Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

 

Petrona: El Eterno Viaje de las Almas

 

La niña de Tehuantepec que hablaba con los muertos.

 

Corría el año de 1830, en Tehuantepec, Oaxaca, donde el templo dominico se alzaba como un vigilante ancestral entre las colinas y el cielo nublado. Entre sus muros de piedra y los ecos de cánticos olvidados, nació la historia de Petrona, una niña zapoteca con un don que la conectaría para siempre con los reinos de los muertos y los secretos del tiempo.

 

Desde pequeña, Petrona caminaba descalza por las callejuelas de su pueblo, sintiendo la tierra y el aire como sus aliados. Vestía un huipil colorido y se adornaba con flores de mayo en el cabello, nunca renunciando a su esencia ni a su lengua. Solo hablaba zapoteco, la lengua dulce y materna de su gente, y ese idioma, que contenía los secretos del viento y de las montañas, fue el único que le permitió revelar sus visiones. Petrona veía más allá de lo visible y escuchaba voces que otros no podían oír. Su don era un misterio para todos, una conexión inexplicable con el mundo de los espíritus, que la haría trascender y, años después, influir en la vida de un hombre poderoso.

 

De niña, su vida estaba marcada por estas visitas de aquellos que ya no estaban en este mundo. Los veía en los corredores de su casa, en los rincones de la iglesia, y en la vastedad de los campos. No le temían las sombras ni los rostros pálidos que surgían en la penumbra del templo. Algunos susurraban a su oído palabras que no entendía aún, pero que sentía profundamente en su alma; otros la miraban con ojos que reflejaban tristeza y anhelo, mientras deslizaban sus figuras etéreas entre los altares. A diferencia de los demás niños, Petrona no huía. Sabía, desde lo más profundo de su ser, que aquellos espíritus buscaban en ella una voz, un consuelo, o quizá, simplemente, alguien que los mirara sin miedo.

 

El templo dominico de Tehuantepec se convirtió en su refugio. Allí, las bóvedas oscuras y los pasillos de piedra parecían absorber los susurros y las sombras, creando un lugar donde el tiempo se detenía, y la frontera entre los vivos y los muertos se desdibujaba. En esos espacios sagrados, Petrona sentía que la historia de su pueblo se revelaba ante ella en formas y voces que solo ella podía escuchar. Los muertos le hablaban en zapoteco, en un tono pausado y solemne, como si supieran que Petrona sería su puente hacia el mundo de los vivos.

 

Una tarde, mientras paseaba por el claustro desierto, Petrona vio una figura alta y esbelta, vestida en hábito oscuro, caminando lentamente hacia ella. Era un fraile de aspecto sombrío, con un rostro anguloso y triste, que le recordó las antiguas leyendas de espíritus errantes. Al pasar junto a ella, el monje la miró directamente a los ojos, y Petrona sintió que aquella mirada traía consigo siglos de historia, de sacrificio, y de secretos que aún permanecían sin revelar.

 

Desde ese día, las visiones de Petrona se intensificaron. No solo veía a frailes y monjas, sino también a ancestros zapotecas que deambulaban por la iglesia, con sus carnes vivas, vivas de muertos, muertos.

 

De niña, su vida estaba marcada por estas visitas a los dominios de los muertos, un contacto que pocos comprendían y que ella misma apenas alcanzaba a interpretar. No era raro verla sola en los patios de su casa o en los corredores del templo dominico, hablando en voz baja, como si conversara con sombras. Para ella, aquellos encuentros no eran más que una extensión de su existencia, una mezcla de miedo y fascinación que la empujaba cada vez más cerca de los misterios del otro lado.

 

Petrona descubrió su don en una noche de tormenta. Los truenos resonaban sobre los cerros, y el viento parecía arrastrar consigo voces de antaño. Esa noche, mientras se refugiaba en un rincón de la casa, sintió una presencia junto a ella. Alzó la vista y vio una figura translúcida, una anciana que la miraba con ojos de bondad y resignación. Sin necesidad de palabras, Petrona comprendió que aquel ser no era de este mundo. Intentó hablarle, pero el aire frío le helaba la garganta y solo pudo murmurar en zapoteco: “¿Qué quieres de mí?”

 

La anciana, con una sonrisa apacible, se inclinó hacia Petrona y le dijo, en la lengua de sus antepasados, que ella sería la guía de los espíritus perdidos, el puente entre los vivos y los muertos. Petrona, apenas una niña, no entendió del todo, pero aceptó aquellas palabras como una promesa. A partir de entonces, las visiones y las visitas de los espíritus se volvieron cotidianas, y aunque al principio le provocaban miedo, fue aprendiendo a verlas como parte de su destino.

 

Durante años, Petrona visitó el templo dominico, un lugar donde el pasado y el presente parecían entrelazarse en los ecos de las piedras y en el murmullo de las bóvedas altas. Allí encontraba paz y claridad, como si el antiguo edificio la acogiera y le ofreciera protección. Pero pronto entendió que el templo no solo la protegía; también le abría puertas. En sus corredores, Petrona empezó a ver rostros y figuras que parecían venir de otros tiempos: monjes, mujeres con largos velos, guerreros de otras épocas. Todos ellos la miraban con esa mezcla de tristeza y esperanza, como si aguardaran algo que ella pudiera ofrecerles.

 

Al crecer, el don de Petrona se hizo más poderoso y preciso. No solo podía ver a los espíritus, sino también vislumbrar los destinos de los vivos. Entre su gente, pronto se corrió la voz de que la niña zapoteca podía predecir el futuro. Aquellos que buscaban consejo, consuelo o claridad en tiempos inciertos, acudían a ella, y Petrona, con sus palabras sencillas y su intuición aguda, les revelaba fragmentos de lo que estaba por venir.

 

Fue así como su fama llegó a oídos de un hombre que cambiaría el curso de su vida. Un futuro general oaxaqueño, un guerrero endurecido por la batalla, se enteró de la existencia de aquella vidente en el istmo que solo hablaba en zapoteco. Intrigado y escéptico, decidió conocerla, esperando que los rumores fueran solo supercherías de la región. Pero al encontrarse con Petrona, la mirada profunda y tranquila de ella lo desarmó. Ella no necesitó traducir sus visiones; el general, que había aprendido el idioma zapoteco solo para entender las señales de la tierra y del agua, comprendió al instante el valor de su don.

 

Aquel encuentro marcó el inicio de una alianza profunda y secreta. Petrona se convirtió en la consejera espiritual del general, susurrándole lo que veía en sus visiones y orientándolo en los momentos críticos de su vida. Con el tiempo, aquella niña que había sido testigo del dolor y las esperanzas de los muertos, se convirtió en una figura clave en la vida política y militar del México de su época. Pero su esencia no cambió; continuaba siendo la mujer sencilla y fuerte que caminaba descalza, adornada con flores de mayo y vestida en su huipil, guiada por el mismo don que le había sido revelado aquella noche de tormenta.

 

Petrona nunca perdió el contacto con el mundo de los espíritus. Cada año, en las vísperas del Día de Muertos, regresaba al templo dominico de Tehuantepec, donde la frontera entre los vivos y los muertos se volvía difusa, y sentía nuevamente el susurro de aquellos que la habían guiado desde niña.

 

No era raro en los tiempos en qué el futuro general fuera Jefe Político y Militar del Istmo, verlo salir bien tempranito de la casa de Petrona. Una Petrona ya en sus 25 años, gloriosa y hermosa, con el cuerpo grandioso, candente y eterno de las bellas mujeres de esa tierra prodiga, cálida y bella.

 

En efecto fue su amante, más sus visiones, definitivamente cambiaron el destino del Istmo, de Oaxaca y de México.

 

Un destino vinculado con los muertos, pero también con la guerra, el dolor y la sangre

 

En una noche estrellada le dijo a su soldado:

 

_Runi sentirluʼ xhoʼ rini ne guerra Porfirio, ne poder ne bueltu ... (*)

 

Y estás palabras marcaron el destino de miles de hombres y pueblos.

 

Petrona es una mujer olvidada en la historia. Vidente y oyente. La recordaremos en estás Letras Hipnóticas

 

Tú hueles a sangre y guerras Porfirio, y a poder y dinero

 

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