Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

 

Fábululas de Urdiales, número 2

 

“La verdad del colibrí”

(Desde la selva sagrada de Chimalapas)

 

En el corazón de Chimalapazli, donde las ceibas conversan con los jaguares dormidos y las luciérnagas encienden las ramas como si fueran ofrendas, vivía un colibrí llamado Ta’uy.

 

Pequeño como un suspiro, veloz como la memoria, Ta’uy era conocido por ser el más curioso de todos los alados. Pero también, por haber mentido demasiado.

 

Contaban que una vez dijo haber bebido del agua de las nubes. Otra, que había visto al sol quitarse el sombrero sobre el istmo. Pero lo peor fue cuando gritó fuego en el árbol de los perezosos —y no hubo incendio, solo burla. Desde entonces, todos lo miraban con recelo. Hasta el jaguar lo evitaba. Hasta la iguana cerraba los párpados cuando pasaba zumbando.

 

La selva no perdona a los mentirosos. Ni olvida.

 

Pasaron las lunas, y llegó una noche sin estrellas. Algo terrible ocurrió: el gran árbol Batsï, el que guardaba las aguas subterráneas, se quebró con un trueno seco, como si un dios hubiese partido una vasija sagrada.

 

De ahí brotó algo oscuro, algo sin nombre. Los animales comenzaron a enfermar. Primero las ranas. Luego los ocelotes. Luego incluso Yooch, el tapir más anciano, comenzó a caminar como si cargara un ataúd invisible.

 

—Es un veneno antiguo —dijo Nañï, la búha sabia—. Alguien debe volar a la cima del cerro Tiuna’, donde está la flor azul de salvia, y traerla antes del tercer amanecer. Solo ella puede limpiar el manantial.

 

Nadie se ofreció. Todos se miraron. Hasta el puma bajó los ojos.

 

Fue entonces que Ta’uy, el colibrí sin crédito, se alzó en el aire con un zumbido triste.

 

—Yo iré —dijo.

 

Los monos rieron. Los cenzontles silbaron con ironía. Hasta Gu’qun, el viejo armadillo, murmuró:

—El que siempre juega con la palabra no sabe lo que es verdad.

 

Pero Ta’uy no discutió. Desapareció entre la niebla.

 

El viaje fue largo. Cruzó copales, espinas, y nubes que hablaban en sueños. Fue herido por un halcón. Se perdió en la noche. Pero llegó. Y encontró la flor. Azul como el alma del agua.

 

La tomó con su pico, y emprendió el regreso.

 

Ya con los primeros rayos del tercer sol, su sombra se acercaba al claro sagrado. Pero entonces, un zorro lo vio. Era Tëŋa’, el más rencoroso.

Y al ver al colibrí con la flor, pensó que era otra broma.

 

—¡No crean en él! —gritó—. Seguro esa flor es una trampa. ¡Nos quiere enfermar más!

 

Todos comenzaron a murmurar. Nadie se acercaba. Ta’uy se detuvo en medio del claro. Las alas temblaban. El pico apenas sostenía la flor.

 

—No es una trampa —susurró—. Yo vi la raíz. Yo escuché su canto.

 

—¡Mentira! —gritó el zorro—. ¡Tírala!

 

Y entonces sucedió. Ta’uy cayó. No por cansancio, ni por miedo. Cayó porque ya no tenía más fuerza. La flor quedó sobre la tierra, intacta.

 

Nañï, la búha, fue la primera en acercarse. La olió. La sintió. Y su plumaje se estremeció.

 

—Es verdadera —dijo—. Es la flor de salvia de Tiuna’. Nos ha salvado.

 

Hubo un silencio de siglos.

 

Y Ta’uy ya no se movía.

 

Todos los animales se reunieron en torno al cuerpo pequeño. La flor comenzó a liberar su aroma, y el veneno antiguo empezó a disiparse como si la tierra exhalara por fin.

 

—Nos salvó… y no le creímos —dijo Xuno, el jaguar.

 

La selva se volvió funeral.

 

Pero en la última hora, justo cuando el sol tocó el río y los tambores del viento sonaron entre los árboles, Ta’uy movió el ala. Y luego el otro. Abrió los ojos.

 

La flor le había dado una última gota. No solo de agua: de fe.

 

Y desde ese día, en Chimalapazli, cuando alguien duda de otro, el viejo dicho huave dice:

 

“Aunque venga de Ta’uy, escucha bien. A veces, la verdad llega con alas antiguas.”

 

Fábulula final

 

Hay quienes se burlan tanto del mundo, que cuando por fin hablan con verdad, el mundo se burla de ellos.

Y sin embargo, hay gestos que limpian el alma. Gotas que curan. Flores que no esperan crédito, solo destino.

 

Ta’uy no murió. Voló más lento, pero más sabio.

Y la selva —esa que no olvida— escribió su nombre en una flor azul, en una gota de rocío, en la canción del tiempo.

 

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