Un punto en el tiempo: el mar, la Novara, Maximiliano y la caída de un imperio
Por Arturo Vásquez Urdiales
Hay barcos que no navegan solamente sobre el agua: navegan sobre la memoria. La fragata austríaca Novara fue uno de ellos. Nació en los astilleros de Venecia, cuando Europa todavía crujía entre imperios, revoluciones, coronas viejas y patrias nuevas. Su quilla comenzó a trabajarse en 1843; fue lanzada en 1850 y bautizada con el nombre de Novara, en recuerdo de la batalla de 1849 que devolvió a Austria una victoria sobre el Piamonte. Primero fue velamen, madera, bronce y cañones; después, como el siglo mismo, tuvo que admitir el vapor, la hélice, la máquina, esa respiración de hierro que anunciaba que el romanticismo naval empezaba a morir. No se hundió gloriosamente en combate: terminó inmovilizada como buque de entrenamiento, dada de baja y finalmente desguazada en 1899. Su destino no fue el abismo, sino algo quizá más triste: ser desarmada pieza por pieza, como si la historia, cansada de verla, hubiera decidido devolverla a sus astillas originales.
Antes de ser carroza fúnebre, la Novara fue nave de ciencia. Entre 1857 y 1859 dio la vuelta al mundo en la primera gran expedición científica de la marina austríaca, preparada con apoyo de la Academia de Ciencias de Viena. Llevó naturalistas, geólogos, zoólogos, médicos, observadores del cielo y del mar. Volvió con miles de especímenes botánicos, zoológicos y etnográficos; Austria-Forum registra que aquella expedición reunió unas 26 mil preparaciones zoológicas y enriqueció decisivamente los museos imperiales, además de impulsar estudios oceanográficos y geomagnéticos Austria-Forum. Karl von Scherzer publicó después la narración del viaje en tres tomos, bajo el título Narrative of the Circumnavigation of the Globe by the Austrian Frigate Novara, obra aparecida en Londres entre 1861 y 1863 Wellcome Collection. Aquella fragata había visto islas, tempestades, costas de Asia, Oceanía, América; había llevado al mundo semillas, mapas, animales, mediciones, palabras. Pero su nombre quedó clavado en México no por la ciencia, sino por una tragedia.
En abril de 1864, desde el castillo de Miramar, Maximiliano de Habsburgo y Carlota de Bélgica partieron hacia México. La Novara los trajo a Veracruz en mayo de 1864, cuando todavía flotaba sobre ellos el humo dorado de la ilusión imperial. Maximiliano venía como archiduque convertido en emperador por el deseo de Napoleón III, por la ambición de los conservadores mexicanos y por la fantasía europea de que México podía ser gobernado como una monarquía católica trasatlántica. Pero México no era un salón vienés ni un mapa dócil en la mesa de París. Era una república herida, sí, pero viva; pobre, sí, pero obstinada; dividida, sí, pero con Benito Juárez caminando hacia el norte con la legitimidad a cuestas. La intervención francesa había iniciado bajo pretexto financiero, pero pronto mostró su verdadero rostro político: instalar un imperio en América. Edward Shawcross resume el delirio europeo como una empresa nacida del sueño francés de una esfera “latina” en el Nuevo Mundo, con Francia como guía, y cuenta cómo el proyecto se estrelló contra la resistencia juarista, la presión de Estados Unidos después de su Guerra Civil y el retiro de las tropas francesas Americas Quarterly.
Maximiliano fue una contradicción viva: monarca impuesto por bayonetas extranjeras, pero con ideas liberales que incomodaron a muchos de sus propios patrocinadores conservadores. Mantuvo leyes de Reforma, habló de derechos, quiso parecer padre de una nación que no lo había llamado con voz plena. Carlota, más resuelta y más política que él en muchos momentos, viajó a Europa a pedir auxilio cuando el imperio se derrumbaba. Napoleón III la abandonó. El Papa no le dio el milagro que buscaba. La razón se le quebró en los corredores del poder europeo, y nunca volvió a México. Maximiliano pudo huir, pero decidió quedarse. En Querétaro, cercado, traicionado o vencido según la versión que se mire, cayó prisionero. Fue juzgado por las armas de la República y fusilado el 19 de junio de 1867 en el Cerro de las Campanas, junto con los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía. Antes de morir, sus palabras finales suelen recogerse en español como un perdón y un deseo: que su sangre fuera la última derramada por México; “Viva México, viva la independencia” Unofficial Royalty.
Ahí comenzó el segundo martirio: el del cuerpo. Héctor de Mauleón reconstruyó con crudeza este episodio en Nexos: el cadáver fue recogido la mañana del 19 de junio, envuelto en una sábana y colocado en un ataúd común; al intentar acomodarlo advirtieron que era demasiado alto. Tenía impactos de bala en pecho y abdomen, un tiro de gracia en el corazón, y al caer se había golpeado la frente. El doctor Vicente Licea cubrió la herida con barniz. Durante los días del primer embalsamamiento, personas de sociedad buscaron reliquias sangrientas del archiduque: pañuelos, prendas, cabellos, objetos tocados por la muerte. Según ese relato, Licea incluso intentó vender ropa, cabellos, bala y objetos asociados al cadáver, episodio que revela no sólo la degradación de un cuerpo, sino la extraña economía del morbo cuando la historia todavía está caliente Nexos.
El cuerpo fue retenido. Austria lo reclamaba; México administraba el cadáver como asunto de Estado. No era únicamente un muerto: era una prueba política, una reliquia peligrosa, un símbolo que podía encender nostalgias, acusaciones, cultos, odios y propaganda. La República había fusilado al emperador para cerrar la intervención, pero el cuerpo seguía hablando. Cada día que pasaba era un cable invisible entre Querétaro, México, Veracruz, Viena y París. Se ha dicho que el cuerpo se deterioró, que el embalsamamiento fue deficiente, que fue necesario arreglarlo para su traslado, que los ojos se perdieron o fueron sustituidos por ojos negros de vidrio tomados de una imagen religiosa. Este detalle de los ojos negros pertenece a una tradición muy repetida y visualmente poderosa; conviene tratarlo como crónica transmitida y no como acta absolutamente cerrada. Lo cierto documentalmente firme es que el cadáver fue embalsamado, exhibido y repatriado meses después; también que su estado produjo espanto.
La iglesia de San Andrés, en la Ciudad de México, quedó unida a ese tránsito fúnebre. El antiguo templo, cercano a lo que hoy es la zona del Museo Nacional de Arte y la calle de Xicoténcatl, recibió el cuerpo para prepararlo antes de su salida. De Mauleón cuenta que aquel tramo de Tacuba llevó por un tiempo el nombre de San Andrés, y que el templo desapareció el 29 de junio de 1868, cuando se abrió la nueva calle bautizada como Xicoténcatl Nexos. La memoria popular dijo después que se destruyó para evitar que el pueblo convirtiera el sitio en santuario del emperador. Sea cálculo político, higiene urbana, anticlericalismo de época o todo junto, el hecho es de una fuerza simbólica brutal: el edificio donde reposó el cadáver también fue borrado. Como si la ciudad hubiera querido cerrar la puerta no sólo al imperio, sino a su fantasma.
El 26 de agosto de 1867, la Novara volvió a Veracruz. Tres años antes había traído a una pareja coronada con sueños tropicales; ahora venía por un féretro. El mismo casco que recibió música, uniformes, protocolos, banderas y discursos, aguardaba ahora en el puerto con una misión de silencio. Pero la entrega no fue inmediata. Hubo trámites, suspicacias, comunicaciones diplomáticas, resistencias y demoras. La autorización formal para entregar el cuerpo a Austria llegó hasta noviembre, por conducto del gobierno juarista y de Sebastián Lerdo de Tejada. Finalmente, la Novara partió de Veracruz el 28 de noviembre de 1867 con los restos de Maximiliano. El viaje concluyó en enero de 1868: el ataúd llegó a Trieste y después fue llevado a Viena, donde el 18 de enero quedó depositado en la Cripta Imperial de los Capuchinos Unofficial Royalty. Existe incluso un grabado de The Illustrated London News, fechado el 1 de febrero de 1868, que muestra la recepción del cuerpo en el puerto de Trieste desde la Novara Wikimedia Commons.
Siete meses pasaron entre el Cerro de las Campanas y la cripta vienesa. Siete meses para que un emperador sin imperio cruzara caminos, iglesias, gabinetes, barcos y mares. Siete meses para que un cuerpo dejara de ser persona y se volviera documento. Siete meses para que México dijera al mundo que la República no era una palabra ornamental, sino una decisión capaz de mirar a Europa a los ojos. Y sin embargo, la historia no se deja simplificar en bronce. Juárez no fue sólo estatua; Maximiliano no fue sólo invasor; Carlota no fue sólo loca; Miramón y Mejía no fueron sólo acompañantes de un fusilamiento. Todos fueron seres arrastrados por una maquinaria más grande que ellos: imperio, deuda, orgullo, diplomacia, religión, nación, miedo, esperanza.
Cuando la madre de Maximiliano vio el cadáver, la tradición le atribuye aquella frase terrible: “Este no es mi hijo”. Aunque la cita circula con fuerza literaria, debe leerse como parte de la memoria dramática del episodio. Pero aun si no hubiera sido pronunciada exactamente así, contiene una verdad superior: ningún muerto vuelve igual a los brazos de su madre. Maximiliano salió de Europa joven, rubio, noble, educado para el mando y seducido por una corona imposible; volvió oscuro, maquillado, recompuesto, vencido, con el rostro convertido en máscara de Estado. México no devolvió al archiduque que Austria había enviado. Devolvió el resultado final de una aventura imperial.
La Novara, después de haber circunnavegado el planeta, de haber llevado ciencia, realeza y cadáver, continuó existiendo como esos testigos que ya no hablan porque han visto demasiado. Fue transformada, relegada, usada como escuela inmóvil, retirada de listas navales y finalmente desguazada en 1899. No se hundió bajo una tormenta ni desapareció en batalla: fue desmontada. La última astilla de la Novara no cayó al mar, sino al olvido material. Pero hay maderas que, aun partidas, siguen flotando en la conciencia. Una de ellas llegó a Veracruz con un sueño de corona y regresó con un féretro. En ese viaje de ida y vuelta cabe una lección completa: los imperios suelen llegar con música, pero se van con papeles, cadáveres y silencio.
La historia de la Novara y Maximiliano no es solamente una historia monárquica. Es una escena mayor sobre el poder y su fragilidad. Un barco científico se volvió barco imperial; un emperador liberal se volvió instrumento extranjero; una república pobre se volvió muralla; una iglesia se volvió cámara mortuoria; un cadáver se volvió conflicto diplomático; una madre se volvió espejo del desastre. Y México, ese México de luto y pólvora, de leyes y caminos rotos, de Juárez caminando contra el mapa, salió de aquella tragedia con una sentencia escrita no en mármol, sino en sangre: ninguna corona extranjera puede entender del todo a un país que aprendió a sobrevivir sin pedir permiso al mundo.








