Por Arturo Vásquez Urdiales
El ingenio de Félix María de Samaniego
Lecturas del pasado
El panadizo: cuando la fábula se quitó la sotana
Primero: el poema satírico: “El Panadizo”
Un gordo capuchino confesaba
a una sierva de Dios que se quejaba
de un panadizo fiero que tenía
en un dedo ya mucho tiempo hacía,
el cual, sin mejorarse con ungüentos,
cada vez le causaba más tormentos.
El fraile, de su mal compadecido,
la dijo: -Hermana, tenga por perdido
el tiempo que se aplica
asquerosos emplastos de botica,
pues sé por experiencia
que cuando se endurece una dolencia
el remedio mejor para curarla
es tratar de ablandarla
metiendo aquella parte dolorida
en paraje caliente:
yo creo que en su cuerpo halle cabida
para que el panadizo se reviente
introduciendo el dedo en el bujero
que bajo del empeine está primero.
La devota, en el fraile confiada,
puso su dedo en cura, y agitada
por las varias cosquillas que la hacía
al punto que allí dentro le metía,
tanto incesantemente meneose
que al cabo el panadizo reventose.
Para mostrar su agradecido afecto
le contó al capuchino el buen efecto
que su remedio había producido:
a que él la dijo entonces afligido:
-iAy, hermana!, que sea enhorabuena,
pero sepa que yo sufro igual pena,
pues tengo un panadizo pernicioso
en el miembro precioso
que las mujeres aman,
en el dedo sin uña: así le llaman;
y no tengo, ¡ ay de mí!, para ablandarle
sitio donde meterle y menearle.
-Por eso, padre mío, no se apure,
ella le dijo: pues por que se cure,
a pesar del rubor, yo mi agujero
prestarle agradecida al punto quiero.
En efecto: a la cura que promete
la devota se pone, y luego mete
su dedo colosal el fraile dentro,
y empujando y moviéndole en el centro,
logró por fin de operación tan seria
soltara el panadizo la materia.
Sacó su dedo sano y deshinchado
el fraile; y viéndole más sosegado
la devota le dice: -Padre mío,
perdone a mi malicia un desvarío,
pero yo le confieso francamente
que al tiempo de la cura antecedente
sospeché de su ardor y movimiento
que atropellaba el sexto mandamiento.
A que el fraile responde: -¿Eso dudabas?
toma, si no es, no, ¿pues qué pensabas?
Oyendo la respuesta decisiva
la sierva del Señor quedó suspensa
viendo que su virtud madurativa
era una grave ofensa
del precepto de Dios; pero no obstante
le replicó al instante:
-¡Aunque es culpa, su gusto satisfizo!
Padre, ¿cuándo tendrá otro panadizo?
(Jajaja jajaja jajaja jajaja {risas añadidas por el estudio 🎙️} ).
Ahora la Columna
Don Félix María de Samaniego.
Hay autores que entran a la escuela vestidos de domingo y salen de la biblioteca, dos siglos después, con una carcajada escondida debajo de la capa. Félix María de Samaniego es uno de ellos. Al niño nos lo presentaron como señor correcto de moraleja limpia: la cigarra, la hormiga, la lechera, la zorra, las uvas, los animales hablando para corregirnos las costumbres. Pero el Samaniego completo no cabe en el pupitre. Detrás del fabulista pedagógico aparece el satírico, el ilustrado, el burlón, el hombre que sabía que la moral humana no siempre camina en procesión: a veces resbala, se acomoda el hábito, mira hacia los lados y sigue andando como si nada.
Félix María Sánchez de Samaniego Zabala nació en Laguardia, Álava, en 1745, en una familia acomodada, y murió en la misma villa en 1801. La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes lo presenta como figura central de la Ilustración española, vinculado a la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País y al ambiente educativo del Real Seminario Patriótico de Vergara, para cuyo uso escribió sus famosas fábulas. Era, pues, hombre de luces, de método, de reforma, de enseñanza; pero también de una risa peligrosa, de esas que no revientan puertas, sino hipocresías. “Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes”
(https://www.cervantesvirtual.com/portales/felix_maria_de_samaniego/autor_biografia/)
Y allí aparece El panadizo, poema burlesco atribuido a ese Samaniego verde, travieso, clandestino, reunido después bajo el jardín menos escolar de su obra: El jardín de Venus. Google Books describe esa veta como una colección de relatos en verso eróticos, humorísticos y procaces, justo al reverso de sus fábulas moralizantes. Ahí está la paradoja deliciosa: el mismo hombre que enseñaba prudencia con animales enseñaba también, con frailes y devotas, que la carne humana tiene más imaginación que los catecismos.
“Google Books” (https://books.google.com/books/about/Jard%C3%ADn_de_Venus.html?id=2AutDwAAQBAJ)
El argumento de El panadizo es una picardía de botica y confesionario. Una mujer devota padece una dolencia en un dedo; un capuchino, con ciencia dudosa y malicia excelente, recomienda un remedio de calor y movimiento. La cura funciona. Después el fraile declara sufrir un padecimiento semejante, solo que situado en una zona menos litúrgica del cuerpo. La devota, agradecida, ofrece reciprocidad curativa. Y lo que comenzó como medicina casera termina como sátira del sexto mandamiento, con una última pregunta que deja al lector entre la risa y el abanico: ¿cuándo habrá otro panadizo?
No es un poema para beaterías de porcelana. Es un poema de carnaval. Su gracia no consiste únicamente en el doble sentido, sino en la precisión mecánica del engaño: Samaniego toma el lenguaje médico, el lenguaje religioso y el lenguaje de la confianza espiritual, los mete en una misma olla, los calienta, y de pronto sale una verdad incómoda: muchas veces el poder moral se disfraza de remedio. La comicidad nace porque todos entendemos el truco antes de que la devota quiera entenderlo. El lector ve venir la tormenta; la protagonista todavía cree estar bajo techo.
El capuchino del poema no es un personaje religioso: es una máscara. Representa al falso médico de almas, al consejero que convierte la autoridad en coartada, al confesor que ya no escucha pecados sino oportunidades. Por eso el poema no se limita a ser obsceno. La mera obscenidad se agota pronto. La sátira, en cambio, deja brasas. Samaniego no se burla de la fe sencilla: se burla del aprovechado que la manosea. No se ríe de la devota por creer; se ríe del sistema de confianza donde la inocencia puede quedar a merced del pícaro con hábito.
Y, sin embargo, qué ritmo tan vivo. La escena avanza como una fábula sin animales: planteamiento, remedio, resultado, gratitud, repetición, revelación y remate. Donde en las fábulas aparece una moraleja, aquí aparece una carcajada moralmente sospechosa. Es como si Samaniego dijera: “Amable lector, no todo aprendizaje viene con cara de maestro; a veces viene con cara de pecado descubierto”. La lección, si la hay, no está escrita en mármol: está escrita en malicia.
¿Y cómo hizo Samaniego para que la Inquisición no lo quemara en leña verde? Primero, conviene decirlo con exactitud: no lo quemó. Lo inquietó, lo persiguió, lo llamó al orden, lo rodeó con esa sombra institucional que hacía temblar bibliotecas enteras; pero Samaniego sobrevivió. La tradición biográfica señala que sus textos irreverentes y licenciosos le causaron problemas con el Santo Oficio, y que hacia 1793 el Tribunal de Logroño intentó castigarlo o confinarlo por el tono anticlerical de parte de su obra. Diversas referencias apuntan a que salió mejor librado gracias a relaciones influyentes y a su posición dentro de círculos ilustrados. La Real Academia de la Historia lo registra como un personaje de familia notable y de vida ligada a redes sociales, políticas y culturales de peso.
“Real Academia de la Historia” (https://historia-hispanica.rah.es/biografias/41414-felix-maria-sanchez-de-samaniego-zabala)
Segundo: muchos de esos poemas circularon de manera privada, manuscrita, entre amigos. Esa fue la gran medicina contra la hoguera: no imprimirlo todo, no gritarlo todo, no poner la pólvora debajo del campanario. En el siglo XVIII, la literatura tenía también sus cuartos cerrados, sus tertulias, sus papeles de mano en mano, sus lectores con llave y guiño. El escándalo viajaba, pero no siempre viajaba con pasaporte público. La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes conserva una bibliografía amplia donde aparece esa doble vida de Samaniego: las fábulas editadas, escolares, famosas; y los estudios posteriores sobre su erotismo, sus cuentos galantes y su relación con La Fontaine. “Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes”
Tercero: Samaniego no era un pobre diablo suelto en la plaza. Era un hombre con apellido, amigos, educación francesa, trato con ilustrados, vínculos con la Bascongada, mundo social. La Inquisición olía el azufre, sí; pero también sabía distinguir entre hereje indefenso y caballero incómodo. No es justicia: es historia. A unos los aplastaba la rueda; a otros les daba un susto, una temporada de silencio, un aviso con incienso quemado. La censura siempre ha tenido clases sociales, puertas traseras y manos amigas.
Pero queda lo más importante: Samaniego se salvó porque la risa, cuando es inteligente, no se deja agarrar del todo. El chiste dice y no dice. El doble sentido abre una ventana y luego finge que era pared. La sátira camina con una vela en una mano y una sombra en la otra. Si alguien acusa, el poeta puede responder: “Yo hablaba de un panadizo”. Si alguien entiende demasiado, el poeta sonríe. Esa es la astucia de la literatura: esconder un relámpago dentro de una palabra común.
Panadizo: inflamación dolorosa, pequeña tragedia del dedo, incendio mínimo alrededor de una uña. Pero en Samaniego el padecimiento se vuelve contraseña. El dedo enfermo es el pretexto; la cura es la escena; el pecado es la carcajada; la moraleja, si existe, es que no hay institución humana inmune a la picardía. Ni la botica. Ni el confesionario. Ni la gramática. Ni siquiera la poesía.
Desde nuestras Letras Hipnóticas, este poema puede leerse como una advertencia con campanillas: cuidado con quien ofrece remedios demasiado íntimos desde una autoridad demasiado cómoda. Cuidado con el que convierte la compasión en maniobra. Cuidado con el discurso que se presenta como medicina y termina siendo apetito. Pero cuidado también con una moral sin risa, porque la moral sin risa se vuelve piedra, y la piedra, cuando manda demasiado, acaba rompiendo los dedos del alma.
Samaniego, el fabulista de la escuela, nos enseñó que la hormiga guarda y la cigarra canta. Samaniego, el del jardín secreto, nos enseña otra cosa: que el ser humano no es insecto de moraleja única, sino criatura contradictoria, capaz de rezar, desear, engañar, reír y arrepentirse, a veces todo en la misma tarde. Esa es su vigencia. No porque el poema sea “atrevido”, sino porque desnuda una verdad antigua: la hipocresía teme menos al pecado que a la carcajada que lo descubre.
Y así, amable lector, queda Félix María Samaniego sentado entre dos mundos: con una mano escribe para niños fábulas limpias; con la otra deja para adultos estas travesuras que huelen a tinta escondida. En una página nos corrige. En otra nos pica las costillas. En ambas nos educa, porque también la risa, cuando viene cargada de inteligencia, es una escuela.
Quizá por eso no lo quemaron en leña verde: porque el fuego lo llevaba él adentro, convertido en verso, en burla, en panadizo literario. Y cuando una palabra se inflama así, no hay inquisidor que la reviente del todo.
¿Cuando el mundo hispánico tendrá otro Panadizo?
Perdón…..otro Samaniego ✓
Feliz jornada:
Arturo.







