Por Arturo David Vásquez Urdiales
*Las semillas de girasol del español en castellano.
*El vertiginoso trayecto de la eñe
*Macarras
*Hay palabras que no regresan: reaparecen.
Uno cree que las había perdido para siempre, que se quedaron enterradas debajo de la infancia, en un patio remoto, entre una silla de tule, una cocina con humo, una tarde cualquiera y la voz de una abuela que parecía hablar no sólo con la boca, sino con toda la casa.
Y de pronto, muchos años después, en un video de las Cortes de España, alguien le grita a otro: “¡Macarras! ¡Son unos macarras!”, y la palabra, como si hubiera estado dormida bajo la ceniza, abre un ojo, se sacude el polvo y vuelve caminando hacia nosotros.
Macarras.
No lleva tilde. Es llana, grave, de paso firme: ma-CA-rras. Termina en “s”, y por eso no se acentúa gráficamente. Pero aunque no lleve tilde escrita, lleva otra clase de acento: el acento moral de la calle, el acento teatral de la indignación, el acento viejo de las familias que conservaban palabras como quien conserva una moneda de otro reino.
Macarra es el bravucón, el fanfarrón, el pendenciero, el tipo rudo, vulgar, ostentoso, provocador, de mal gusto y mala sombra.
No siempre es delincuente, pero casi siempre se asoma a la frontera de lo torcido.
p.ejem: _Pedro macarras_
_Alfredo Macarras_
_¡Qué Macarras es el Paco! pocomonte_
Gilipollas pues.
Tiene aire de amenaza, de bravuconada, de camisa abierta en exceso, de gesto torcido, de voz que empuja.
Es una palabra callejera, sí, pero no pobre: tiene filo, tiene teatro, tiene barrio, tiene historia.
Y, sin embargo, para mí no empezó en una calle española ni en una discusión parlamentaria. Empezó con mi abuela Petra Escamilla.
Mi abuela Petra, (Petrita) que murió a la temprana edad de 105 años, era de esas mujeres antiguas que parecían hechas de memoria, sal, ingenio y resistencia.
Alegaba airadamente, pero nunca sin gracia. Tenía esa sabiduría popular que no necesita escritorio, porque la vida entera le ha servido de escribanía. Una vez, siendo yo niño, quizá de cinco o seis años, la escuché discutir con su hermana Romanita por el mal trabajo de unos mozos. No recuerdo ya el trabajo. No recuerdo el día. No recuerdo si era tarde o mañana. Pero sí recuerdo la palabra, clavada como alfiler luminoso en el paño de la infancia:
“Ese par son unos macarras.”
Yo, duendecito todavía, la escuché y me dio una risa interminable.
Macarras.
Me parecía una palabra enorme, ridícula, deliciosa, como si tuviera bigotes, botas y sombrero ladeado.
La repetí muchas veces. Le hacía burla a mi abuela, imitaba su voz, su forma de caminar dobladita, porque ya era muy viejita, y decía: “Son unos macarras, son unos macarras.”
Ella, que era una esponja de inteligencia y picardía, absorbía la burla y me la devolvía convertida en cariño. No se ofendía. No hería. No castigaba. Tenía esa elegancia superior de quienes pueden reírse de sí mismos porque han vivido demasiado para estar defendiendo solemnidades pequeñas.
Y entonces me decía, devolviéndome la escena:
“Tú nunca lo serás. Tú nunca lo serás...."
Hoy te recuerdo: ¡mi chula hermosa.!”
Allí estaba la pedagogía secreta de una abuela.
No me explicó el diccionario. No me dijo: “macarra significa esto o aquello”. No. Me entregó una frontera. Me dijo, con ternura y con risa, que uno podía aprender la palabra sin convertirse en la cosa.
Que el idioma también sirve para señalar el peligro, para ponerle nombre a la mala conducta, para distinguir entre la gracia popular y la vulgaridad agresiva. Mi abuela no me enseñó una definición: me enseñó una brújula.
Ahora bien: ¿de dónde la habría escuchado ella?
Ahí comienza el vertiginoso trayecto de la eñe, aunque la palabra macarras no tenga eñe. Porque la eñe no es sólo una letra: es un camino. Es el rastro de ida y vuelta entre España y América, entre la abuela y el nieto, entre las Cortes y la cocina, entre la política y la memoria familiar. La eñe es la embarcación invisible del castellano; cruza mares, sube montañas, entra en pueblos, se sienta en las mesas, se queda en la boca de los viejos y aparece de pronto, medio siglo después, en un video que uno mira sin sospechar que abrirá una puerta, y ahí está: fresca como una lechuga.
Mi abuela descendía de los Escamilla. Y Escamilla suena a tierra castellana, a apellido venido de las Españas, a genealogía que baja por los siglos como un río con piedras. Mi bisabuelo Ramón Escamilla, hijo de Pedro Escamilla, español; y más atrás todavía, la sombra de otros nombres, de otros pueblos, de otros caminos. Quizá el primer Escamilla que trajo esa voz a nuestra familia la oyó en Castilla, en Madrid, en Extremadura, o en alguna fonda donde los hombres discutían de ganado, trabajo, honor y dinero. Quizá vino en la boca de un abuelo, cruzó el Atlántico, se mezcló con Oaxaca, se sentó en la casa de Petra, y allí esperó a que un niño la recogiera sin saber que estaba recogiendo una semilla.
Porque eso son las palabras: semillas. Semillas de sol. Semillas de girasol.
Algunas caen en tierra dura y mueren. Otras se quedan esperando cincuenta años. Y un día germinan.
Uno no sabe por qué recuerda una palabra y no otra. No sabe por qué se borra una fecha importante y se conserva intacta una frase dicha junto a una puerta. Pero el idioma trabaja en silencio. Va guardando en nosotros pequeñas cápsulas de tiempo. Y cuando la vida nos da la llave, se abren.
Macarras tiene, además, una historia curiosa. En el español actual conserva ese sabor de sujeto chulesco, rufián, bravucón.
En algunos usos peninsulares puede rozar la idea de proxeneta o hombre de mala vida.
Su origen suele vincularse con voces extranjeras, particularmente francesas, como maquereau, usada con sentidos cercanos al rufián o alcahuete.
Pero al llegar al castellano, la palabra se volvió nuestra a su modo: se despeinó, se puso chaqueta de barrio, se metió en los pleitos, en las tabernas, en las discusiones políticas, en los regaños de abuela.
Y allí está lo hermoso: una palabra puede nacer en una lengua, viajar a otra, cambiar de oficio, perder solemnidad, ganar filo, hacerse insulto, hacerse memoria, hacerse columna.
Hoy, cuando alguien dice “macarras” en las Cortes, no está pronunciando sólo un insulto. Está convocando un teatro antiguo: el de la civilización acusando a la grosería; el de la palabra que intenta poner orden donde hay empujones; el de la lengua señalando al sujeto que presume fuerza porque le falta grandeza.
Porque el macarra no es simplemente el rudo. Hay rudezas nobles: la del campesino que trabaja la tierra, la del albañil que carga el día sobre los hombros, la del soldado honrado, la del padre severo que no sabe acariciar pero sí sostener. El macarra es otra cosa. Es la rudeza sin nobleza. Es la fuerza sin decoro. Es la valentía falsificada. Es la ostentación que pretende sustituir al carácter. Es el ruido queriendo pasar por autoridad.
Por eso la palabra sigue viva. Porque cada época produce sus macarras. Los hay de calle, de oficina, de redes sociales, de tribuna, de traje caro, de coche brillante, de discurso inflamado.
Hay macarras con anillos y macarras con micrófono.
Hay macarras que no rompen una ventana, pero rompen la conversación pública. Hay macarras que no golpean una mesa, pero golpean la verdad hasta dejarla irreconocible.
Y frente a ellos, el idioma levanta su dedo.
“Macarras”, dice.
Y basta.
La palabra no necesita sentencia judicial. No necesita tratado filosófico. Entra, nombra y se va. Como esos vocablos antiguos que traen una autoridad misteriosa, porque parecen venir no del diccionario, sino de una abuela que ya vio mucho mundo y no se deja engañar por sombreros ladeados ni voces engoladas.
Pienso entonces en Petra Escamilla, en Romanita, en los mozos del trabajo mal hecho, en aquel niño que se reía sin saber que estaba aprendiendo. Pienso en el español como una casa inmensa donde viven juntos los santos y los bribones, los latinajos y las groserías, los refranes y las palabras de pleito. Pienso que el castellano no es sólo Cervantes ni Quevedo ni Lope: también es la abuela que dice “macarras” con una autoridad que ningún académico puede mejorar.
El vertiginoso trayecto de la eñe no consiste únicamente en seguir letras nobles.
También hay que seguir estas palabras de barro y calle, porque en ellas respira el pueblo.
La lengua no sería completa si sólo tuviera vocablos de altar.
Necesita también palabras con polvo en los zapatos, palabras que hayan escuchado discusiones, palabras que sepan distinguir al trabajador del abusivo, al pobre del rufián, al fuerte del fanfarrón.
Macarras.
La oigo otra vez y ya no me río igual. Sonrío, sí, pero con gratitud. Porque ahora comprendo que aquella palabra venía cargada de siglos. Venía de España, quizá. Venía de los Escamilla, tal vez. Venía de la boca de mi abuela Petra, sin duda.
Y al llegar a mí, niño duendecito, quedó guardada en el cuaderno de oro de la imaginación.
Hoy la abro, la limpio, la pongo al sol.
Y descubro que no era una palabra olvidada.
Era una semilla esperando su septiembre.
Y hoy es ese Septiembre en las semillas de girasol del español en castellano.
Le agradezco mucho su lectura y lo invito a compartir esta colaboración.
Arturo.








