Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

El Señor Borrego, la Cueva del Tabaco y el Archivo Errante de una Nación

 

Hay hombres que deciden habitar el reverso de la historia para que el frente no se desmorone. Juan de la Cruz Borrego Peña fue uno de ellos: un labriego de manos callosas y espíritu de bronce a quien la patria, en su hora más oscura, le entregó el alma de México empacada en cincuenta y cinco bultos de lona.

 

Era el año de 1864. México sangraba por la herida de una invasión que no pedía perdón, sino tierras y sumisión. La Segunda Intervención Francesa había comenzado dos años antes, cuando el gobierno de Benito Juárez, exhausto por la Guerra de Reforma, declaró la suspensión del pago de la deuda externa. Napoleón III, emperador de Francia, vio en esa suspensión el pretexto perfecto para imponer una monarquía católica en América, contener el avance protestante de Estados Unidos y saquear los recursos mexicanos. Así, con el apoyo de los conservadores mexicanos —aquellos que añoraban el cetro y la mitra—, el ejército francés tomó la Ciudad de México en junio de 1863 y entronizó al archiduque austriaco Maximiliano de Habsburgo como emperador del Segundo Imperio Mexicano.

 

Juárez, el presidente indígena de mirada de obsidiana y voluntad de acero, no se rindió. Se convirtió en un fantasma perseguido que llevaba la República a cuestas. Cargaba once carretas con cincuenta y cinco bultos repletos de documentos que constituían el Archivo General de la Nación. Entre aquellos legajos se encontraba el Acta de Independencia de 1821, las constituciones, los decretos de la Reforma, los tratados internacionales, los expedientes de los ministerios. Era el peso de la soberanía, la memoria colectiva de un pueblo, la tinta que escribía su destino.

 

Pero las carretas avanzaban lento como una procesión de agonía. El polvo del norte se tragaba las horas y los franceses mordían los talones. Fue entonces, en septiembre de 1864, cuando la comitiva presidencial llegó al caserío de El Gatuño —hoy Congregación Hidalgo, en Matamoros, Coahuila—. Ahí, Juárez se reunió con el coronel Jesús González Herrera. “Necesito un hombre de confianza”, le dijo el presidente. “Alguien que cuide este tesoro con su vida”.

 

González Herrera no dudó. Se lo señaló con el dedo: un hombre de treinta años, fornido, de frente amplia y barba cerrada, dueño de un rancho en las inmediaciones. Juan de la Cruz Borrego Peña recibió al presidente con el recato de quien sabe que la tierra es prestada, pero el honor es propio. Juárez le explicó el encargo: debía ocultar el archivo, protegerlo durante lo que durara la guerra y devolverlo intacto al triunfo de la República.

 

Borrego no pidió nada a cambio. Aceptó.

 

En secreto, con la sigilosa ayuda de diecinueve campesinos, arrieros y parientes, trasladaron los bultos al fondo de un barranco. Pero Borrego temía que las lluvias echaran a perder los papeles, así que decidió moverlos a un lugar más seguro: la Cueva del Tabaco, una gruta en la ladera del cerro del mismo nombre, a unos quince kilómetros de Matamoros. Allí, en la oscuridad húmeda y el silencio de murciélagos, se gestó una de las páginas más sublimes de la épica mexicana.

La nómina de aquellos guardianes es un verso de valentía: Juan de la Cruz Borrego, Julián Argumedo, Ángel Ramírez, Vicente Ramírez, Cecilio Ramírez, Andrés Ramírez, Diego de los Santos, Epifanio Reyes, Ignacio Reyes, Mateo Guillén, Francisco Caro, Julián Caro, Guillermo Caro, Telésforo Reyes y Gerónimo Reyes. Todos ellos, hombres de manos curtidas y palabra escasa, se turnaban la vigía, turnaban la vida.

 

Pero el Imperio también tenía sus perros de caza. En alguna de las tantas emboscadas, cinco de los custodios cayeron en manos de los imperialistas. Fueron Marín Ortiz, Guadalupe Sarmiento, Pablo Arreguín, Manuel Arreguín y Gerónimo Salazar. Los sometieron a torturas. Les arrancaron las uñas, les trituraron los huesos, les quemaron la piel con hierros candentes para que revelaran la gruta donde se escondía la memoria de México.

 

No hablaron. Ni uno.

 

Prefirieron el silencio de los muertos a la traición de los vivos. Murieron con la boca sellada, con el secreto del archivo grabado en el corazón como un cuchillo. Fueron fusilados, pero antes de caer, levantaron con su sangre el muro que protegió la nación. Eran hijos de esta tierra áspera, de este sol que calcina y endurece hasta convertir el barro en piedra.

 

Se cuenta que, en algún momento de la custodia, un oficial republicano le ordenó a Borrego ejecutar a sus propios hombres para asegurar el secreto. Pero Borrego se negó. No podía matar a aquellos en quienes había depositado toda su confianza. Era la misma lealtad que practicaba en su rancho —sus tierras de 700 hectáreas donde, según el profesor José Santos Valdez, reinaba un “comunismo primitivo”: los frutos se compartían en tiempos de escasez y se reponían cuando la cosecha llegaba. Y esa misma lealtad la extendió a la República, como un padre que cuida de sus hijos y también de la nación que los contiene.

 

El Archivo de la Nación permaneció en la Cueva del Tabaco desde septiembre de 1864 hasta mayo de 1867. Durante esos tres años, las tropas de Juárez, comandadas por los generales Porfirio Díaz y Mariano Escobedo, fueron recuperando territorio. Napoleón III, presionado por la guerra franco-prusiana y la creciente oposición interna, retiró sus tropas. Maximiliano se quedó solo. En mayo de 1867, fue fusilado en el Cerro de las Campanas. La República había triunfado.

 

Entonces, Juan de la Cruz Borrego desempolvó los bultos, los cargó de nuevo en las carretas y los devolvió al gobierno legítimo. El archivo estaba intacto. Cada documento, cada acta, cada decreto seguía en su lugar, como si el tiempo no hubiera pasado. La memoria de México había sobrevivido a la guerra, a la tortura y al olvido.

 

Borrego volvió a su rancho, a sus tierras, a su silencio. Murió el 24 de julio de 1899, y su cuerpo fue enterrado junto al de Marín Ortiz —uno de los custodios ejecutados— en la base de un monumento en Matamoros, Coahuila. Hoy, una escuela secundaria en Torreón lleva su nombre. Una comunidad rural en el municipio de Ocampo lo honra. Pero su verdadero monumento no es de piedra, sino de papel.

 

Por eso, cuando hojeen las páginas del Archivo General de la Nación, sepan que no solo están leyendo la historia de México. Están leyendo la vida del Señor Borrego, aquel hombre que supo que la patria es un archivo que se custodia con el alma. Y que la Cueva del Tabaco no es una gruta, sino un santuario donde la lealtad se volvió eterna.

 

Esta columna se publica bajo el sello de Letras Hipnóticas A.C., proyecto cultural del Dr. Arturo David Vásquez Urdiales, cuya narrativa oscila entre la filosofía, la crónica y el vértigo de la historia. Porque hay letras que no solo se leen: se respiran. Y estas, queridos lectores, son de las que hipnotizan.

 

Nota a los 5 lectores: Si esta historia les removió el polvo del corazón, compártanla. No por nosotros, sino por aquellos que callaron para que hoy podamos hablar.