Por Arturo Vásquez Urdiales
"La Leyenda Maldita de Don Juan Manuel en la Calle de Uruguay"
Capítulo 1: El Oscuro Anhelo
En la antigua ciudad de México-Tenochtitlán, entre los muros fríos de una mansión virreinal situada en lo que hoy es la calle de Uruguay, habitaba Don Juan Manuel, un caballero de alma noble, rico en bienes y pobre en paz. Su vida, aunque rodeada de lujos, estaba marcada por una herida profunda e invisible: la ausencia de un heredero. Sus rezos se elevaban como súplicas agónicas, pero el silencio de los cielos solo alimentaba su desesperanza. Y en ese vacío, el eco de un oscuro deseo comenzó a tomar forma, uno que lo llevaría al borde de la razón y más allá del perdón.
En su desesperación, Don Juan Manuel mandó traer a su sobrino desde España, confiándole sus negocios y entregándole, sin saberlo, la llave de su propia perdición.
Con el tiempo los celos, un monstruo invisible, se apoderaron de su mente, y las sombras comenzaron a susurrarle secretos oscuros. Sus pensamientos se convirtieron en alucinaciones, y finalmente, en un acto desesperado, invocó al demonio, creyendo que allí encontraría respuestas.
La aparición llegó en una noche sin luna, cuando el reloj marcaba la medianoche. Entre el humo de las velas que apenas iluminaban su habitación, el demonio le habló con una voz grave y susurrante: "A las once en punto", dijo, "verás pasar al hombre que te ha traicionado". Cegado por el odio y el dolor, Don Juan Manuel salió a las calles de la ciudad. Encontró a un hombre solitario y, sin dudar, le preguntó la hora. Al recibir la respuesta, sin otra palabra, lo apuñaló. "Dichoso usted que sabe la hora de su muerte", le susurró al oído antes de verlo caer, sin saber que acababa de condenar su propia alma.
Capítulo 2: El Pacto Oscuro
La primera muerte fue solo el inicio. Noche tras noche, Don Juan Manuel deambulaba por las calles empedradas de la Nueva España, buscando al supuesto traidor. A las once en punto, detenía a cualquier transeúnte y, sin esperar respuesta, le arrebataba la vida, siempre con la misma frase maldita. La ciudad, antes pacífica, comenzó a teñirse de un miedo helado. Las madres encerraban a sus hijos, los hombres evitaban las sombras, y las campanas de la catedral parecían sonar más lúgubres cada mañana.
Pero Don Juan Manuel no hallaba paz. Las sombras lo perseguían; los rostros de sus víctimas aparecían en cada rincón, en cada reflejo. Hasta que, una noche de niebla espesa, un joven cruzó su camino. Con la misma frialdad, le preguntó la hora, y cuando el joven respondió, su cuchillo encontró el corazón de su propia sangre. Era su sobrino. Al descubrir su rostro, el horror lo consumió, y en ese instante, comprendió que había sido un juguete en las manos del demonio.
Capítulo 3: El Castigo Eterno
Desesperado, Don Juan Manuel buscó redención. Se postró ante un fraile franciscano, confesando entre sollozos cada uno de sus crímenes. El fraile, con voz temblorosa y severa, le impuso una penitencia terrible: debía rezar tres noches al pie de la horca, en el mismo lugar donde colgaban los cuerpos de aquellos que le habían sido arrebatados. Solo así, dijo el fraile, podría hallar el descanso.
La primera noche, los vientos susurraban los nombres de sus víctimas. Las sombras parecían tomar forma, moviéndose como espíritus en pena alrededor de él. La segunda noche, un frío inhumano se apoderó del lugar, y figuras sombrías lo rodearon, susurrando lamentos que solo él podía entender. Pero fue en la tercera noche cuando la oscuridad reveló su verdadero rostro: una legión de demonios surgió del suelo, tomando formas horrendas, cada uno reclamando un pedazo de su alma. Con gritos de agonía y terror, Don Juan Manuel fue arrancado de su cuerpo y arrojado a las tinieblas.
Capítulo 4: El Fantasma Maldito
Desde entonces, cuentan los habitantes de la ciudad que el espíritu de Don Juan Manuel vaga por las calles de la antigua Nueva España, especialmente en noches de muertos, cuando el velo entre los mundos es más delgado. Su figura, deshecha y corroída, aparece en las esquinas de la calle de Uruguay a las tres de la mañana, vestido con harapos, sus ojos oscuros como pozos sin fondo. Su voz, un susurro que hiela la sangre, detiene a los trasnochadores que cruzan su camino, preguntándoles la hora, como en un intento de revivir sus antiguas obsesiones.
Aquellos valientes o desafortunados que responden, ven su propio rostro reflejado en las sombras, un presagio de muerte inminente. Y antes de desaparecer, el espectro de Don Juan Manuel les susurra al oído, como lo hacía con sus víctimas: "Dichoso tú que sabes la hora de tu muerte". Nadie sabe si esta es una advertencia o una maldición, pero quienes lo han visto aseguran que sus rostros jamás volvieron a ser los mismos, que el miedo los acompaña desde entonces como una sombra eterna.
Dicen que cada noche de muertos, los demonios que lo atormentan lo liberan momentáneamente, dejándolo vagar por la ciudad en busca de alguna alma que pueda liberarlo de su tormento. Pero, mientras sus crímenes no sean perdonados, su espíritu sigue prisionero de aquellos que él mismo invocó, condenado a repetir su pregunta eternamente, hasta el fin de los tiempos.
Leyendas de la antigua ciudad de México.
Arturo David Fundación de letras hipnóticas AC
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