Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

 

La médium del Monte Blanco y la ciencia sin piel: homenaje y crítica amorosa a Jacobo Grinberg y su Pachita

A veces la ciencia se quita el batín y se sienta, como niño huérfano, a contemplar las brasas de un fuego que no comprende. A veces la poesía, disimulada en bata quirúrgica, penetra cuerpos abiertos con cuchillos de monte y trasplanta milagros como quien cambia una flor de maceta. Tal es el caso del libro Pachita de Jacobo Grinberg-Zylberbaum: un texto que se ubica en la grieta donde la física cuántica tiembla y la cosmovisión ancestral respira.

 

Jacobo, científico mexicano, doctor en Psicofisiología, creador de la Teoría Sintergica y fundador del Instituto Nacional para el Estudio de la Conciencia, no era un improvisado. Y sin embargo, se arrojó a la caverna de lo inexplicable con la honestidad del que ha visto el borde de la realidad y no teme saltar.

 

El libro es la crónica vibrante y estremecida de su convivencia con Bárbara Guerrero, Pachita, curandera y médium de un México profundo, sacerdotisa de lo invisible, canal del espíritu de Cuauhtémoc. Grinberg no fue testigo distante, sino cómplice directo de las cirugías de esta mujer sin bisturí, sin anestesia, sin asepsia, pero con poder. Poder real, encarnado, hirviente: trasplantes de médula, cerebros, pulmones; materialización de tejidos y órganos que aparecían en sus manos como manzanas de luz arrancadas de la lattice del universo.

 

¿Qué es la lattice? Según Grinberg, es una red hipercoherente que constituye la esencia misma del espacio-tiempo. La realidad, entonces, es una coreografía entre esa lattice y el campo neuronal del cerebro. Cuando la conciencia alcanza altos niveles de coherencia, puede modificar esa matriz original. Así explicaba Grinberg el poder de Pachita: ella no curaba, sino que reestructuraba el espacio desde el centro mismo de su ser.

 

Pero el libro no es un tratado, es un testimonio. Y es también un poema. La prosa de Grinberg vibra, se abre como herida o como flor. Es el diario de alguien que, acostumbrado a medir sinapsis y ondas cerebrales, termina rezando con los ojos abiertos. Grinberg narra cómo él mismo, en el cuarto de operaciones de Pachita, cerraba heridas con sus manos. Cómo veía tumores salir del cuerpo, tejidos regenerarse. Cómo una niña vegetativa, tras varias sesiones, volvió a mover los pies… y a sonreír.

 

La teoría sintergica propone que la experiencia consciente no es interna, sino interacción con la estructura misma del universo. En esa lógica, lo que hacía Pachita era tan natural como ver, pensar o soñar. Y sin embargo, escapa —y quizá escupía— a los dogmas de la ciencia tradicional.

 

Más allá de los conceptos, el libro se abre como un campo espiritual. Grinberg, profundamente conmovido, escribe: “En la Unidad se llega al uno mismo que es idéntico para todos”. Habla de amor, de certeza, de silencio. Habla de cómo, al terminar las operaciones, Pachita no recordaba nada, como si otra conciencia —Cuauhtémoc— habitara su cuerpo. Y aunque Grinberg duda de la literalidad del trance, no lo niega. No puede. Porque lo vio.

 

Lo fascinante de Pachita no es solo su contenido sobrenatural, sino la manera en que un científico de alto nivel se arrodilla ante el misterio sin perder su lucidez. Grinberg no abandona la ciencia: la amplía, la empuja, la sueña.

 

¿Qué es un “aporte”? En el lenguaje de Pachita, es un objeto que aparece en la palma de la mano por voluntad energética: medallas, óleos, huesos. En la física cuántica, partículas que surgen de la nada también existen. ¿Qué distancia hay entre ambas cosas? Tal vez ninguna. Tal vez solo falta poesía.

 

Hoy, desde este rincón de letras hipnóticas, deseo rendir homenaje a ese otro México: el que se cura con flores y con estrellas, el que habla con los muertos y los regresa al cuerpo, el que recuerda su origen azteca sin manuales ni laboratorios. Pachita es un libro que debe leerse con los poros abiertos, como quien entra a una cueva sagrada. No para entender, sino para transformarse.

 

A Jacobo Grinberg se lo tragó el aire en 1994. Su desaparición sigue sin resolverse. Pero uno intuye —si lee con el alma— que quizá fue absorbido por la misma lattice que describía, convocado por el Hermano Cuauhtémoc para curar en otra dimensión. Porque hay científicos que no mueren: se funden con el tejido mismo del misterio.

 

Y mientras tanto, nosotros, lectores de carne y duda, seguimos repitiendo con humildad la enseñanza que le dio un maestro sufí:

 

“Tú eres aquello.”

 

Urdiales Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC quienes le invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores agradezco mucho su atención y que el Buen Dios en el que usted crea le colme de bendiciones