Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

A la memoria de Don Alfredo Nahum Vasquez Escamilla

Veinte años después

 

El 19 de junio de 2006, en la ciudad de Oaxaca de Juárez, partió de este mundo el Licenciado Alfredo Nahum Vásquez Escamilla.

 

Han transcurrido veinte años desde aquella tarde en que el tiempo decidió guardar silencio y dejar una silla vacía en la mesa familiar.

 

Veinte años parecen una eternidad cuando se cuentan con el calendario; sin embargo, son apenas un instante cuando se miden con el corazón.

 

Hay hombres cuya ausencia ocupa más espacio que su presencia. Mi padre fue uno de ellos. La memoria lo conserva con la firmeza de quien conocía el valor de la palabra dada, con la severidad de quien entendía que el carácter también es una forma de amor y con la dignidad de quien jamás necesitó levantar la voz para hacerse respetar. Fue abogado brillante, juez honorable, periodista incansable y hombre de convicciones profundas. Ganó juicios, dictó sentencias y escribió artículos que hoy permanecen dispersos en periódicos amarillentos y archivos olvidados; pero ninguna de esas obras fue tan importante como la huella que dejó en quienes tuvimos el privilegio de llamarlo padre, hermano, esposo, amigo o compañero.

 

Cuando un amigo se va, decía la canción, queda un espacio vacío que no puede llenar la llegada de otro amigo. Cuando un padre se va, ocurre algo todavía más profundo: se convierte en una presencia invisible que acompaña cada paso. Hay días en que escucho una frase y reconozco su voz. Hay momentos en que tomo una decisión y descubro que sus enseñanzas siguen guiando mi mano. Hay instantes en que la vida parece demasiado pesada y entonces recuerdo su fortaleza, y la carga se vuelve más ligera.

 

Hoy bendigo su memoria. Bendigo cada batalla que libró en los tribunales. Bendigo las páginas que escribió como periodista. Bendigo las resoluciones que firmó como juez. Bendigo los sacrificios que realizó sin que nadie los viera. Pero sobre todo bendigo el milagro de la vida que nos transmitió, porque gracias a él estoy aquí escribiendo estas líneas. Gracias a él existen también Arturo David y José Ignacio, sus nietos, ramas nuevas de un árbol que sigue creciendo aun cuando el tronco parezca oculto bajo la tierra.

 

Y en este día de recuerdos también bendigo a mi hermano Salvador. Que Dios lo proteja, lo fortalezca y lo acompañe. Que bendiga su hogar.

 

¡Ay, Don Alfredo!

 

Porque las familias no son solamente un conjunto de nombres; son una cadena de memoria que une a los vivos con quienes nos precedieron. Cada generación recibe una antorcha y tiene la obligación de mantenerla encendida para entregarla a quienes vendrán después.

 

Con los años he comprendido algo que entonces ignoraba: los hombres verdaderamente grandes nunca terminan de irse. Permanecen en las costumbres que heredaron, en las palabras que enseñaron, en los valores que sembraron y en los hijos que formaron. Mi padre habita todavía en los afectos de quienes lo conocieron, en las historias que seguimos contando y, de manera muy especial, en estas Letras Hipnóticas que hoy escribo. Porque si alguna obra puedo reclamar como propia, también pertenece en parte a él. Ninguna pluma nace sola. Detrás de cada palabra hay una herencia. Detrás de cada libro hay una voz anterior. Detrás de cada hijo hay un padre.

 

Veinte años después, la nostalgia sigue visitando la casa de la memoria. Pero ya no llega vestida únicamente de tristeza. Llega acompañada de gratitud. Gratitud por haber compartido el camino con un hombre recto. Gratitud por haber recibido su ejemplo. Gratitud por saber que, aunque la muerte tenga la última palabra sobre el cuerpo, jamás podrá tenerla sobre el amor.

 

Que Dios tenga en su gloria al Licenciado Alfredo Nahum Vásquez Escamilla. Que la luz eterna ilumine su camino. Que su recuerdo siga floreciendo en sus hijos, en sus nietos y en todos aquellos que alguna vez tuvieron la fortuna de estrechar su mano.

 

Porque los hombres buenos mueren una sola vez.

 

Pero los hombres memorables vuelven a vivir cada vez que alguien pronuncia su nombre.

 

Que la memoria de don Alfredo Nahum Vásquez Escamilla sea bendición, y que este vigésimo aniversario no sea solamente un recuerdo de ausencia, sino también una celebración de permanencia. Hay vidas que terminan; hay otras que continúan latiendo en las generaciones que ayudaron a formar. La de tu padre, Salvador, pertenece a estas últimas.