Por Arturo Vásquez Urdiales
La geometría secreta del wombat: poesía cúbica en la pradera australiana.
En un rincón olvidado del mundo —donde los eucaliptos susurran en lenguas que el viento guarda para sí—, camina una criatura callada y sabia. El wombat. Corpulento como una roca tierna, tímido como un monje zen. Pero hay algo más. Este marsupial, tan cercano a la tierra como el barro al alfarero, ejecuta en secreto un ritual que asombraría a Pitágoras, a Leonardo, a Borges: el arte de cagar cubos perfectos.
Sí, cubos. Bloques exactos de materia fecal que no se deslizan cuesta abajo, que no ruedan ni huyen del lugar donde fueron concebidos. Como monolitos de advertencia. Como ideogramas olvidados en el desierto. Como ladrillos de un alfabeto ancestral, que sólo los wombats leen en las madrugadas.
¿Cómo es que la biología —esa diosa de curvas y vísceras— decidió esculpir heces con ángulos rectos? El intestino del wombat, nos dicen los científicos, no aprieta igual en todos sus rincones. Sus músculos, artistas de la sombra, modulan la contracción con la paciencia de un escultor florentino. Y así, en la oscuridad de su cuerpo, nace la simetría.
Pero más allá del dato curioso, del asombro fisiológico, está la revelación poética. El wombat no excreta: edifica. Señala su presencia no con zarpazos ni alaridos, sino con arquitectura. Delimita su territorio como un Gaudí marsupial, levantando cubos donde otros erigirían violencia. Su geometría no es amenaza, es firma.
Esto, lector hipnótico, nos invita a repensar la literatura. ¿Qué es un poema, sino una deposición del alma en formas concretas? ¿Qué es una novela, sino la digestión lenta de siglos, convertida en ladrillos de sentido? ¿Y qué somos nosotros, los escritores, sino wombats del lenguaje, empujando con amor cuadrado las heces de lo inefable?
En un mundo que premia el escándalo y la velocidad, el wombat nos recuerda la lentitud sagrada, la precisión callada, la elegancia de lo inútil. Él no compite. No corre. No quiere likes ni trending topics. Solo quiere caminar, masticar raíces y dejar, aquí y allá, un cubo perfecto. Como un haikú de estiércol. Como un mensaje para quien sepa ver.
Y quizá, en el futuro, cuando los humanos hayan olvidado cómo decir “gracias” o “perdón”, cuando las pantallas sean ruinas luminosas y los satélites caigan como luciérnagas muertas, alguien —un niño o un dios— tropiece con uno de esos cubos. Lo levante con asombro. Y lea en él, grabada con fuego intestinal, la palabra eterna: arte.
Urdiales Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC quienes le invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, agradezco mucho su atención








