Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

El otro rostro del autor de Ben-Hur: La fallida aventura imperial de Lewis Wallace en México

Antes de que la gloria literaria lo ungiera con la majestuosa toga de un cónsul romano y el galope de cuadrigas inmortalizara su nombre, *Lewis Wallace* fue un hombre de armas, un general con ambiciones territoriales y un negociante fallido cuyas huellas en *México* narran una historia muy distinta a la del perdón y la redención cristiana.

La historia que aquí se desvela no es la de Ben-Hur, sino la de un proyecto geopolítico que pudo haber reconfigurado el mapa del norte mexicano, un episodio donde la pluma y la espada se alían con el sueño expansivo de una nación.

El reclutador y el diplomático

Instruido por Benito Juárez y su controvertido representante en Estados Unidos, el general José María Jesús Carvajal un personaje de lealtades líquidas que había militado bajo la tutela de Sam Houston Lewis Wallace se embarcó en una empresa que duraría años.

No se trataba de una cruzada idealista, sino de un trabajo por encargo con un suculento incentivo: cien mil pesos, además de su sueldo militar.

Con el talento y carisma que después demostraría en sus novelas, Wallace se dedicó a reclutar voluntarios en Nueva York, Washington, Texas y el propio México.

Su método era pragmático: sobornar a militares y civiles cuya simpatía por el Segundo Imperio Mexicano era fácilmente canjeable por unos dólares, transformándolos en reclutas para la causa juarista.

El punto de inflexión llegó en abril de 1865. Wallace y Carvajal se presentaron en Washington para firmar un tratado que, en la práctica, operaba sobre una geografía imaginaria: los territorios que suponían bajo jurisdicción del Ejército Imperial Mexicano y las fuerzas francesas.

Fueron recibidos por el Secretario de Estado William H. Seward y el presidente Andrew Johnson.

El respaldo parecía sólido. El general Ulysses S. Grant expidió una carta de recomendación para Carvajal fechada el 16 de junio de 1865, acreditándolo como "General del Ejército Liberal de México y Gobernador de Tamaulipas", dirigida a Philip Sheridan, el encargado militar de transferir armas, municiones, artillería, dinero y hasta soldados estadounidenses a México.

La hipoteca de la nación.

El precio de esta "ayuda" no era gratuito. Se trataba de 50 millones de pesos a cambio de los estados de Tamaulipas y San Luis Potosí, más la concesión de una vía de ferrocarril doble desde Matamoros hasta Mazatlán.

Una cláusula, especialmente excluyente, estipulaba que la inmediata ocupación de estas tierras sería "solamente para colonos blancos", según lo remarcaban los tratados Carvajal-Woodhouse y Carvajal-Corlies de octubre de 1865.

La historia documental confirma estos movimientos; Matías Romero, ministro de Juárez en Washington, recopilaría más tarde en su obra Contratos hechos en los Estados-Unidos por los Comisionados del Gobierno de México Durante los Años de 1865 Y 1866 los detalles de estos acuerdos, evidenciando la rivalidad que minaba a Carvajal frente al reconocimiento oficial de Romero.

Coahuila fue designado como el punto de acopio de pertrechos, con Andrés Viesca como encargado militar.

Fue en este contexto que Wallace entabló contacto con Viesca, forjando una relación de confianza que, si bien no llegó a ser amistad, sí permitió una colaboración fluida.

Mientras recorría el estado, Wallace sentía nostalgia por sus viejos compañeros de armas de su primera incursión como invasor.

Veinte años después, repetía el oficio, pero ahora con la expectativa de un papel protagónico.

Vislumbraba incluso la posibilidad de quedarse en México, dueño de parajes que le recordaban las fértiles llanuras de Parras y Arteaga, en medio del inmenso desierto que se extiende desde la Laguna de Parras hasta Chihuahua, como detallaría más tarde en una revista.

El sueño truncado y la nueva realidad.

Sin embargo, los sueños de Wallace comenzaron a desvanecerse con la misma rapidez con que el apoyo estadounidense se consolidaba en favor de los republicanos.

Una carta de Benito Juárez a Viesca, fechada el 1 de abril de 1866 desde El Paso, lo revela con crudeza. Juárez felicita a Viesca por la batalla de Santa Isabel en Parras, pero lamenta que no se concrete la "hipoteca" de Tamaulipas y San Luis Potosí: "Del préstamo de USA hay pocas esperanzas, sin embargo persisten esas ilusiones de Carvajal, cada ocho días me dice que todo va bien".

La correspondencia personal de Wallace, resguardada por la Indiana Historical Society, confirma elocuentemente esta turbulenta relación.

El 26 de abril de 1865, Carvajal le ofrece el puesto de general; al día siguiente, Wallace acepta condicionado a que se provea para su familia. El 29 de abril, la oferta formal de los 100,000 dólares queda asentada. Pero para el 15 de mayo de 1866, Carvajal le ordena ponerse a las órdenes de su reemplazo, Matías Romero.

El 23 de mayo, Romero le comunica su incapacidad para pagarle lo prometido. Seward, por su parte, veía con desagrado la perspectiva de hacer ciudadanos estadounidenses a los mexicanos, a quienes consideraba una "raza mezclada menos que salvajes" y calculaba lo oneroso que resultaría ocupar esos territorios.

El ocaso del imperio y el consuelo del desierto

La batalla final por Querétaro se libró con asesores estadounidenses, pero no con Wallace al frente.

Grant y Sheridan no tomaron el mando directo; en su lugar, fue William Sherman quien asesoró a Mariano Escobedo desde Monterrey para la toma del Convento de las Capuchinas, de Querétaro.

El 15 de mayo de 1867, tras el soborno al traidor Miguel López, Querétaro cayó.

El pupilo de Sherman, Escobedo, recibió la espada de Maximiliano, mientras un artillero estadounidense tomaba para sí el catalejo del Emperador, como lo relata José Luis Blasio en Maximiliano Íntimo.

La noticia supo a gloria para Wallace, aunque el día anterior Romero le hubiera negado definitivamente los cien mil pesos prometidos dos años atrás.

Desplazado y sin recompensa, Wallace encontró consuelo en la hospitalidad de Viesca, ya como gobernador de Coahuila en 1867.

Recorrió Monterrey, Saltillo y Parras, cambiando el whisky por mezcal o vinos de tradición peninsular. En octubre de ese año, Viesca le proporcionó una comitiva para atravesar la Comarca Lagunera rumbo a Chihuahua.

Se hospedó en las ruinas de la antigua Hacienda de Hornos, propiedad incautada al imperialista Leonardo Zuloaga, y protagonizó una cacería de búfalos en las inmediaciones de la Laguna del Mayrán, experiencia que plasmaría en su artículo *A buffalo hunt in northern Mexico para Harper's Magazine.

El legado de una codicia

De regreso en su país, Wallace continuó disputando la deuda ante Juárez. El 4 de mayo de 1868 aún la reclamaba

Siete años después, en una reunión con veteranos de la primera invasión de Scott, recordaba lo apetecible de ese territorio "tan extenso y lleno de variedades y riquezas", refiriéndose a los mexicanos con el despectivo término "greasers" ("grasientos").

La paradoja es total. La "benevolente incursión" de Lew Wallace, las ayudas desinteresadas" de Sherman, Sheridan y Grant no obedecieron a simpatías por la causa juarista, sino a la misma avidez expansionista que motivó la invasión de 1847 y la intervención de Antón Lizardo en 1859.

La novela de la historia, a diferencia de Ben-Hur, no siempre tiene finales redentores.

A veces, el protagonista regresa a casa con las manos vacías, pero con el alma manchada por el desprecio hacia aquellos cuyas tierras codició.

Fuentes:

  • Barber, Amherst Willoughby. The Benevolent Raid of General Lew Wallace: How Mexico was saved in 1864.
  • Blasio, José Luis. Maximiliano Íntimo. El Emperador Maximiliano y su Corte: memorias de un secretario particular.
  • Contreras Palacios, Gildardo. Parras y La Laguna.
  • Correspondencia de Lew Wallace. Indiana Historical Society.
  • Romero, Matías. Contratos hechos en los Estados-Unidos por los Comisionados del Gobierno de México Durante los Años de 1865 Y 1866.
  • Hemeroteca de El Siglo de Torreón y El Siglo de Durango.

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Arturo