Por Arturo Vásquez Urdiales
Spinoza y su Dios
Hoy, en muchos sitios leemos que Albert Einstein dijo: “Yo creo en Dios, pero en el Dios de Spinoza.”
Quizá lo vayamos a aburrir, amado lector, pero ¿quién fue Baruch Spinoza?
En español del siglo XXI, sería Benito Espinoza. Era sefardí, es decir, un judío español. Doble contra sencillo que ya la llevaba complicada para ser filósofo. Hoy mismo, ser filósofo sigue siendo complicado, especialmente en el tribunal supremo del siglo XXI, donde los jueces, fiscales y verdugos actúan simultáneamente: las redes sociales.
Como tantos humanos en el mundo, Baruch Spinoza fue migrante y refugiado político. Su familia, víctimas de la diáspora de 1492, cargaba las cicatrices de las expulsiones hispana y lusitana. Así, el gran mito del “Dios de Spinoza” no es tan mito, sino la manifestación del esfuerzo de un pensador que desafió la tradición y la opresión de su tiempo.
La huella de Baruch Spinoza: un viaje a través del pensamiento
El 24 de noviembre de 1632, en Ámsterdam, nació Baruch Spinoza, uno de los filósofos racionalistas más destacados del siglo XVII. Proveniente de una familia sefardí que huyó de la persecución religiosa en la península ibérica, Spinoza encarnó las contradicciones y las luchas de su linaje. Sus antepasados, expulsados de Castilla por el decreto de 1492, buscaron refugio en Portugal, donde fueron obligados a convertirse al catolicismo. Sin embargo, la llegada de la Inquisición los forzó a huir nuevamente, estableciéndose finalmente en los Países Bajos.
La vida de Spinoza no fue sencilla. Desde joven, sus ideas comenzaron a incomodar a las autoridades religiosas. Criticó la autenticidad de la Biblia y ofreció una visión del mundo donde Dios y la naturaleza eran una misma entidad. Esto lo llevó a ser excomulgado de la comunidad judía. A pesar del aislamiento y la incomprensión, Spinoza continuó desarrollando su filosofía, que hoy se reconoce como un pilar del pensamiento moderno.
Su obra, especialmente Ética, nos invita a reflexionar sobre la libertad, el conocimiento y la relación entre el hombre y la naturaleza. Para Spinoza, la libertad no era un concepto abstracto, sino un proceso profundo de comprensión: “La libertad es un conocimiento adecuado de las causas.”
Erasmo de Róterdam y Baruch Spinoza: pensadores de una ciudad eterna
Róterdam, ese dinámico puerto de los Países Bajos, fue testigo de las ideas que moldearon la Europa moderna. En el siglo XVI, fue hogar de Erasmo de Róterdam, un erudito renacentista cuya crítica a la corrupción de la Iglesia marcó el camino para la Reforma. En el siglo XVII, Baruch Spinoza emergió de la misma región, llevando el racionalismo a nuevas alturas y desafiando tanto la religión tradicional como las estructuras de poder.
Erasmo de Róterdam: Humanismo y crítica social
Erasmo, nacido en 1466, abogaba por el regreso a las fuentes del cristianismo primitivo. Su obra El elogio de la locura satiriza las costumbres de su tiempo, cuestionando las hipocresías religiosas. Entre sus frases célebres destaca: “La educación es el mejor provisionamiento para la vejez,” reflejando su creencia en el conocimiento como herramienta de transformación.
Baruch Spinoza: Racionalismo y libertad de pensamiento
Spinoza, en el siglo XVII, llevó las ideas humanistas más allá del ámbito religioso, aplicándolas a la comprensión de la existencia misma. Propuso que Dios no es una figura antropomórfica, sino la esencia misma de la naturaleza y el universo. Su racionalismo, plasmado en frases como “Aquellos que son guiados por la razón no desean para sí lo que no desean para los demás,” sigue siendo un faro para los buscadores de la verdad.
Paralelismos en el pensamiento y la influencia de Róterdam
Ambos pensadores compartieron un contexto histórico y una misión: desafiar las verdades establecidas. Mientras Erasmo cuestionaba la corrupción religiosa, Spinoza desarmaba los dogmas con una precisión racional. En Róterdam, el pensamiento crítico encontró un refugio que permitió a estas mentes brillantes sembrar las semillas de la Ilustración.
Hoy, el legado de ambos es un recordatorio de que la búsqueda de la verdad requiere coraje, y que el pensamiento libre es la esencia de toda sociedad que aspire a la justicia y la sabiduría.
Así, en la figura de Spinoza, encontramos no solo al filósofo exiliado y al hombre perseguido, sino a un símbolo de resistencia intelectual. En su “Dios” encontramos la idea más pura de lo divino: la naturaleza misma, infinita y eterna, pero comprensible a través de la razón.
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