Por Arturo David Vásquez Urdiales
Lúnula
* El incomprensible lenguaje científico del cuerpo humano que andamos cargando todos los días
* Semillas de girasol del español en castellano
* El vertiginoso trayecto de la eñe
Hay palabras que uno ha llevado toda la vida sin haberlas pronunciado jamás.
Palabras que habitan en el cuerpo como pequeñas habitaciones cerradas, como pasillos secretos, como nombres escritos en una lengua antigua debajo de la piel.
Uno las mira todos los días, pero no las llama por su nombre.
A la pequeña media luna blanca que aparece en la base de la uña solemos decirle “la lunita”, “la parte blanca”, “la media luna de la uña” o, simplemente, no le decimos nada.
Está allí, acompañando nuestros dedos, mientras escribimos, firmamos, acariciamos, señalamos, abrimos una puerta o sostenemos la mano de alguien.
Pero el lenguaje científico, que a veces parece construido para alejarnos de nuestro propio cuerpo, tiene una palabra exacta para nombrarla: lúnula.
Lúnula.
Sencillo y limpio
En la columna anterior apareció Hallux, el dedo gordo del pie, ese discreto señor del paso que llevamos con nosotros desde el primer día y que sólo recordamos cuando tropieza, duele o nos ayuda a conservar el equilibrio.
Hallux: dedo gordo
Lúnula: el cachito final de la uña, ¿hay una lúnula en un hallux?: Sí: todo un halluxgo.
Hoy seguimos caminando por el mismo territorio humano. Sólo que ahora el sendero asciende desde el pie hasta la mano, desde la tierra que soporta nuestros pasos hasta esa pequeña luna que llevamos encendida en las uñas.
Lúnula.
La palabra viene del latín lunula, diminutivo de luna: una pequeña luna. No una luna insignificante, sino una luna cercana, doméstica, íntima; una luna que no cuelga del firmamento, sino que aparece en la frontera de nuestros dedos.
El latín la miró y encontró en ella una imagen celeste. No necesitó inventar una palabra complicada.
Vio una forma blanca y curva, una pequeña creciente, y dijo: luna pequeña.
Así nacen muchas palabras: alguien observa el mundo, descubre una semejanza y le entrega un nombre.
La ciencia clasifica, pero antes de clasificar, la humanidad mira. Y mirar con atención es el primer acto de la poesía.
La lúnula no es una decoración de la uña.
No es una mancha pintada por la naturaleza ni una casualidad sin importancia. Es la parte visible de la matriz ungueal, el lugar donde comienza a formarse la uña.
Bajo la cutícula existe un pequeño taller silencioso que produce, capa tras capa, la materia que habrá de proteger la punta de nuestros dedos.
Lo que vemos es apenas una ventana.
Detrás de esa media luna clara trabaja una maquinaria diminuta.
Las células nacen, se organizan, se endurecen y avanzan lentamente hacia el exterior. La uña crece sin ruido, sin anuncio, sin ceremonia.
No necesita que la miremos para cumplir con su oficio.
La lúnula es, entonces, la parte visible de un trabajo invisible.
Y en eso se parece mucho a la vida.
Casi todo lo importante comienza debajo de la superficie. Antes de que aparezca una obra, hubo horas secretas. Antes de que alguien escuche una palabra sabia, hubo lecturas, dudas, silencios y noches. Antes de que una persona pueda mantenerse en pie, hubo pequeñas fuerzas que nadie vio sosteniéndola desde adentro.
La lúnula está allí para recordarnos que lo visible casi nunca es el principio. Es apenas la señal de que algo ya comenzó.
El pueblo, que no necesita consultar un tratado de anatomía para entender el cuerpo, le puso otro nombre: la lunita. Y allí aparece una de las más hermosas diferencias entre el lenguaje científico y el lenguaje cotidiano.
Una cosa es cómo se llama algo y otra cómo le decimos.
La ciencia dice lúnula porque necesita precisión. La abuela dice lunita porque necesita cercanía. El médico distingue; la familia acaricia. El libro establece; la conversación vuelve propio aquello que parecía extraño.
Cuando decimos dedo gordo del pie, no destruimos la palabra Hallux: la traemos a casa. Cuando decimos lunita, no empobrecemos la palabra lúnula: la sentamos a la mesa.
El lenguaje popular no siempre es ignorancia. Muchas veces es una forma de afecto.
El Duende Urdiales lo sabe.
Esta mañana, en su despacho lleno de libros, semillas de girasol y papeles con palabras rescatadas del olvido, extendió la mano sobre el escritorio. Ñux, el gato negro de mirada d’Artagnan, se acercó con la solemnidad de quien inspecciona un documento importante.
—Aquí hay una luna —dijo el Duende.
Ñux observó la mano, olfateó el aire y pareció responderle que en aquel despacho había muchas lunas: la de los libros abiertos, la de los ojos cansados, la de los recuerdos que todavía brillaban.
Pero el Duende señalaba su uña.
—Ésta se llama lúnula —explicó—. Y aunque sea pequeña, está al principio de una obra que todavía no termina.
Porque la lúnula no ocupa toda la uña. Es sólo una media luna, una presencia parcial, una forma incompleta. No aparece como un círculo perfecto, porque la vida rara vez se presenta completa. Casi todo lo que somos se encuentra en proceso: la palabra que todavía estamos aprendiendo, el perdón que aún no conseguimos, la esperanza que apenas comienza a dibujarse.
La lúnula no presume de ser una luna llena.
Es una luna creciente.
Y quizá por eso resulta tan humana.
Nosotros también vivimos en fases. Hay días en que nos sentimos enteros y noches en que apenas conservamos una pequeña claridad. Hay momentos de plenitud y momentos de comienzo. Hay épocas en que la fuerza parece ocuparlo todo y otras en que apenas queda una curva blanca, diminuta, casi escondida.
Pero basta una pequeña luz para saber que la noche no ha vencido.
La lúnula suele verse con mayor claridad en los pulgares y puede ser menos visible en otros dedos. En algunas personas aparece amplia; en otras, discreta. A veces queda parcialmente cubierta por la cutícula. No todas las manos muestran la misma luna, ni todos los cuerpos escriben sus señales con igual intensidad.
Y eso también merece una reflexión.
El cuerpo no es una plantilla.
No todos llevamos la misma forma, el mismo tamaño, la misma simetría ni la misma manera de mostrar lo que sucede dentro. El lenguaje científico puede describir variaciones; la vida, en cambio, nos enseña a no convertir cada diferencia en una condena.
Una lúnula pequeña no es necesariamente una desgracia. Una lúnula poco visible no es una sentencia. El cuerpo tiene sus silencios, sus costumbres, sus ritmos y sus secretos. Conviene observarlo con respeto, no con superstición.
Lo maravilloso no siempre necesita alarmarnos.
A veces basta con que nos devuelva la capacidad de mirar.
Lúnula es también una palabra esdrújula. Lleva su acento en la primera sílaba fuerte, como si la lengua española quisiera colocarle una pequeña corona. Lú-nu-la. Tres golpes suaves. Tres pasos diminutos sobre el borde de una uña.
La eñe, que recorre nuestro idioma como una letra con memoria, encuentra aquí otra compañía. La ñ transforma una n y la vuelve única. La lúnula transforma una superficie ordinaria y la convierte en cielo. Una pequeña señal puede cambiarlo todo.
Eso hacen las palabras: agregan una marca y abren un mundo.
Antes de conocer la palabra lúnula, teníamos una imagen sin nombre. Después de conocerla, esa imagen se vuelve más íntima. La mano ya no es sólo mano. La uña ya no es sólo uña. En su base aparece una pequeña luna, y con ella aparece también una historia de latín, de anatomía, de observación y de poesía.
El cuerpo humano está lleno de nombres incomprensibles que andamos cargando todos los días. Los llevamos sin saberlo, como quien lleva en el bolsillo una llave de una puerta todavía desconocida.
Hallux era el discreto señor del paso.
Lúnula es la pequeña luna de la mano.
Uno sostiene nuestra marcha desde el pie. La otra ilumina, con una claridad mínima, el comienzo de aquello que crece sobre nuestros dedos.
Y quizá ésa sea la enseñanza secreta de la palabra de hoy: no todo lo que nos sostiene hace ruido; no todo lo que brilla ocupa el cielo; no todo lo que comienza puede verse por completo.
A veces la vida se anuncia apenas como una media luna blanca en la base de una uña.
A veces una palabra científica basta para devolvernos el asombro.
Porque el cuerpo no sólo se carga: también se lee.
Y cuando aprendemos a nombrarlo, descubrimos que llevamos el universo entero en pequeñas dimensiones: una luna en la uña, una eñe en la lengua y un camino interminable bajo los pies.








