insoportable la vergüenza.
Baltasar había recibido una invitación a comer.
La había convertido en marcador de dinero.
—No sé reparar esto —dijo.
La respuesta llegó sin crueldad.
—Aprenderás.
Quiso saber dónde.
La mesa desapareció.
Capítulo IV. Otra vez las manos
Tomás entró cuando los hombres se marcharon.
Encontró a Baltasar.
También encontró el teléfono, caído debajo de un sillón. Seguía grabando.
Se lo llevó a Clara Luz.
La periodista escuchó el archivo dos veces.
A la tercera tuvo que salir al patio.
Publicó.
Hubo detenidos.
Hubo un senador que negó conocer a un hombre con quien aparecía en cuarenta fotografías.
Hubo familias que acudieron a declarar y recibieron fechas demasiado lejanas.
Clara Luz siguió sus nombres.
Tomás la acompañó a varias diligencias.
Elena volvió al hospital.
Mateo conservó una pregunta que nadie respondió de inmediato.
—¿Era malo todo el tiempo?
Su madre dejó de doblar una sábana.
—No.
El niño esperó.
—Por eso tenía que haber elegido mejor.
En otra ciudad, una mujer estaba dando a luz.
La luz se había ido.
Una enfermera sostuvo una lámpara mientras la médica trabajaba.
El niño nació después de una espera que puso a todos de pie.
Tardó en llorar.
La madre empezó a llamarlo sin nombre.
—Aquí. Aquí estoy.
Entonces abrió la boca.
Lloró.
La mujer se rio de agotamiento y alivio.
Lo pusieron contra su pecho.
Le llamaría Julián.
Crecería en un edificio donde el agua subía algunos días y otros no. Aprendería temprano a llenar cubetas. Conocería el precio del pan, el miedo de su madre al alquiler y la vergüenza de pedir fiado.
No sería castigado por haber nacido pobre.
Otros pobres serían sus vecinos, sus amigos, gente sin relación con aquella historia.
Su trabajo estaría en algo más difícil de medir: lo que eligiera hacer cuando tuviera una ventaja.
A los siete años oyó una canción detrás de una puerta.
Una anciana cocinaba para varios niños.
Padre de Israel, mira mi casa.
Julián se detuvo.
Le dolió el cuello.
La mujer abrió.
—¿Tienes hambre?
Él miró la mesa.
Había seis platos.
Seis niños.
Ningún lugar preparado para él.
Asintió.
La anciana añadió una silla.
Julián comió deprisa.
Después más despacio.
La mujer no le preguntó nada hasta que terminó.
Al salir, le dio otro pan.
—Para tu mamá.
Él lo apretó contra el pecho.
En la escalera encontró a una niña sentada junto a una cubeta. Esperaba que llegara el agua. Tenía una llave vieja colgada al cuello.
Julián miró el pan.
Miró la puerta de su casa.
Su madre también tenía hambre.
Podía seguir.
La niña levantó la cara.
Él partió el pan.
La mitad salió desigual.
Intentó corregirla, pero sólo consiguió llenarse de migas.
La niña aceptó el pedazo pequeño.
—Gracias.
Julián se sentó a esperar con ella.
No recordó al rey.
No recordó la cesta.
No recordó los diez millones.
Oyó, desde la cocina, la canción.
Cuando el agua llegó, sostuvo la cubeta mientras la niña abría la llave.
Pesaba demasiado para cualquiera de los dos.
La levantaron juntos.








