Por Arturo David Vásquez Urdiales
“Que venga la Salud”
Domingo de paz, de alma abierta, de luz que acaricia el espíritu.
El sol ya se despide, dorando los tejados, inclinando su cabeza como quien ora en silencio. Las calles huelen a descanso, los pájaros ya no cantan, sólo murmuran entre los árboles. Y en cada hogar hay un suspiro, un vaso de agua, una cama tendida, una plegaria por decir.
Hoy es domingo.
No un día más del calendario, sino un santuario sin paredes.
Un suspiro largo entre el vértigo de los días.
Un regazo de Dios.
Y en este instante sagrado, cuando la semana se va deshojando y el alma encuentra su centro, clamamos por la salud.
Por la salud del cuerpo, sí —ese cuerpo cansado que carga las historias, que a veces tiembla, que a veces se inflama, que a veces no puede con su propio peso.
Pero también por la salud del alma, que a menudo es la más rota y la menos atendida.
Hoy decimos: ¡Que venga la salud!
Como una lluvia suave sobre la frente caliente.
Como un canto tibio en medio de la noche.
Como una medicina sin nombre que sale del corazón de Dios.
Señor de los Días, Arquitecto del Silencio, Dador de la Vida:
Sana lo que duele.
Restaura lo que se quebró.
Sopla tu aliento sobre los que ya no tienen fuerza.
Abre tus manos sobre los hospitales, los cuartos con sábanas grises, las salas de espera, los campos olvidados.
Que venga la salud a quien no puede dormir.
A quien perdió el apetito, la voz, la esperanza.
A los niños con fiebre, a los ancianos sin aliento,
a las madres que oran en silencio, a los hombres que no saben llorar.
Porque el domingo no es sólo el final de la semana.
Es el primer día del alma.
Es el día en que Dios resucita en cada quien.
Que este domingo traiga consuelo, como un bálsamo invisible.
Que entre por las ventanas abiertas y sane lo invisible.
Que cada uno reciba el don que más necesita:
La paz que no da el mundo.
La salud que no venden las farmacias.
La alegría que no viene de las redes, sino del cielo.
Y si al cerrar esta jornada, querido lector,
te queda una sola palabra para llevar al corazón,
que sea ésta:
Gracias.
Porque estar vivo es ya un milagro.
Y si aún duele, es que aún hay algo por sanar.
Y si aún estás aquí, es que Dios no ha terminado contigo.
Que venga la salud. Que brote la paz. Que habite la luz.
Amén.
Arturo








