Por Arturo Vásquez Urdiales
Jean-Paul Sartre: La angustia de ser libres
Jean-Paul Sartre (1905-1980) fue el gran arquitecto del existencialismo ateo. Su obra más influyente, El ser y la nada (1943), es un tratado filosófico que desmonta toda idea de esencia previa y nos enfrenta a la crudeza de la libertad absoluta. Para Sartre, el ser humano no está determinado por ninguna naturaleza esencial, sino que es radicalmente responsable de dar sentido a su existencia. Somos, en sus palabras, un “ser-para-sí”, es decir, una conciencia en constante devenir, un proyecto en perpetua construcción.
El ser-en-sí y el ser-para-sí: La ontología sartreana.
En su exploración del ser, Sartre distingue dos modos fundamentales de existencia.
El ser-en-sí (l’être-en-soi): Es el mundo de los objetos inanimados, de lo que simplemente es sin cuestionarse. Una piedra, una mesa o un árbol existen en un estado completo, sin conciencia, sin posibilidad de transformarse. Son lo que son, sin más.
El ser-para-sí (l’être-pour-soi): Es el modo de ser del humano, que, a diferencia de una roca, es consciente de su propia existencia. Pero esta conciencia no es un mero reflejo, sino una capacidad de proyectarse, de imaginar futuros, de elegir. El ser humano no es algo fijo, sino un constante devenir, lo que implica también una condena: la responsabilidad de ser libre.
La nada y la angustia de existir.
El ser humano experimenta la nada porque no hay un destino predefinido para él. A diferencia de una planta que crece y sigue un ciclo biológico determinado, el hombre debe crearse a sí mismo, decidir quién quiere ser. Y esta condición genera angustia. Para Sartre, la angustia no es un simple miedo, sino el sentimiento profundo de sabernos responsables de nuestras decisiones. No hay excusas ni justificaciones externas: no podemos culpar a Dios, al destino o a la sociedad de lo que somos. Somos los arquitectos de nuestra propia existencia, y esto es una carga abrumadora.
La mala fe: El autoengaño existencial.
Uno de los conceptos más fascinantes de El ser y la nada es el de mala fe (mauvaise foi). La mala fe ocurre cuando el ser humano se refugia en falsas justificaciones para evitar la angustia de la libertad. Por ejemplo, quien dice “yo soy así y no puedo cambiar” está negando su propia capacidad de transformarse. O alguien que se aferra a un rol social (“soy solo un mesero”) está evadiendo su libertad de ser algo más. Para Sartre, todos tenemos la posibilidad de reinventarnos, pero el autoengaño nos seduce porque nos evita la responsabilidad de elegir.
El otro como infierno.
En una de sus ideas más provocadoras, Sartre afirma que “el infierno son los otros”. No significa que la convivencia humana sea una condena, sino que la mirada ajena nos cosifica, nos convierte en “objeto”. Cuando alguien nos juzga, sentimos que deja de vernos como un ser libre y nos encierra en una etiqueta. Nos volvemos “ese” que los demás creen que somos, y esta tensión entre nuestra libertad y la percepción ajena es un conflicto permanente en la existencia humana.
Conclusión: Sartre y la autenticidad.
Si la libertad es ineludible y la mala fe es un peligro, ¿cuál es la solución? Sartre propone la autenticidad. Vivir de manera auténtica significa aceptar nuestra libertad sin autoengaños, sin excusas, asumiendo con valentía la responsabilidad de nuestras decisiones. No hay una esencia que cumplir ni un destino que esperar. Somos lo que hacemos de nosotros mismos, y en esa elección radical se juega nuestra existencia.
El ser y la nada sigue siendo una obra fundamental porque nos obliga a enfrentar nuestra condición humana sin adornos ni ilusiones. Sartre nos deja sin refugios: no hay Dios, no hay destino, no hay esencia. Solo nuestra libertad y la angustia de ejercerla.
Era un ateo. ¿Estará en los infiernos de la reencarnación de sus penas? O, no lo fue y creo un afiche como medio imaginario filosófico narrativo para lograr en su persona estatus, fama y subsistencias, y no hablamos ni de poco estatus ni de poca fama, lo de la subsistencia es un debate intrascendente dentro de la inexistente o existente presencia de Dios.
Al morir perdió lo ateo y tuvo un funeral que desmintió su dimensión filosófica.
La verdad solo Dios la sabe.
Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
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