A PUNTA DE DEDO SOBRE LETRAS HIPNÓTICAS

Por Arturo Vásquez Urdiales

*EL PICACULOS DE NAVOLATO

 

*O de cómo una sandía atravesó una cerca, se metió en un pleito y terminó convertida en una lección de justicia

 

*Una fábula jurídica, picaresca y sinaloense, inspirada en las anécdotas de don Belem Torres Ojeda, el Salomón de Navolato, recogidas por su hijo Héctor Torres Beltrán en «Justicia con sentido común».

 

 

  1. DONDE LAS SANDÍAS CRECEN SIN PEDIR PERMISO

 

 

Navolato, Sinaloa, podría ser perfectamente Santiago Minas, Sola de Vega, Oaxaca. Cambian los cerros, el calor, los caminos y el acento, pero los pleitos entre vecinos son universales. En cualquier pueblo mexicano hay un hombre que tiene razón, otro que asegura tener más razón y un tercero que, sin tener ninguna, ya anda contando lo sucedido en la cantina.

 

En Navolato vivió un juez singular: don Belem Torres Ojeda, conocido como el Salomón de Navolato.

 

No necesitaba vestir toga romana ni recitar en latín para comprender que la justicia, cuando pierde el sentido común, termina pareciéndose a una sandía sin pulpa: mucho cascarón y absolutamente nada que comer.

 

Cuentan que cierta vez llegaron ante él dos vecinos enemistados por una sandía.

 

¡Una sandía!

 

No una herencia millonaria, no una escritura falsificada, no una hacienda de diez mil hectáreas. Una sandía colorada, barrigona y presumida, que había tenido la desgracia de crecer donde no debía.

 

  1. LA SANDÍA QUE COMETIÓ EL DELITO DE CRUZAR LA FRONTERA

 

Resulta que un campesino había sembrado sus sandías con el sudor de su frente, que es una manera elegante de decir que había trabajado mientras otros se rascaban la barriga.

 

Las regó, las cuidó y esperó pacientemente a que maduraran.

 

Pero una de las plantas, que seguramente tenía vocación de exploradora, extendió sus guías por debajo de la cerca y produjo una sandía del otro lado, en el terreno del vecino.

La sandía no llevaba pasaporte.

 

Tampoco permiso de tránsito.

 

Mucho menos había solicitado cambio de domicilio ante el Registro Público de la Propiedad.

 

Simplemente creció.

 

El vecino la vio una mañana.

La contempló con ternura.

Le dio unas palmaditas para escuchar si estaba madura.

Y, después de realizar una inspección ocular que habría envidiado cualquier perito, dictó sentencia:

—¡Esta sandía ya está buena!

Sacó el cuchillo, la partió y se la comió.

Dicen los narradores de esta fábula —que para eso tienen licencia de exagerar— que hasta escupió las semillas sobre el terreno del verdadero sembrador.

Aquello fue demasiado.

 

III. EL HOMICIDIO DE UNA SANDÍA Y EL NACIMIENTO DE DOS ENEMIGOS

 

Cuando el agricultor descubrió que su sandía había desaparecido, fue directamente a reclamar.

—¡Oiga, compadre! ¿Dónde está mi sandía?

—¿Cuál sandía?

—¡La que estaba creciendo junto a su cerca!

—¡Ah, esa! Me la comí.

—¡Pero era mía!

—¡Pues estaba en mi terreno!

—¡Yo la sembré!

—¡Yo la mastiqué!

—¡Yo la regué!

—¡Y yo la digerí!

La discusión subió de tono.

Uno alegaba el derecho del trabajo.

 

El otro, el derecho del estómago.

 

Y como ninguno estaba dispuesto a devolver una sandía que ya había recorrido los misteriosos caminos del aparato digestivo, decidieron acudir ante el juez.

 

Porque en México, cuando dos compadres no pueden ponerse de acuerdo, siempre aparece la posibilidad de gastar en un pleito cien veces más de lo que vale el objeto disputado.

 

  1. EL JUEZ, EL DEDO Y LAS POSADERAS DE LA JUSTICIA

 

Don Belem escuchó pacientemente.

Primero habló el sembrador.

Después habló el comedor.

El primero explicó que la sandía provenía de su planta.

 

El segundo sostuvo que todo cuanto aparecía en su terreno le pertenecía.

—Entonces —preguntó don Belem—, ¿usted se comió la sandía?

—Sí, señor juez.

—¿Y no quiere pagarla?

—¡Cómo voy a pagar algo que estaba en mi propiedad!

Don Belem se acomodó en su silla.

Miró al demandante.

Miró al demandado.

Y levantó lentamente el dedo índice.

 

No era un dedo extraordinario. No tenía anillo episcopal, sello notarial ni uña de oro. Era un dedo común y corriente, de esos que sirven para señalar, contar dinero, advertir a los niños y, cuando se usan indebidamente, meterse donde no los llaman.

—Dígame una cosa, amigo: ¿de quién es este dedo?

—Pues suyo, señor juez.

—¿Está seguro?

—¡Segurísimo!

—¿Y si yo le metiera este dedo por el culo, de quién sería?

El hombre se quedó helado.

Miró el dedo.

Miró al juez.

Miró la puerta.

Quizá calculó que había llegado a un tribunal de procedimientos verdaderamente extraordinarios.

—¡Pues suyo, señor juez!

—¿Aunque estuviera dentro de su culo?

—¡Aunque estuviera allí!

—¿Y por qué?

—¡Porque el dedo es suyo!

Don Belem sonrió.

Había llegado el momento de dictar sentencia.

—¡Pues entonces, condenado tragón, pague la sandía! Porque aunque estaba dentro de su terreno, seguía siendo del hombre que la sembró.

 

Y así, en la versión picaresca de la historia, terminó la audiencia.

 

El dedo jamás entró en las posaderas del demandado, pero el razonamiento le entró hasta el fondo del entendimiento.

 

  1. LA PRIMERA SENTENCIA QUE NO NECESITÓ METER EL DEDO PARA DAR EN EL CLAVO

 

Imagino al vecino saliendo del juzgado.

Había entrado convencido de que la sandía era suya.

Salió sabiendo que debía pagarla y, posiblemente, agradecido de que el juez hubiese preferido la explicación teórica a la demostración práctica.

 

El sembrador recuperó el valor de su fruta.

El comedor perdió la discusión.

 

Y don Belem ganó un lugar en esa historia entrañable de los jueces que sabían resolver conflictos sin convertirlos en monumentos al papeleo.

 

No necesitó un peritaje sobre la dirección de crecimiento de las cucurbitáceas.

Tampoco un dictamen de ingeniería agronómica que estableciera la velocidad con que la sandía atravesó la línea divisoria.

 

Mucho menos ordenó suspender la audiencia hasta que compareciera la sandía, que para entonces se encontraba en paradero absolutamente desconocido.

Bastó un dedo que amenazaba con picar para que dos hombres comprendieran que la propiedad no siempre termina donde comienza una cerca.

 

Y aquí está la gracia mayor: el juez no tuvo que ejecutar su extravagante ejemplo.

Su dedo fue una amenaza filosófica, no una diligencia judicial.

 

Porque una cosa es señalar la verdad y otra muy distinta pretender introducirla por la fuerza.

 

 

  1. EL DEDO NO ES CÓDIGO CIVIL, AUNQUE ALGUNOS JUECES NECESITEN QUE SE LO EXPLIQUEN

 

Llegados a este punto, conviene abandonar por un instante la carcajada y entrar en el terreno del derecho.

Don Belem no creó una ley de las sandías ni su dedo estableció jurisprudencia obligatoria.

 

La anécdota transmite una analogía destinada a explicar que la ubicación física de un bien dentro de un predio ajeno no implica, necesariamente, la transmisión de su propiedad.

El derecho civil exige algo más.

 

 

Hay que determinar quién era propietario de la planta, cómo se produjo el fruto, qué reglas de accesión resultaban aplicables, qué derechos correspondían a los vecinos y cuál era la legislación vigente cuando ocurrieron los hechos.

 

El Código Civil de Sinaloa contiene disposiciones sobre accesión y frutos industriales, así como reglas específicas sobre árboles, ramas y raíces que invaden predios vecinos.

 

Pero estas últimas no pueden trasladarse automáticamente a una planta rastrera de sandía.

 

Tampoco puede sostenerse que la ingestión de la fruta constituyera necesariamente un delito de robo.

 

La responsabilidad civil y la responsabilidad penal tienen presupuestos diferentes.

 

Y, sobre todo, no conocemos un expediente judicial que permita afirmar que don Belem fundamentó su resolución en determinados artículos.

 

Una cosa es la sabiduría de una explicación y otra la fundamentación y motivación de una sentencia.

 

El dedo podía iluminar el problema, pero no sustituir la ley.

 

La ocurrencia podía convencer al demandado, pero una resolución formal debía respetar las garantías del procedimiento y expresar las razones jurídicas correspondientes.

 

La justicia no se vuelve legítima únicamente porque el juez sea simpático, ingenioso o tenga una colección de dedos amenazantes.

 

Necesita competencia, prueba, fundamentación, motivación y respeto a las partes.

 

Sin embargo, tampoco se vuelve más justa porque el juzgador escriba quinientas páginas para explicar lo que podía demostrar con cinco.

 

VII. CUANDO UNA SANDÍA VALE MENOS QUE EL PLEITO Y EL ORGULLO VALE MÁS QUE LA RAZÓN

 

Aquí comienza la verdadera tragedia de los litigios humanos.

Los vecinos no siempre pelean por lo que vale una cosa.

Pelean porque ninguno quiere perder.

 

El problema deja de ser la sandía y se convierte en una guerra por el honor, la vanidad y esa peligrosa enfermedad que consiste en querer tener la razón incluso cuando ya se ha perdido el juicio.

 

Uno puede gastar miles de pesos en abogados para recuperar una gallina que vale doscientos.

 

Otro puede pasar veinte años litigando una franja de terreno donde apenas cabe una maceta.

 

Y habrá quien prefiera perder la amistad de toda una vida antes que reconocer que se comió una sandía ajena.

 

Don Belem comprendía que, muchas veces, el conflicto jurídico es apenas la cáscara de un problema profundamente humano.

Por eso su anécdota sobrevivió.

 

No porque el dedo fuera más importante que el Código Civil.

 

Sino porque consiguió transformar una discusión de propietarios en una explicación que cualquiera podía entender.

 

En Navolato, en Santiago Minas, en Sola de Vega o en cualquier rincón de nuestra República, la justicia debería conservar esa capacidad de hablar el idioma de quienes acuden a ella.

 

Sin renunciar al derecho.

Sin sacrificar las garantías.

Sin confundir el ingenio con la arbitrariedad.

 

Pero sin olvidar jamás que detrás de cada expediente hay personas que necesitan una solución, no una eternidad de trámites.

 

VIII. RAZONAMIENTO URDIALES HIPNÓTICO: EL DEDO QUE PICÓ SIN PICAR

 

La historia de don Belem Torres nos deja una enseñanza que atraviesa el tiempo con la misma facilidad con que aquella sandía atravesó la cerca.

 

La justicia no consiste en meterle el dedo a nadie, sino en poner el dedo sobre la injusticia.

 

Hay dedos acusadores, dedos autoritarios, dedos que amenazan, dedos que firman resoluciones y dedos que señalan hacia otro lado cuando deberían señalar la verdad.

 

También existen dedos que enseñan.

El de don Belem fue uno de ellos.

 

Y aunque su ocurrencia no constituye una doctrina jurídica universal, sí representa una lección sobre la necesidad de explicar el derecho de manera inteligible.

 

Porque una sentencia incomprensible puede resolver formalmente un expediente sin resolver el resentimiento que lo originó.

 

La verdadera sabiduría judicial consiste en unir la ley con la prudencia, la razón con la humanidad y la autoridad con la moderación.

 

Aquel vecino se había comido una sandía.

Pero estuvo a punto de tragarse algo mucho más difícil de digerir: su propio orgullo.

 

Y el juez, con una pregunta que jamás habría encontrado sitio decoroso en un tratado solemne de derecho civil, consiguió que la discusión descendiera del pedestal de la soberbia hasta la humilde realidad de los hechos.

La sandía había desaparecido.

La cerca permanecía en su sitio.

 

Los dos vecinos seguían viviendo uno junto al otro.

Y el dedo, afortunadamente, continuaba limpio.

 

Porque el mejor juez no es aquel que mete el dedo más profundamente, sino aquel que consigue que la justicia llegue más lejos sin necesidad de meterlo.

 

Que no se olvide la lección:

Una sandía puede crecer del otro lado de una cerca; lo que nunca debería crecer entre dos vecinos es un odio más grande que sus terrenos.

 

Y si algún día, en Navolato o en Santiago Minas, vuelve a presentarse un pleito semejante, ojalá aparezca otro don Belem que sepa distinguir entre lo mío, lo tuyo y lo que simplemente está donde no debería.

Pero, por favor, que primero consulte el Código Civil.

Y que después, si todavía hace falta, levante el dedo.

Porque hay jueces que hacen justicia a punta de leyes, otros a punta de sentencias y unos cuantos, verdaderamente memorables, que consiguieron hacer pensar a todo un pueblo a punta de dedo.

 

_Arturo Vásquez Urdiales Apunte diario sobre letras hipnóticas_

 

*Nota del autor*: _Este cuento constituye una recreación literaria y picaresca de una anécdota atribuida a don Belem Torres Ojeda y recogida por Héctor Torres Beltrán_.

 

_Los diálogos ampliados, las descripciones y los chascarrillos son recursos narrativos, no transcripciones de un expediente judicial._

 

_Su interpretación jurídica es ilustrativa y no pretende establecer una regla general de propiedad ni atribuir al juez fundamentos legales que no han sido documentalmente comprobados._