Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

El yo, el presente, el recuerdo, la siembra y la cosecha

La filosofía de lo cotidiano

 

  1. El yo no es una estatua

 

El yo no es una estatua terminada.

 

Es una obra en construcción.

 

Cada mañana, al despertar, uno cree que sigue siendo el mismo hombre que se acostó la noche anterior; pero no es cierto del todo. Algo se movió en la noche. Algo cambió en el alma. Algo envejeció. Algo aprendió. Algo murió. Algo nació.

 

El yo es una casa donde viven muchos tiempos.

 

Vive el niño que fuimos.

 

Vive el joven que quiso conquistar el mundo.

 

Vive el hombre herido.

 

Vive el hombre que perdonó.

 

Vive el hombre que todavía pregunta.

 

Y vive también ese otro que aún no llega, el que seremos mañana si hoy sembramos con dignidad.

 

Por eso, el presente no es poca cosa.

 

El presente es el taller donde se fabrica el destino.

 

 

  1. El presente: esa moneda sagrada

 

La vida no se nos entrega en siglos.

 

Se nos entrega en instantes.

 

Un café al amanecer.

 

Una palabra amable.

 

Una firma puesta con conciencia.

 

Un hijo que llama.

 

Una puerta que se abre.

 

Una mano que ayuda.

 

Una página que se escribe.

 

Eso es la existencia verdadera: no la gran ceremonia del futuro, sino la pequeña liturgia de todos los días.

 

El hombre se equivoca cuando desprecia lo cotidiano creyendo que la grandeza vive solamente en los acontecimientos extraordinarios. No. La grandeza suele venir vestida de rutina.

 

En el escritorio.

 

En la mesa.

 

En el camino al trabajo.

 

En la llamada que contestamos.

 

En la paciencia que no perdimos.

 

En la injusticia que no cometimos.

 

En la tentación que vencimos.

 

Ahí, en lo sencillo, se decide la eternidad moral de un hombre.

 

 

III. El recuerdo: sombra que también ilumina

 

Recordar no es volver atrás.

 

Recordar es encender una lámpara dentro de la memoria.

 

Hay recuerdos que duelen porque todavía tienen espinas. Hay recuerdos que salvan porque nos devuelven la raíz. Hay recuerdos que enseñan porque fueron cicatriz antes de ser sabiduría.

 

Uno no debe vivir prisionero del recuerdo.

 

Pero tampoco debe vivir sin memoria.

 

El hombre sin memoria es hoja suelta.

 

El hombre con memoria, en cambio, puede ser árbol.

 

Sabe de dónde viene.

 

Sabe cuánto costó llegar.

 

Sabe qué heridas no deben repetirse.

 

Sabe qué manos lo ayudaron.

 

Sabe qué ausencias lo formaron.

 

Y sabe, sobre todo, que la gratitud es una manera superior de recordar.

 

Porque el recuerdo sin gratitud se vuelve peso.

 

Pero el recuerdo con gratitud se vuelve semilla.

 

 

 

  1. La siembra invisible

 

Todos sembramos.

 

Aun cuando no lo sabemos.

 

Sembramos con la voz.

 

Sembramos con el silencio.

 

Sembramos con la justicia.

 

Sembramos con la omisión.

 

Sembramos con la ternura.

 

Sembramos con la soberbia.

 

Sembramos con lo que damos y también con lo que negamos.

 

Cada acto humano cae en alguna tierra.

 

A veces cae en tierra fértil.

 

A veces en piedra.

 

A veces tarda años en germinar.

 

Pero nada se pierde del todo.

 

La palabra cruel puede seguir hiriendo décadas después.

 

La palabra noble puede sostener a alguien cuando ya ni siquiera recordamos haberla dicho.

 

Por eso la filosofía de lo cotidiano exige atención.

 

Porque vivir es sembrar a cada paso.

 

Y nadie puede fingir inocencia ante la cosecha de sus propios actos.

 

 

  1. La cosecha

 

La cosecha no siempre llega con ruido.

 

A veces llega como paz.

 

A veces como soledad.

 

A veces como salud del alma.

 

A veces como remordimiento.

 

A veces como una mesa rodeada de afectos.

 

A veces como una casa llena de cosas, pero vacía de sentido.

 

Cada quien cosecha, tarde o temprano, la arquitectura moral de sus días.

 

El que sembró bondad, aunque haya sufrido, no fracasa.

 

El que sembró abuso, aunque haya triunfado, no vence.

 

El que sembró belleza deja una luz.

 

El que sembró miedo deja una sombra.

 

Y aquí está la gran lección: la cosecha verdadera no siempre la ve quien sembró. Muchas veces otros comen el pan de nuestro esfuerzo. Otros descansan bajo el árbol que plantamos. Otros leen la frase que escribimos en una hora de soledad.

 

Eso no debe entristecernos.

 

Al contrario.

 

Sembrar sin exigir aplauso es una de las formas más altas de la nobleza.

 

 

  1. Filosofía de lo cotidiano

 

La filosofía no vive sólo en los grandes libros.

 

También vive en lavar un vaso.

 

En tender una cama.

 

En llegar puntual.

 

En hablar con respeto.

 

En cuidar el cuerpo.

 

En mirar el cielo.

 

En escuchar a quien sufre.

 

En no vender el alma por comodidad.

 

La filosofía de lo cotidiano consiste en comprender que todo acto pequeño tiene una respiración profunda.

 

El pan no es sólo pan.

 

Es trabajo, trigo, fuego, mesa, hambre, comunión.

 

La firma no es sólo tinta.

 

Es voluntad, ley, confianza, responsabilidad, destino.

 

La casa no es sólo muro.

 

Es refugio, historia, sombra, familia, despedida.

 

El cuerpo no es sólo cuerpo.

 

Es templo prestado, nave breve, instrumento de conciencia.

 

Y la palabra no es sólo palabra.

 

Es semilla o cuchillo.

 

Es puente o abismo.

 

Es bendición o condena.

 

 

VII. El yo ante el tiempo

 

Entonces, ¿qué soy?

 

Soy lo que recuerdo.

 

Soy lo que hago.

 

Soy lo que callo.

 

Soy lo que perdono.

 

Soy lo que todavía puedo corregir.

 

Soy mi infancia y mi porvenir.

 

Soy mi sangre y mi decisión.

 

Soy la suma de mis caídas, pero también la posibilidad de levantarme.

 

El yo no está cerrado.

 

Mientras hay vida, hay edición.

 

Mientras hay conciencia, hay enmienda.

 

Mientras hay presente, hay milagro.

 

Por eso no basta decir: “así soy”.

 

Esa frase, muchas veces, es una cárcel.

 

Más justo sería decir:

 

“Así he sido, pero todavía puedo ser mejor.”

 

 

VIII. Letras Hipnóticas ante la siembra

 

Letras Hipnóticas cree en la palabra como surco.

 

Cada apunte es una semilla.

 

Cada lectura, una lluvia.

 

Cada lector, una tierra distinta.

 

No sabemos qué frase quedará.

 

No sabemos qué párrafo cruzará el tiempo.

 

No sabemos qué línea encontrará a alguien en su hora más oscura y le dirá, en silencio: resiste.

 

Pero escribimos.

 

Porque escribir también es sembrar contra el olvido.

 

Porque la página es una pequeña parcela del alma.

 

Porque el pensamiento, cuando nace con honestidad, no pertenece solamente a quien lo escribe: pertenece también al futuro que lo necesite.

 

 

  1. La última cosecha

 

Algún día, cuando el cuerpo se canse y el calendario cierre su puerta, no nos preguntarán cuántas cosas tuvimos.

 

Nos preguntará la conciencia qué hicimos con la luz que nos fue prestada.

 

A quién ayudamos.

 

A quién herimos.

 

A quién perdonamos.

 

Qué verdad defendimos.

 

Qué belleza salvamos.

 

Qué semilla dejamos.

 

Y entonces comprenderemos que la vida no fue una carrera para poseer, sino una oportunidad para sembrar.

 

El presente es el único campo.

 

El recuerdo es la sombra del árbol.

 

La cosecha es el juicio del tiempo.

 

Y el yo, ese caminante misterioso, no es dueño del camino, pero sí responsable de sus huellas.

 

Por eso, amable lector, vivamos con más hondura.

 

Miremos lo cotidiano como quien mira un altar.

 

Porque cada día trae escondida una eternidad pequeña.

 

Y cada acto, por mínimo que parezca, puede ser semilla de un mundo que todavía no conoce nuestro nombre.

 

Cápsula abierta.

 

Fecha: hoy.

 

Destino: la conciencia.

 

Dr. Arturo David Vásquez Urdiales

 

Apunte diario sobre Letras Hipnóticas.