Por Arturo David Vásquez Urdiales
Semillas de girasol del español en castellano
El vertiginoso trayecto de la eñe
Hay palabras que parecen haber nacido dentro de un consultorio, rodeadas de batas blancas y libros imposibles. Pero algunas, cuando uno las escucha con atención, descubren que siempre estuvieron en casa.
Glabela.
A esa pequeña región del rostro, situada entre las cejas y sobre la raíz de la nariz, nosotros le decimos sencillamente entrecejo. Es la tierra breve donde se encuentran dos arcos, donde la frente comienza a descender y la nariz empieza a levantarse.
La ciencia dice glabela.
La vida cotidiana dice entrecejo.
Una cosa es cómo se llama y otra cómo le decimos.
La palabra glabela viene del latín glabellus, diminutivo de glaber: liso, sin vello. Los antiguos observaron esa superficie despejada entre las cejas y la nombraron por su apariencia. No vieron todavía el enojo, la sorpresa, la concentración ni el pensamiento. Vieron una pequeña zona lisa y le dieron un nombre.
Pero el rostro, que es un libro anterior a todas las bibliotecas, pronto escribió allí sus propias historias.
La glabela se arruga cuando algo nos preocupa. Se levanta cuando algo nos sorprende. Se tensa cuando dudamos. Se ilumina cuando comprendemos. Antes de que la boca pronuncie una palabra, la glabela suele anunciar que algo está ocurriendo dentro.
Es un arco mágico porque debajo de él parece pasar el pensamiento.
Esta mañana, mientras el Duende Urdiales caminaba por el sendero de la eñe acompañado por Ñux, Platero y las borregas Fe, Esperanza y Caridad, encontró una semilla diminuta entre las piedras.
—¿Qué palabra es ésta? —preguntó Platero, inclinando sus largas orejas.
El Duende la tomó entre los dedos, la acercó a la luz y sonrió.
—Glabela —respondió—. El lugar donde la cara piensa antes de hablar.
Ñux, que conoce los secretos de la mirada, no dijo nada. Sólo levantó una ceja. Y en ese pequeño movimiento pareció escribir un tratado completo sobre la sospecha.
La glabela nos recuerda que el cuerpo también conversa. No únicamente con sonidos, sino con inclinaciones, tensiones, sombras y silencios. Hay rostros que preguntan. Rostros que perdonan. Rostros que se defienden. Rostros que han aprendido a ocultar el dolor detrás de una frente serena.
Cada arruga del entrecejo puede ser una línea de historia.
Por eso no deberíamos mirar las marcas del rostro como simples defectos. Algunas son la escritura de las preocupaciones que vencimos. Otras son la memoria de las veces que pensamos demasiado. Hay líneas que nacieron de la risa y otras de haber sostenido el mundo durante demasiado tiempo.
La ciencia las describe.
La vida las recuerda.
Lúnula era una pequeña luna en la uña. Glabela es ahora un arco sobre la nariz. Y así, palabra tras palabra, el cuerpo va revelándose como un diccionario secreto que llevamos puesto desde el nacimiento.
El lenguaje científico no siempre quiere alejarnos. Muchas veces intenta ofrecernos una precisión para que podamos mirar mejor. Pero el lenguaje cotidiano hace algo igualmente importante: vuelve familiar lo que parecía extraño.
Decimos entrecejo porque la palabra nos pertenece.
Decimos glabela porque acabamos de descubrir una habitación nueva dentro de nuestro propio rostro.
Entre ambas palabras no existe una batalla. Existe una alianza. La ciencia nombra con exactitud; la lengua popular nombra con cariño. Una dibuja el mapa y la otra nos enseña el camino.
Y quizá por eso la glabela sea verdaderamente un arco mágico: porque une dos mundos. Une la frente con la nariz, la expresión con el pensamiento, el cuerpo con la emoción, la palabra culta con la palabra de todos los días.
En ese pequeño espacio, la cara parece guardar una puerta.
A veces basta con mirar el rostro de alguien para saber que está cansado, triste, preocupado o feliz. No siempre necesitamos preguntarle. La glabela ya ha respondido.
El Duende Urdiales guarda la palabra en su maletín, junto a las semillas de girasol. Sabe que algún día crecerá en otra persona, quizá en un niño que descubra su entrecejo frente al espejo, quizá en un lector que comprenda que hasta la parte más pequeña del rostro puede contener una historia.
Glabela: el nombre científico del entrecejo.
Pero también el arco donde el rostro piensa antes de hablar.
Las palabras nos miran. Esperan a que alguien las pronuncie.
Y cuando por fin lo hacemos, una parte del cuerpo deja de ser invisible.








