Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

Los desterrados hijos de Eva

Del libro:

Cuento I: El himno de las bocas cerradas

Capítulo I. La cuerda y el agua

A Jeremías se le ocurrió escapar porque aquella mañana su hija cumplía seis años y él ya no recordaba su cara.

Recordaba un dedo pequeño metido en su oreja, la risa de la madre, una cicatriz debajo del ombligo. La cara se le había deshecho durante los meses de trabajo, igual que el jabón malo entre las manos. Tenía miedo de que, cuando volviera a encontrarla, necesitara preguntarle quién era.

Por eso escapó.

Lo encontraron antes del anochecer. Había llegado hasta un cañaveral y estaba comiendo tierra para engañar al estómago. El capataz lo hizo ponerse de pie. Jeremías obedeció con una mansedumbre que después le daría vergüenza recordar.

—¿Adónde ibas?

No respondió.

—¿Adónde puede ir una cosa que me pertenece?

El capataz hablaba sin levantar la voz. Detrás de él, los perros jadeaban con las bocas llenas de saliva rosada.

Moses supo que estaban perdidos cuando vio sacar las cadenas largas.

Hasta entonces había pensado que venderían a Jeremías. O que lo azotarían delante de todos. Había visto hombres perder un ojo, una mano, la facultad de hablar. Había aprendido a calcular el castigo por el tamaño del silencio que lo precedía.

Aquella vez nadie discutió el precio de nadie.

Les pusieron collares de hierro y pasaron una cuerda por los eslabones. Eran nueve. Moses quedó cuarto; Jeremías, delante de él. Había dos mujeres. Una llevaba leche en los pechos, aunque su criatura había sido vendida tres semanas antes. La otra era tan vieja que ya no tenía una edad: tenía achaques.

Del Mississippi los habían vendido hacia el sur, de comprador en comprador, hasta acabar en una finca de Florida. Durante el traslado, uno de los guardias dijo que iban a otra plantación.

Moses había creído en esa mentira porque todavía tenía fuerzas para trabajar.

Ahora los llevaron hacia el agua.

El dueño iba montado en una mula. Usaba un sombrero claro y se limpiaba las uñas con una navaja. Era un hombre cuidadoso. Había dispuesto que llevaran una cesta de comida y que nadie olvidara la sal.

Al llegar a los pantanos, mandó detenerse.

—Aquí aprenderán los otros.

Moses miró alrededor buscando a los otros.

No había nadie.

Entonces comprendió que los otros eran quienes se habían quedado en la finca. Les contarían lo ocurrido. Quizá les mostrarían los collares.

Jeremías empezó a temblar.

—Yo fui —dijo—. Los demás no hicieron nada.

El dueño lo observó con una curiosidad breve, como si una herramienta hubiera empezado a formular objeciones.

—Precisamente.

La mujer de los pechos llenos se llamaba Ruth. Apretaba el vestido contra el cuerpo porque le dolía caminar. Moses la había oído llorar de noche, tapándose la boca con un saco. Nunca por hambre. Por el llanto de un niño que ya no estaba allí.

—Pastor —le dijo—, diga algo.

Moses no era pastor por nombramiento de nadie. Sabía leer unas páginas de una Biblia rota y había aprendido a escuchar sin apresurarse a ofrecer consuelo. Cuando un hombre moría, él buscaba palabras. Cuando nacía un niño, también.

Esa era toda su iglesia.

Vio una cabeza inmóvil entre las hierbas.

Después otra.

El agua parecía demasiado quieta.

Uno de los guardias cortó la cuerda que los sujetaba al carro y la amarró a un tronco caído. Otro les golpeó las piernas para obligarlos a descender por la orilla.

La anciana cayó primero.

No gritó al caer. Gritó cuando intentó levantarse y el collar le cerró la garganta.

Moses sostuvo la cuerda para darle holgura. Jeremías se arrodilló junto a ella. El guardia descargó la culata sobre su espalda.

—Dejen que camine.

El dueño ya estaba comiendo.

Ruth miró el agua.

—Yo no sé nadar.

Nadie le contestó.

Moses tampoco sabía. Había vivido cerca de ríos inmensos sin que ninguno le perteneciera. Podía lavar una camisa, cargar sacos, enterrar a un amigo. Nunca había tenido una tarde libre para aprender a mantenerse a flote.

Empezó a cantar.

Su voz salió pequeña. La garganta estaba reseca y el hierro le rozaba una llaga debajo de la mandíbula.

Padre de Israel, mira mi casa. Dios de Abraham, recibe mi pan. Dios de David, guarda a mis hijos. Si falta mi voz, ellos cantarán.

Era un himno que él había compuesto. No hablaba de coronas ni de victorias. Hablaba de una casa, de comida y de hijos. Cosas difíciles.

Jeremías lo miró con rabia.

—No cante.

Moses continuó.

—¡No cante! ¡Nos van a comer!

El dueño levantó los ojos de la cesta.

—Ese sabe.

Jeremías tiró de la cuerda. El movimiento arrastró a Ruth y a la anciana. Un muchacho de diecisiete años comenzó a suplicar que lo devolvieran al trabajo. Prometió cargar el doble, dormir menos, no mirar a ninguna mujer.

Hizo ofertas precisas.

Eso fue lo peor.

Creía que todavía estaban negociando.

El primer animal se movió sin prisa. Moses vio desaparecer su cabeza y luego una línea oscura avanzando hacia ellos.

El muchacho empezó a llorar como un niño mucho menor.

—Mamá.

La palabra no encontró a nadie.

El agua estalló junto a la anciana. Moses sintió el tirón en el cuello antes de comprender qué ocurría. Cayó de rodillas. Jeremías se arrojó encima de ella, golpeando con los puños algo que no podía ver.

Los guardias retrocedieron.

Uno se rio.

Moses siguió cantando porque, si dejaba de hacerlo, tendría que escuchar solamente aquello.

Ruth le clavó los dedos en un brazo.

—Mi niña se llama Esther.

Él asintió.

—Esther —repitió.

—Si usted sale.

No terminó.

El animal regresó entre sus piernas. Ruth perdió el equilibrio y Moses la sujetó por el vestido. La tela se desgarró. Durante un instante sostuvo únicamente un pedazo de algodón.

Jeremías encontró una rama y empezó a golpear el agua.

Tenía la cara salpicada. Ya no pedía nada.

El dueño se puso de pie para mirar mejor.

Moses cayó cuando la cuerda volvió a tensarse. Tragó agua y lodo. Debajo de la superficie abrió los ojos. Vio piernas, hierbas, una claridad amarilla. El collar le impedía levantar la cabeza.

Pensó que la muerte consistiría en eso: tener aire encima y no alcanzarlo.

Entonces una mano lo agarró del cabello.

Jeremías había conseguido apoyarse en el tronco. Le levantó la cara lo suficiente para que respirara.

—La niña —dijo Moses.

—¿Qué niña?

—Esther.

Jeremías hizo un esfuerzo que le deformó la boca.

Moses vio, muy cerca, las marcas antiguas del látigo en su pecho. Nunca había reparado en cuántas eran.

La cuerda se rompió.

Quizá estaba podrida. Quizá el hierro había cortado sus fibras. Después Moses no podría explicar por qué una cosa tan pequeña resistió hasta entonces y cedió precisamente en aquel momento.

Cayó entre las raíces.

Jeremías quedó al otro lado.

Moses oyó el golpe, el grito, el agua removida. Luego no volvió a verlo.

Se mantuvo debajo del tronco mientras los hombres esperaban en la orilla. Tenía la boca pegada a una cavidad entre las raíces. Respiraba barro, insectos, madera podrida.

Al anochecer se marcharon.

Moses salió arrastrándose.

Pasó semanas escondido. Una mujer libre le limpió las heridas. Otra le enseñó el camino hacia gente que ayudaba a fugitivos.

Años después encontró a Esther.

No pudo devolverle a su madre.

Le enseñó su nombre, le consiguió zapatos y le contó que Ruth había pensado en ella hasta el final.

La niña lloró.

Después comieron.

Capítulo II. El cuarto sin ventanas

Cuando Samuel Adler era pequeño, su madre lo encontraba sentado debajo de la mesa, agarrándose el cuello.

—Otra vez el sueño —decía.

Él asentía.

No soñaba con monstruos. Soñaba con una cuerda mojada y una mujer que le pedía recordar un nombre.

Esther.

En su familia no había ninguna Esther.

Su padre vendía telas y desconfiaba de las explicaciones que no pudieran examinarse a la luz del día. Decía que los niños escuchaban conversaciones, mezclaban palabras y después llamaban sueños a sus confusiones.

Samuel aprendió a callarse.

También aprendió música.

Tenía una voz agradable, insuficiente para vivir de ella. Cantaba mientras cerraba el negocio, mientras lavaba platos, mientras su esposa le cortaba el cabello. La canción preferida era una melodía que no había aprendido de nadie.

Su mujer se llamaba Lea.

—Eso parece una oración —le dijo una noche.

—Quizá lo sea.

—¿De quién?

Samuel no supo responder.

En 1944 viajaron hacia Auschwitz apretados en un vagón. Habían dejado de saber cuánto duraba un día. El olor de los cuerpos hacía difícil distinguir el hambre de las náuseas.

Lea llevaba a Daniel contra el pecho.

El niño tenía ocho años y había perdido un zapato.

Samuel le había envuelto el pie en una camisa. Cada vez que alguien se movía, lo levantaba para impedir que lo pisaran.

Durante el segundo día murió un anciano junto a la puerta.

No pudieron acostarlo.

Permaneció de pie entre los demás hasta que el tren llegó.

A Samuel le avergonzaba recordar que había deseado apartarse de aquel cuerpo. Después quiso avergonzarse menos: tenía miedo, sed y un hijo encima de los brazos.

En la rampa los obligaron a separarse.

Lea quiso entregarle una bolsa con pan.

Un hombre uniformado la golpeó en la muñeca. El pan cayó. Daniel se agachó para recogerlo y Samuel gritó su nombre con tanta fuerza que varias personas se volvieron.

Fue lo último que hizo por él.

Los enviaron en direcciones distintas.

Samuel conservó durante meses una imagen absurda: el pie de su hijo envuelto en la camisa. No su cara. No su voz. El pie.

Trabajó, enfermó y volvió a trabajar.

Aprendió a quitarle a la sopa cada migaja que quedaba pegada al fondo. Aprendió a reconocer el humor de un guardia por su manera de sostener los guantes. Aprendió que un compañero podía robarle el pan y, esa misma noche, cubrirle los hombros.

Nadie cabía por entero en una sola palabra.

Había un hombre llamado Emil que afirmaba haber sido profesor.

Samuel no le preguntó de qué.

Las conversaciones largas exigían fuerzas.

Una tarde Emil lo oyó cantar.

Samuel removía agua en un recipiente donde habían lavado ropa. Tenía los dedos abiertos por el frío y estaba tratando de desprender una costra de jabón.

—Conozco eso —dijo Emil.

Samuel levantó la cabeza.

—¿De dónde?

Emil se quedó pensando.

—No sé.

Tarareó dos notas.

Eran las correctas.

Samuel sintió una presión en el cuello. El recipiente se le cayó y el agua le empapó los pantalones.

Por un instante vio un pantano.

No lo imaginó. Lo vio con la precisión con que veía las literas, las cabezas rapadas y el suelo sucio.

Un hombre golpeaba el agua con una rama.

Después regresó el frío.

Emil lo sujetó por los hombros.

—Aquí —le dijo—. Está usted aquí.

Samuel respiró despacio.

Aquella noche habló de Esther.

Emil escuchó sin burlarse.

Tenía los ojos hundidos y una manera fatigada de mantener la cabeza erguida.

—Yo sueño con una niña —admitió—. Quiero llegar a ella. Nunca llego.

No buscaron una explicación.

En el barracón, un hombre tosía sin descanso. Otro se rascaba hasta sangrar. Alguien pedía que apagaran una luz que no estaba encendida.

Samuel compartió una cáscara de patata con Emil.

La partieron en dos.

Al día siguiente supieron que habría selección.

Samuel procuró ponerse derecho. Se pellizcó las mejillas para darles color. Emil hizo lo mismo, aunque le temblaban tanto las piernas que necesitó apoyarse en él antes de salir.

Los separaron otra vez.

Samuel quiso seguirlo.

Una mano lo empujó hacia delante.

En el grupo había mujeres, ancianos, un hombre que no dejaba de disculparse y una niña que llevaba una manga demasiado larga. La arrastraba como una muñeca.

Les hablaron de duchas.

Samuel había escuchado rumores. También había visto desaparecer a demasiadas personas. Sin embargo, cuando le ordenaron desvestirse, dobló la ropa.

Puso los pantalones encima de la camisa.

Introdujo los calcetines en los zapatos.

La obediencia continuaba funcionando aun después de perder toda razón.

La niña de la manga larga le preguntó si el agua estaría caliente.

Samuel miró a la mujer que la acompañaba.

Ella negó apenas con la cabeza. No quería que contestara.

Entonces él dijo:

—Vamos a estar juntos.

Era lo único que podía prometer.

Entraron.

El cuarto se llenó deprisa. Los cuerpos desnudos intentaban concederse pequeños espacios que no existían. Samuel mantuvo los brazos junto al pecho para no rozar a una mujer. Un hombre lo insultó porque le estaba pisando el pie.

Se apartó como pudo.

La puerta se cerró.

Hubo un silencio breve, casi administrativo.

Después comenzaron los golpes.

Alguien había entendido.

Alguien todavía preguntaba.

La niña se abrazó a la pierna de Samuel. Su madre intentó recuperarla, pero una oleada de cuerpos las separó. Samuel la levantó para que pudieran verse.

—Aquí está —dijo.

La mujer consiguió acercarse.

Tenía una marca roja en el hombro.

Samuel empezó a cantar.

No pretendía consolar a todo el cuarto. Apenas quería que la niña oyera una voz cercana, algo que no fuera el ruido de uñas contra la puerta.

Padre de Israel, mira mi casa. Dios de Abraham, recibe mi pan.

Se interrumpió para toser.

La mujer reconoció el ritmo y lo siguió sin palabras.

Samuel miró hacia arriba buscando aire. Encontró un techo.

En el Mississippi había tenido el cielo a unos centímetros de la cara.

Aquí no había cielo.

Recordó a Ruth.

Recordó la cuerda rompiéndose.

Recordó a Esther comiendo junto a una ventana, muchos años después del pantano. Tenía harina en la mejilla y se reía porque él había quemado el pan.

La niña volvió a agarrarse a su cuello.

Samuel sostuvo su espalda.

No supo cuánto tiempo pasó.

Su cuerpo quiso huir de aquel cuerpo, trepar, empujar, tomar el aire que otro necesitaba. Se avergonzó de nuevo. Después dejó de avergonzarse y empleó lo que le quedaba en mantener a la niña contra él.

La canción se terminó dentro de su boca.

Mucho tiempo después, una mujer llamada Esther Adler encontraría una hoja entre los documentos que habían salido de Europa antes de la guerra.

Era hermana de Samuel.

Había logrado llegar a América.

En la hoja estaba escrita aquella melodía, con cuatro versos y manchas de café. La cantó para sus hijos, aunque se le quebraba la voz al pronunciar la palabra casa.

Uno de ellos pidió repetirla.

Esther volvió al principio.

Capítulo III. El hombre que podía comprar el agua

En 1981, Matthias von Auer no tenía motivos visibles para ser desgraciado.

Había nacido en una familia austríaca que había conservado el apellido, las casas y una parte considerable de su fortuna. Trabajaba en Suiza. Conocía el precio del trigo antes de conocer el nombre de quienes lo sembraban.

Poseía una sonrisa conveniente.

Su ropa caía sobre el cuerpo con una exactitud que otras personas confundían con virtud. En las reuniones hablaba poco y conseguía que el silencio pareciera inteligencia.

Tenía treinta y siete años.

Detestaba las piscinas.

Su esposa, Clara, había intentado enseñarle a nadar durante unas vacaciones. Matthias entró hasta la cintura y permaneció allí, rígido, con las manos abiertas.

Cuando ella se acercó, la empujó.

No con violencia suficiente para herirla.

Sí con suficiente para humillarla.

Después pidió perdón.

No explicó que debajo del agua había visto piernas encadenadas.

Empezó a trabajar más.

El trabajo tenía la ventaja de premiar ciertos síntomas. La obsesión recibía el nombre de disciplina. El insomnio se volvía disponibilidad. La incapacidad para sentir podía pasar por prudencia.

Matthias prosperó.

También empezó a soñar con un niño que llevaba una camisa alrededor del pie.

Despertaba contando respiraciones.

Clara le recomendó consultar a alguien. Él fue dos veces y dejó de ir cuando tuvo que hablar de su padre.

Su padre había muerto hacía poco.

La herencia contenía propiedades, participaciones industriales, una colección de relojes y archivos que nadie había revisado en años.

Matthias encargó ordenar los papeles.

Esperaba descubrir irregularidades fiscales.

Encontró nombres.

Listas de trabajadores trasladados durante la guerra. Correspondencia entre empresas. Solicitudes de mano de obra. Facturas donde ciertas personas figuraban como cantidades diarias.

Había números junto a cada nombre.

En algunos documentos ni siquiera había nombres.

Llevó las carpetas a un abogado de la familia.

El hombre las examinó y se quitó las gafas.

—Hay que considerar el contexto.

Matthias esperaba una frase así. Le resultó insoportable haberla esperado.

—¿Cuál?

—La época. Las presiones. Su padre era joven.

Su padre tenía entonces la edad que él tenía ahora.

Matthias tomó una hoja.

Reconoció una firma que había visto en felicitaciones navideñas, permisos escolares y cartas donde le recomendaban comportarse con dignidad.

Era la misma mano.

Aquella noche no abrió las ventanas de su dormitorio.

Le pareció que el aire podía agotarse.

Clara lo encontró sentado en el suelo.

—Necesito contarte algo —dijo.

Hablaron hasta el amanecer.

Ella no lo absolvió. Tampoco lo acusó de haber firmado unos papeles anteriores a su nacimiento.

Le hizo una pregunta mucho más difícil.

—¿Qué vas a hacer con lo que tienes?

Durante varias semanas Matthias buscó una respuesta que no alterara demasiado su vida.

Una donación.

Una fundación.

Una placa en un edificio.

Cada posibilidad incluía conservar el capital y mejorar su reputación. Descubrió que incluso su remordimiento sabía hacer negocios.

Luego encontró el nombre de Samuel Adler.

No estaba en un documento de su padre, sino en una investigación que había encargado sobre las personas despojadas por operaciones relacionadas con el grupo familiar.

Adler.

Leyó el nombre en voz alta.

El despacho desapareció.

Tuvo otra vez a la niña entre los brazos.

Sintió el peso real, el calor, la presión de sus dedos. Olió el cuarto cerrado. Intentó aspirar y no pudo.

Su secretario llamó a un médico.

Cuando recobró el dominio del cuerpo, Matthias tenía una marca en la palma: se había clavado la punta de una pluma.

Pidió localizar a los familiares.

Encontraron a Esther en América.

No quiso recibirlo.

Matthias escribió una carta. La rompió. Escribió otra donde hablaba menos de sí mismo. Adjuntó copias de los documentos pertinentes y ofreció pagar asesoría independiente.

Esta vez obtuvo respuesta.

Tres líneas.

Esther aceptaba examinar los papeles.

No aceptaba gratitud anticipada.

La conoció meses después, en una casa modesta donde una silla tenía una pata reparada.

Ella era anciana.

Le ofreció café porque acostumbraba ofrecer café a las visitas.

Matthias estuvo a punto de interpretar aquel gesto como perdón. Consiguió detenerse.

Sobre un aparador había fotografías.

Buscó a Samuel.

Lo encontró junto a una mujer y un niño.

El pie estaba cubierto por un zapato normal.

Matthias se echó a llorar.

Esther esperó.

Cuando él intentó hablar de sus sueños, lo interrumpió.

—Primero los documentos.

Revisaron las carpetas.

Ella hizo preguntas concretas. Qué bienes podían identificarse. Quién los administraba. Qué otras familias estaban afectadas. Cuánto tardaría un procedimiento.

Matthias contestó lo que sabía.

Anotó lo que ignoraba.

Era la primera conversación importante de su vida en la que no podía comprar una impresión favorable.

Al terminar, Esther se levantó para preparar comida.

Él la siguió hasta la cocina.

Había masa sobre la mesa.

La mujer empezó a tararear.

Matthias apoyó una mano en el marco de la puerta.

Padre de Israel, mira mi casa.

Ella se volvió.

Él continuó el verso.

Dios de Abraham, recibe mi pan.

Esther dejó caer el paño que sostenía.

—¿Quién le enseñó eso?

Matthias no encontró una respuesta que pudiera ofrecer sin hacerle daño.

—No lo sé.

La anciana lo observó largo rato.

Luego se sentó.

Él habló del pantano, de Ruth, de una niña encontrada años después. Habló de Samuel, de Lea y de Daniel. No pidió que le creyera.

Esther escuchó con las manos encima de las rodillas.

Cuando terminó, ella dijo:

—Mi hermano escribía esa canción.

Se quedaron en silencio.

Desde la calle llegaba el ruido de un vendedor.

Esther volvió a levantarse.

—El pan se va a quemar.

Trabajaron juntos en la cocina. Matthias amasó mal. Ella le corrigió la posición de los dedos. La harina se pegaba a sus puños y al reloj.

Antes de marcharse, él quiso preguntar si volverían a verse.

Esther abrió la puerta.

—Todavía tiene mucho que resolver.

Lo resolvió sin la limpieza que había imaginado.

Hubo demandas, familiares furiosos, socios que dejaron de saludarlo. Perdió negocios y descubrió cuánto cariño dependía de ellos. Algunos bienes se restituyeron; otros no pudieron recuperarse. Hubo personas que rechazaron el dinero. Hubo quienes lo necesitaron inmediatamente.

Matthias aprendió a no exigirles una reacción.

Años después volvió a entrar en una piscina.

Clara estaba junto a él.

Consiguió flotar unos segundos.

Salió llorando y riéndose, avergonzado por la facilidad con que otros cuerpos hacían aquello.

Esa noche invitó a comer a su hija.

Ella llevó a su niño, que se durmió antes del postre.

Matthias lo sostuvo mientras Clara recogía los platos.

El pequeño le metió un dedo en la oreja.

Matthias permaneció inmóvil.

Después empezó a cantar