Apunta Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

Serie: «La verdadera historia de México»

Segunda columna:

 

«Relámpagos y escapularios – La guerra en llamas»

 

Cuando las campanas enmudecieron en julio de 1926, el silencio no fue paz. Fue el preludio de una tormenta. En los cañones de Jalisco, los pliegues de Michoacán y los llanos de Guanajuato, el grito ¡Viva Cristo Rey! se convirtió en disparo. México, ese país de volcanes y vírgenes, se partió en dos: los que querían matar a Dios en las leyes y los que estaban dispuestos a morar en el infierno para defenderlo.

 

La guerra de los pobres

 

El ejército cristero, al principio, fue una quimera. No tenía cuartel general, ni fusiles suficientes, ni disciplina. Eran rancheros, arrieros, tequileros y algunos sacerdotes descolgados del altar con una carabina al hombro. Pero tenían algo que el ejército federal había perdido en los burdeles y las cantinas: convicción. Creyeron, con una fe literal, que la Virgen de Guadalupe cabalgaba junto a ellos. Esa fe los volvió invencibles durante muchos meses.

 

El gobierno de Plutarco Elías Calles los llamó “bandoleros” y “fanáticos”. Pero la realidad era tozuda: para junio de 1927, los cristeros controlaban vastas regiones en el Bajío y el occidente. El gobierno federal, acostumbrado a reprimir huelgas obreras y rebeliones zapatistas residuales, no supo cómo hacer frente a una guerrilla que no peleaba por tierras ni por caudillos, sino por el derecho a arrodillarse ante un sagrario.

 

El general ateo que comandaba a los creyentes

 

Aquí aparece uno de los personajes más fascinantes y contradictorios de la historia mexicana: Enrique Gorostieta Velarde. Era un militar profesional, formado en el Colegio Militar, que había combatido en la Revolución del lado de la Convención villista. Pero Gorostieta no era católico. Era, como él mismo confesó en sus cartas, un escéptico, masón e incluso burlón de la religiosidad popular. Sin embargo, en 1927, la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa (LNDLR) lo contrató pagándole un sueldo de 1,500 pesos mensuales para organizar el caos.

 

Y vaya que lo organizó. Gorostieta transformó a aquellos campesinos en una fuerza militar seria. Introdujo códigos de conducta, jerarquías, tácticas de guerrilla de desgaste y, sobre todo, disciplina. Él no gritaba “¡Viva Cristo Rey!” —le parecía cursi— pero entendía que esa consigna era más poderosa que cualquier fusil. En una carta a su esposa, escribió: «No creo en Dios, pero estos hombres sí. Y por eso van a ganar». Su tragedia fue que la muerte lo alcanzó cuando la paz estaba por llegar: el 2 de junio de 1929, su columna fue emboscada en Hacienda de Atotonilco, Jalisco. Murió acribillado. Lo enterraron con honores de general. Sus hombres lloraron. Los curas lo bendijeron. El ateo se fue al cielo de los mártires sin pedir permiso.

 

Las batallas que tiñeron el altiplano

 

La guerra cristera fue más cruenta de lo que los libros de texto oficiales han contado. No fue una simple rebelión clerical; fue una guerra civil en toda regla. Las bajas se cuentan por decenas de miles: unos 90 mil federales muertos, cerca de 60 mil cristeros y más de 100 mil civiles atrapados en medio.

 

Uno de los combates más emblemáticos ocurrió el 25 de abril de 1927 en San Julián, Jalisco. El legendario Victoriano Ramírez “El Catorce” —un campesino de fuerza brutal que, según la leyenda, podía doblar una herradura con las manos desnudas— dirigió a sus hombres contra el 78 Regimiento de Caballería. Los federales huyeron despavoridos, dejando armas y municiones. El Catorce se volvió un mito viviente. Pero los mitos también sangran: en 1929, ya casi al final de la guerra, fue ejecutado por órdenes de los mismos líderes de la Liga, en una purga interna que demostró que hasta los santos tienen sombra.

 

Otro momento de gloria cristera fue la toma de Manzanillo, Colima, el 4 de junio de 1928. Más de 800 cristeros al mando de Jesús Degollado Guízar —un abogado católico convertido en general— tomaron la ciudad portuaria por asalto, izaron el estandarte de Cristo Rey y la mantuvieron durante cuatro horas. Las crónicas cuentan que la primera orden de Degollado fue: “Que no se toque a ninguna mujer ni se robe un solo centavo”. Y así se hizo. No todos los cristeros fueron ángeles, pero su código de honor era más severo que el del ejército federal.

 

Las repúblicas cristeras: un gobierno de rodillas

 

Donde los cristeros expulsaron al ejército federal, nacieron pequeñas repúblicas autónomas. En regiones de Jalisco, Guanajuato, Colima y Zacatecas, el gobierno cristero estableció tribunales, escuelas y recaudación de impuestos. Pero con una diferencia notable: no suspendieron las clases. Al contrario. Los cristeros consideraban la educación como un pilar fundamental del engrandecimiento de la patria. La polémica era el contenido: educación católica, no laica. Un volante de julio de 1926 rezaba: “Se suplica a los padres de familia católicos que se abstengan de enviar a sus hijos a las escuelas laicas”.

 

La justicia cristera era expeditiva. No había cárceles —todos los hombres eran necesarios en el frente—, así que conmutaban las penas por azotes públicos. El homicidio era castigado con fusilamiento. Y un delito curioso: el rumor. Aquel que hablara sin conocimiento de causa o difamara a algún sacerdote, era expulsado de la región o azotado. En esas repúblicas, la palabra tenía peso de ley.

 

Las mujeres: las santas de la sombra

 

Sin ellas, la Cristiada habría muerto en semanas. Juan Rulfo, ese genio que supo escuchar la tierra, lo dijo claro: “Sin la mujer no se entiende la Cristiada”. Ellas fueron las primeras en montar guardia en las iglesias clausuradas en agosto de 1926. Y cuando los hombres dudaron, ellas los empujaron a la guerra. Se organizaron en las Brigadas femeninas de Santa Juana de Arco. Eran espías, correos clandestinos, enfermeras y proveedoras de alimentos. Escondían cartuchos bajo las faldas, víveres en los corpiños y mensajes cifrados en los escapularios. Una de ellas, doña Belen Carrasco, fue fusilada en 1927 por negarse a revelar la ubicación de una guerrilla. Murió gritando: “¡Viva Cristo Rey!”.

 

Mientras tanto, el gobierno federal se desangraba. El asesinato del presidente electo Álvaro Obregón el 17 de julio de 1928 —a manos del católico José de León Toral— sumió al país en una crisis sucesoria. Calles, el Jefe Máximo, se quedó sin su heredero político. La guerra religiosa ya no era solo un problema de sotanas; era una hemorragia nacional.

 

El fin se acerca… pero no sin sangre

 

La guerra no podía durar para siempre. Estados Unidos, con su embajador Dwight Morrow, comenzó a tejer la paz entre 1928 y 1929. Pero antes de que los arreglos se firmaran, los cristeros dieron su última y más desesperada batalla: la toma de Guadalajara —fallida— y la campaña del Ébano. Pero eso, querido lector, es otra historia. La historia del fin de los fusiles y el regreso de las campanas. La historia de un pacto a medias que dejó heridas abiertas para décadas.

 

México no ha vuelto a ser el mismo. Esa guerra nos enseñó que la fe no se mata a balazos, pero que el fanatismo tampoco se cura con misas. Y mientras los muertos descansan en fosas anónimas, el eco de aquel grito aún resuena en los pueblos: ¡Viva Cristo Rey! … aunque nadie quiera escucharlo.

 

Continuará…

 

Próxima columna: «El silencio de los arreglos – Morrow, los desayunos y la paz truncada»