Por Arturo David Vásquez Urdiales
El hechizo de la madrugada o el vagabundo princesa
* Domingo de los cuentos de Letras Hipnóticas
Había una vez, en las calles frías de Berlín, un vagabundo que caminaba solo.
Caminaba bajo los puentes, junto a las estaciones, por avenidas donde nadie miraba a nadie.
Tenía la barba crecida, la ropa vencida por la intemperie y ese olor triste de los hombres a quienes la vida dejó afuera de todas las casas.
No tenía nombre para los demás. Era apenas “ese hombre”, “aquel pobre”, “el de la esquina”. Pero dentro de sí llevaba una pequeña lámpara encendida.
Y cuando alguien le daba un mendrugo de pan, no lo devoraba entero. Lo partía.
Guardaba una parte para sí y la otra la ofrecía a otros vagabundos, más rotos, más enfermos, más solos.
Una tarde, cuando el cielo de Berlín parecía una sábana gris colgada sobre el mundo, encontró a un hombre tirado junto al camino.
Tenía los pies destrozados, las muñecas heridas, la ropa pegada al cuerpo por el frío y la miseria. No pedía ayuda. Ya ni siquiera parecía esperar nada.
Nuestro vagabundo se acercó despacio, como quien se acerca a una iglesia derrumbada. Lo enderezó con cuidado, lo sentó contra una piedra y le habló sin saber si el otro escuchaba. Luego buscó agua en un arroyo cercano. Halló un cuenco viejo, unas telas abandonadas, y con eso hizo lo que pudo: limpió las heridas, lavó el rostro del desconocido, le vendó los pies con trapos pobres, pero manos de misericordia.
Después caminó hasta una pequeña población cercana. No era un lugar rico. Allí también la pobreza dormía en los portales y miraba desde las ventanas. Pero consiguió unos mendrugos, un poco de vinagre, un pedazo de tela menos sucia. Volvió con su carga mínima como quien regresa con un tesoro.
Encontró al herido casi en el mismo lugar. Lo levantó con las pocas fuerzas que tenía, lo cargó sobre los hombros y lo llevó hasta el pueblo. Lo sentó junto a la iglesia y empezó a pedir limosna, no para él, sino para aquel desconocido. A quien pasaba le decía: “Ayúdenlo a él. Está peor que yo”.
Entonces ocurrió lo que sólo ocurre en los cuentos, en los sueños y en ciertos pliegues secretos de la compasión.
El hombre herido abrió los ojos. Una luz suave comenzó a salir de su cuerpo. La barba se volvió resplandor, los trapos se volvieron seda, la miseria se volvió música. Aquel vagabundo quebrado se transformó en una bella madrina, luminosa y serena, con una vara en la mano y una sonrisa antigua, como si hubiera nacido antes del primer cuento.
Miró al vagabundo y le dijo:
—Por tu buen corazón, por haber dado lo que no tenías, por haber curado con trapos cuando otros no curan ni con oro, te concederé la mejor de tus noches.
El vagabundo quiso responder, pero no tuvo palabras. La madrina lo tocó con su vara. En ese instante, su cuerpo cansado se volvió juventud. Su barba desapareció. Sus harapos cayeron como hojas secas. Y allí, donde antes estaba el hombre maloliente de las calles, apareció una hermosa princesa moderna: rubia, de piel sonrosada, ojos azules, vestida con jeans, limpia como la mañana, dulce como una promesa.
La madrina sonrió y desapareció en el aire.
La princesa comenzó a caminar por la carretera. No sabía si soñaba o si por fin la vida había decidido abrirle una puerta. Caminó bajo las primeras estrellas, y en eso pasó un camión grande, iluminado como una nave sobre el asfalto. El conductor la vio, frenó con cuidado, tocó el claxon y asomó el rostro.
Era un camionero fuerte, amable, de mirada limpia.
—¿Te llevo? —preguntó.
Ella subió.
Hablaron durante el camino. Primero de cosas simples: el frío, la noche, la carretera. Luego de la vida, de los cansancios, de las soledades que cada quien arrastra aunque tenga cama, trabajo o volante. Él creyó haber encontrado a la más bella mujer de su destino. Ella creyó, por unas horas, haber encontrado una vida que no dolía.
Se rieron. Se miraron. La noche hizo su antiguo trabajo de esconder la realidad bajo un manto de estrellas. Llegaron a un motel de carretera, uno de esos lugares donde el mundo se detiene un momento y nadie pregunta de dónde viene nadie. Allí pasaron la noche más intensa, más dulce, más inolvidable de sus vidas.
No fue solamente pasión. Fue también el milagro de sentirse escogidos por el universo durante unas horas. Él abrazó a una princesa. Ella abrazó, quizá por primera vez, la idea de ser deseada sin lástima, sin mugre, sin frío, sin hambre.
Pero los hechizos no aman el amanecer.
Muy temprano, cuando la luz entró por las cortinas pobres del cuarto, el camionero despertó. Extendió la mano buscando la piel suave de la princesa rubia. Pero encontró una barba áspera, un cuerpo sucio, un olor agrio, unos harapos tirados sobre la cama. Abrió los ojos de golpe.
A su lado ya no estaba la princesa.
Estaba el vagabundo de Berlín, mugroso, barbudo, maloliente, dormido profundamente, con una paz absurda en el rostro.
El camionero saltó de la cama sin entender nada. Miró la habitación. Miró al hombre. Miró la madrugada. Quizá quiso gritar, quizá quiso rezar, quizá quiso negar lo que veía. Pero el hechizo había terminado. La princesa había sido apenas una noche. La realidad, en cambio, estaba allí, respirando con dificultad junto a él.
Y el vagabundo despertó también.
No preguntó nada. No explicó nada. Sólo se incorporó lentamente, como quien vuelve de un reino dorado a una banqueta helada. En sus ojos todavía quedaba una pequeña chispa azul, el último reflejo de la princesa que había sido. Luego bajó la mirada, recogió sus trapos y salió otra vez hacia la carretera.
Porque así son algunos dones: no cambian la vida entera, apenas la iluminan por una noche.
Y así son también algunos sueños: nos prestan un palacio, una piel nueva, un amor imposible, una música perfecta, y luego nos devuelven al mismo cuerpo, al mismo cansancio, al mismo mundo.
La moraleja es sencilla y cruel: Dios, la vida o los ángeles del camino nos conceden a veces los sueños más extraordinarios durante la noche; pero al día siguiente, muy temprano, la madrugada nos toma del hombro y nos regresa a la más cruda de las realidades.
Reflexión Hipnótica
Hay noches que son misericordia. No arreglan el destino, pero le ponen una lámpara. No borran la pobreza, pero le conceden al alma una tregua. No salvan al hombre de su historia, pero le permiten recordar que, debajo del polvo, de la barba, del hambre y del olvido, todavía existe alguien capaz de amar, de cuidar, de soñar.
Tal vez por eso los cuentos existen: para decirnos que la realidad manda, sí; pero no gobierna siempre. A veces, por unas horas, la bondad abre una puerta secreta y el más pobre de los hombres puede dormir abrazado a su propio milagro.
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