Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo David Vásquez Urdiales

*Semillas de girasol del español en castellano

*El vertiginoso trayecto de la eñe.

*MEQUETREFE

*El hombre pequeño que quiso parecer grande.

 

Hay palabras que insultan a gritos y otras que, mucho más refinadas, consiguen hacerlo con música.

 

Mequetrefe pertenece a estas últimas.

 

Pronúnciela, amable lector:

 

Me-que-tre-fe.

 

Parece que la propia palabra caminara dando pequeños saltos. Tiene algo de personaje de entremés, de individuo que entra a la taberna levantando demasiado el sombrero, hablando más fuerte de lo necesario y procurando convencer a todos de una importancia que quizá solamente existe en su imaginación.

 

—¡Mequetrefe!

 

No hace falta añadir mucho más.

 

Pero ¿qué diablos es un mequetrefe?

 

El Diccionario de la lengua española conserva para la palabra dos sentidos fundamentales: el de una persona entremetida, especialmente aquella que pretende intervenir en asuntos que no le corresponden, y el de un hombre de poco provecho o consideración.

 

Ahí comienza lo interesante.

 

Porque mequetrefe no designa exactamente al malvado.

 

Para eso tenemos otras palabras.

 

El bribón puede engañar.

 

El bellaco puede obrar con malicia.

 

El canalla puede comportarse miserablemente.

 

El mentecato carecerá de juicio.

 

El pusilánime, de ánimo.

 

Pero el mequetrefe posee otra clase de pequeñez.

 

Su territorio natural es la insignificancia acompañada de pretensión.

 

No solamente es pequeño: quiere parecer enorme.

 

No solamente sabe poco: opina de todo.

 

No solamente carece de autoridad: procura ejercerla.

 

Y aquí nuestra semilla comienza a germinar.

 

  1. ¿De dónde salió semejante palabra?

 

Aquí debemos caminar con cuidado.

 

La etimología de mequetrefe no está definitivamente establecida.

 

Y cuando la filología dice «origen incierto», el escritor puede imaginar, pero no debe falsificar.

 

El diccionario académico actual la presenta precisamente como una voz de origen incierto. A lo largo del tiempo se han planteado hipótesis y parentescos posibles, pero no existe una genealogía suficientemente segura que permita colocarle, como a tantas otras palabras castellanas, un padre latino, árabe, griego o francés indiscutible.

 

Esto resulta maravilloso.

 

Tenemos una palabra perfectamente viva cuyo certificado de nacimiento se perdió.

 

Sabemos quién es.

 

Sabemos lo que hace.

 

Reconocemos su cara cuando aparece.

 

Pero no sabemos con certeza dónde nació.

 

¡Un expósito del castellano!

 

Un pequeño huérfano lexicográfico que sobrevivió durante siglos hasta sentarse, con toda tranquilidad, en las páginas del diccionario.

 

  1. El mequetrefe entra al Diccionario

 

La palabra posee una antigüedad considerable en nuestra tradición lexicográfica.

 

En el monumental Diccionario de autoridades, publicado por la Real Academia Española entre 1726 y 1739, mequetrefe ya aparece registrada.

 

Es decir: cuando la Academia emprendió la gigantesca tarea de ordenar las voces de la lengua castellana en el siglo XVIII, nuestro personaje ya andaba por las calles.

 

Y no entró precisamente vestido de gala.

 

La vieja definición académica lo retrataba como un sujeto de poca entidad, poca sustancia o poca consideración; esa idea esencial atravesaría los siglos y permanece reconocible en el español contemporáneo.

 

Esto es importante.

 

El diccionario no inventó al mequetrefe.

 

Lo encontró vivo.

 

Las palabras normalmente existen primero en la boca de las personas y después llegan los lexicógrafos, como notarios pacientes del idioma, a levantar constancia de que allí están.

 

El pueblo habla.

 

La lengua cambia.

 

El tiempo selecciona.

 

Y finalmente alguien abre un enorme libro y escribe:

 

MEQUETREFE.

 

Queda asentado.

 

III. Pero ¿qué clase de insulto es?

 

Aquí reside su exquisitez.

 

Decirle a alguien mequetrefe no equivale exactamente a llamarlo delincuente, perverso o estúpido.

 

Es algo más sutil.

 

Es reducirle el tamaño.

 

El mequetrefe es quien se mete donde nadie lo llamó; quien pretende representar una autoridad que nadie le concedió; quien se infla para ocupar un espacio mayor del que naturalmente le corresponde.

 

Por eso la palabra puede contener simultáneamente desprecio y comicidad.

 

Imaginemos una corte.

 

Entran reyes, duques, ministros, generales, obispos, embajadores.

 

Y detrás de todos ellos aparece un individuo diminuto que procura introducirse en la conversación:

 

—Yo también tengo algo que decir.

 

Alguien pregunta:

 

—¿Y este quién es?

 

Y desde el fondo llega la sentencia:

 

—Un mequetrefe.

 

¡Terminado el asunto!

 

La palabra lo ha encogido.

 

  1. La extraordinaria anatomía de la palabra

 

Incluso fonéticamente resulta formidable.

 

Mequetrefe.

 

Cuatro sílabas.

 

No es una palabra solemne.

 

Compárela usted con magnificencia, majestad, preeminencia, excelencia.

 

Todas parecen subir escaleras.

 

Mequetrefe, en cambio, parece tropezarse con ellas.

 

Hay palabras cuyo sonido parece haberse puesto de acuerdo con su significado.

 

Y aunque debemos evitar convertir las intuiciones sonoras en falsas etimologías, literariamente resulta imposible no advertir la comicidad que producen esas consonantes:

 

m-q-t-r-f.

 

La boca tiene que trabajar para expulsarla.

 

Mequetrefe.

 

Casi puede uno imaginar al Duende Urdiales pronunciándola mientras acomoda sus libros:

 

—¡Quítate de ahí, mequetrefe!

 

Y hasta Ñux levantaría las orejas.

 

  1. El mequetrefe nunca murió

 

He aquí otra maravilla.

 

Muchas voces antiguas quedaron encerradas en los diccionarios como insectos en ámbar.

 

Mequetrefe, no.

 

Todavía puede escucharse.

 

Quizá menos que hace un siglo, ciertamente, pero continúa siendo perfectamente comprensible y conserva una ventaja extraordinaria frente al insulto vulgar contemporáneo:

 

tiene elegancia.

 

No necesita grosería.

 

No necesita obscenidad.

 

No necesita siquiera levantar la voz.

 

Imagine dos adversarios discutiendo.

 

Uno descarga una interminable colección de improperios.

 

El otro solamente se acomoda los lentes, sonríe y responde:

 

—No sea usted mequetrefe.

 

Punto.

 

Hay siglos enteros detrás de la bofetada.

 

  1. El pequeño gran peligro del mequetrefe

 

Pero nuestra palabra es más profunda de lo que parece.

 

Porque todos podemos convertirnos alguna vez en mequetrefes.

 

Cuando hablamos de aquello que desconocemos.

 

Cuando interrumpimos para demostrar que sabemos.

 

Cuando confundimos cercanía con autoridad.

 

Cuando creemos que poseer un teléfono nos convierte en periodistas; leer tres párrafos, en historiadores; conocer una ley, en juristas; mirar un síntoma, en médicos; o tener una opinión, en dueños de la verdad.

 

El mequetrefe antiguo encontró una extraordinaria segunda juventud en el mundo contemporáneo.

 

Antes necesitaba una plaza pública.

 

Hoy le basta una conexión a internet.

 

Y acaso nunca hubo tantos escenarios disponibles para que la insignificancia se disfrace de omnisciencia.

 

Sin embargo, cuidado.

 

El problema no consiste en ser pequeño.

 

Todos somos pequeños frente al universo.

 

El problema consiste en no saber que lo somos.

 

VII. Reflexión Hipnótica

 

Quizá por eso mequetrefe sobrevivió.

 

Porque no describe una época.

 

Describe una debilidad humana.

 

Los imperios desaparecen.

 

Los reyes pierden sus coronas.

 

Los generales se convierten en estatuas.

 

Las estatuas terminan cubiertas de palomas.

 

Los grandes discursos se vuelven polvo.

 

Pero siempre aparece alguien dispuesto a subir sobre una pequeña caja para sentirse más alto que los demás.

 

Y entonces, desde algún rincón remoto de nuestra lengua, despierta una palabra antiquísima, se sacude el polvo del diccionario y vuelve caminando hacia nosotros:

 

mequetrefe.

 

Tal vez la verdadera grandeza consista precisamente en lo contrario.

 

Saber cuándo hablar.

 

Saber cuándo escuchar.

 

Saber hasta dónde llegan nuestros conocimientos.

 

Reconocer que existen habitaciones del pensamiento a las que todavía no tenemos llave.

 

Porque quien conoce sus límites puede ensancharlos.

 

Quien cree no tenerlos ya no puede aprender nada.

 

He aquí la pequeña semilla de girasol 🌻 que nos dejó hoy el castellano:

 

No es mequetrefe quien ocupa un lugar pequeño en el mundo.

 

Mequetrefe es quien, siendo pequeño, necesita convencer al mundo de que es gigantesco.

 

Y acaso por eso esta palabra de procedencia incierta ha viajado durante siglos sin perder su equipaje.

 

No sabemos exactamente dónde nació.

 

Pero sabemos perfectamente dónde vive.

 

Vive en la vanidad.

 

En la intromisión.

 

En la importancia imaginaria.

 

Y, de vez en cuando, amable lector, también se asoma al espejo.

 

Porque el idioma tiene esa maravillosa crueldad:

 

inventamos palabras para describir a los demás…

 

hasta que una mañana descubrimos que alguna de ellas también nos estaba describiendo a nosotros.

 

 

Semillas de girasol del español en castellano.

 

Hay palabras que envejecen.

 

Hay palabras que mueren.

 

Y existen otras que, como mequetrefe, llevan siglos esperando pacientemente a que aparezca alguien digno de volver a pronunciarlas.

 

 

Muchas gracias por su lectura.

 

Le invito a compartirla.