Por Arturo Vásquez Urdiales
Dedico esta colaboración a aquellos que pierden el sentido de la vida, roban y destrozan, por el hechizo maligno de la posesión desmedida. Y al final: ¿Cuenta tierra necesita un hombre?
Aquí tenéis la verdadera y triste historia de uno de los finales imaginables del atribulado General Teodomiro Sánchez Cano y su ambición desalmada:
¿Cuánta tierra necesita un hombre?
En el desierto vasto e indómito del suroeste americano, a orillas del gran río del Dios Anasassi, se alzaba el pueblo de los Anasassi. Un lugar bendecido por el sol y la tormenta, un rincón olvidado por el tiempo, donde el viento cantaba los secretos de los ancestros. Allí, en medio del polvo rojo y los cactus altos, vivía el general Teodomiro Sánchez Cano, un hombre endurecido por la vida y por las guerras, pero siempre insatisfecho con el trozo de tierra que la fortuna le había concedido.
Teodomiro, veterano de mil batallas, había pasado sus últimos años cultivando la tierra, arando surcos en su parcela pequeña y pedregosa, esperando que la tierra le devolviera el sacrificio con una cosecha que le permitiera vivir en paz sus últimos días. Pero el deseo de más le había crecido dentro como una mala hierba. "La tierra lo es todo", se repetía cada día al amanecer, mirando al horizonte donde el Gran Señor del Sol y del Trueno parecía prometerle un futuro mejor.
El anhelo de más tierra
Un día, un comerciante nómada pasó por el pueblo. Teodomiro lo invitó a su hogar, una casa hecha de adobe y sueños rotos. El comerciante, con la sonrisa sabia de quien ha visto mucho mundo, le habló de un paraje lejano, donde la tierra era tan fértil que los granos de maíz crecían altos como gigantes, donde el trigo bailaba con el viento como en una danza sagrada. "Esas tierras pertenecen a los Anasassi", dijo el comerciante, "y ellos son generosos con aquellos que llegan con regalos y respeto."
Teodomiro escuchó con atención, y esa noche no pudo dormir. El rugido del río cercano le recordaba las promesas que se había hecho a sí mismo: “Si tan solo pudiera poseer más tierra, seré poderoso y libre. Haré crecer todo un imperio, sembraré para generaciones futuras y mi nombre resonará como un eco interminable en estas montañas y valles.”
Así que, sin más demora, Teodomiro vendió su pequeña parcela y se dispuso a viajar hasta el pueblo de los Anasassi, llevando consigo a su criado, algunos caballos, y un cargamento de regalos que incluía mantas tejidas, tabaco, y licor fuerte.
La oferta de los Anasassi
Cuando Teodomiro llegó al pueblo de los Anasassi, fue recibido con cantos y danzas. Los ancianos, con sus rostros curtidos por el sol y las historias del desierto, se reunieron en torno a él, escuchando con calma sus deseos. El jefe de los Anasassi, un hombre de ojos profundos y voz serena como el río, le habló con la misma calma que el viento en la noche.
Puedes tener toda la tierra que puedas recorrer en un día, General —dijo el jefe—. Pero hay una condición. Debes comenzar al alba y regresar al mismo punto antes del anochecer. Toda la tierra que marques será tuya, pero si no regresas, perderás todo.
Los ojos de Teodomiro brillaron como el sol reflejándose en las aguas del río. "¡Un día entero!", pensó, "podría recorrer una vasta extensión y hacerme con una tierra digna de un rey".
La marcha de Teodomiro
Al romper el alba, cuando el sol apenas asomaba sobre el horizonte y las sombras aún se aferraban a la tierra como espíritus tímidos, Teodomiro se preparó para la marcha. El jefe colocó una piedra blanca sobre la arena, señalando el punto de partida, y Teodomiro dejó a su criado junto al jefe, con la promesa de que volvería antes del ocaso.
Con una cantimplora de agua colgada al cinturón y una azada en la mano, Teodomiro comenzó a caminar hacia el este, donde el sol naciente pintaba el cielo con colores de fuego. Sus pasos eran firmes, su respiración constante. El desierto parecía inmenso y generoso, abierto como un libro que aún no se ha escrito. Al cabo de unos kilómetros, hizo su primera marca en la arena, cavando un pequeño hoyo y apilando piedras a su alrededor.
Conforme avanzaba, el calor del día comenzó a agobiarle, pero su deseo de más tierra era más fuerte que la fatiga. Pensó en todos los campos de trigo que podía sembrar, en los rebaños de caballos que pastarían en los valles, en los hombres que trabajarían para él. Todo estaba tan cerca, casi podía tocarlo.
La trampa del deseo
Pero a medida que el sol se alzaba en el cielo, lanzando flechas ardientes sobre la tierra, Teodomiro sintió que el tiempo se escapaba entre sus manos como arena. Se dio cuenta de que había avanzado demasiado, que había sido demasiado ambicioso. Aún tenía que marcar tres lados más del cuadrado que había imaginado en su mente y regresar antes de que el sol se ocultara detrás de las montañas lejanas.
Desesperado, Teodomiro apresuró el paso, casi corriendo por la planicie desértica. Sus pies se hundían en la arena, y cada respiración era un esfuerzo doloroso. La botella de agua estaba casi vacía, y el sol, ahora en su cenit, parecía burlarse de él. "¡Solo un poco más, solo un poco más!" se repetía, sus labios secos y agrietados.
Finalmente, cuando el sol comenzó a descender, Teodomiro se dio cuenta de que estaba aún muy lejos del punto de partida. Su corazón latía como un tambor de guerra, y sus piernas eran como troncos pesados que apenas respondían a su voluntad. Pero siguió, con la mirada fija en la piedra blanca que brillaba a lo lejos como una promesa de salvación.
El precio del exceso
El sol se deslizaba lentamente hacia el horizonte cuando Teodomiro, agotado y deshidratado, se lanzó hacia la piedra blanca. Apenas la tocó con la punta de los dedos cuando el sol desapareció detrás de las montañas, llevándose consigo el último resplandor del día.
Los Anasassi, que lo habían observado en silencio durante toda la jornada, se acercaron lentamente. El jefe, con una mirada triste pero sabía, se inclinó sobre el cuerpo de Teodomiro, que yacía inerte sobre la arena.
Has marcado más tierra de la que jamás podrías necesitar —dijo el jefe en voz baja—. Y ahora, esta pequeña porción donde yaces es toda la tierra que te queda.
Los hombres del pueblo cavaron una tumba en la misma tierra que Teodomiro había reclamado como suya. Lo enterraron allí, bajo el cielo abierto y estrellado, al lado del gran río del Dios Anasassi. Y así, el general que soñaba con vastas propiedades y poder sobre la tierra, terminó poseyendo solo dos metros de ella, recordándonos que la codicia ciega nos puede llevar a perderlo todo.
Epílogo
El viento sigue cantando sobre el pueblo de los Anasassi, y el río murmura sus secretos a los viajeros que se atreven a escucharlo. Aquellos que pasan cerca de la tumba de Teodomiro Sánchez Cano miran la sencilla marca de piedra blanca y entienden, como él nunca lo hizo, que la tierra no es algo que se posee. Es algo que te da vida y, al final, es lo único que necesitas para descansar.
(Adaptación libre del cuento ¿Cuánta tierra necesita un hombre? Del inmenso y gigantesco León Tolstoi).
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Muchas gracias por su atención y lectura, le invito a mis 3.8 lectores a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores y mejores seres humanos.
Arturo.








