Por Arturo David Vásquez Urdiales
LAS SEMILLAS DE GIRASOL DEL ESPAÑOL EN CASTELLANO
¡QUÉ BUENA SUERTE TUVO MÉXICO!
España y Argentina disputan una copa; los exiliados españoles ganaron para México una herencia que todavía sigue dando frutos.
(Antes de empezar exhortamos a la FIFA que se juegue una final limpia, y que no se permita que nadie [argentina] haga trampa).
(Estoy seguro que la FIFA me va a hacer un chi..montón de caso)*
¿Quién ganará?
España y Argentina disputarán la final de la Copa del Mundo.
Durante noventa minutos, acaso durante ciento veinte y quizá hasta los penaltis, millones de personas seguirán un balón que irá de un extremo al otro del campo como si dentro de él rodara el planeta entero.
Habrá banderas.
Habrá cánticos.
Habrá plegarias, cábalas, supersticiones y abuelas que cambiarán de asiento porque desde aquella silla cayó el primer gol.
Habrá quienes invoquen a los santos del calendario futbolístico, al travesaño, al árbitro, al portero, al VAR y a todas las fuerzas visibles e invisibles capaces de empujar una pelota unos centímetros más allá de la línea.
Que gane el mejor.
Que gane quien juegue con mayor inteligencia, valor y limpieza.
Que no haya trampas.
Que ningún despacho decida lo que debe resolverse sobre el césped.
¡Que no es democracia mexicana gilipollas!
Porque una victoria conseguida mediante engaños podrá aparecer en las estadísticas, pero nunca alcanzará la dignidad de una verdadera victoria.
Y aunque en México no le vamos precisamente a Argentina, (¡la mera verdad!) tampoco hace falta convertir un partido de fútbol en una guerra.
La pelota debe reunir lo que la política divide.
Al final, el deporte consiste en luchar durante noventa minutos y estrecharse la mano cuando termina el encuentro.
Pero mientras el mundo se pregunta quién levantará la copa, hay otra historia entre España y México que merece recordarse.
Una historia sin estadios.
Sin árbitros.
Sin penaltis.
Sin tiempo añadido.
Una historia en la que España sufrió una derrota terrible y México, sin haberlo previsto, recibió uno de los tesoros más valiosos de toda su existencia.
Y esto apenas hace menos de 90 años.
¡Qué buena suerte tuvo México!
Hace noventa años comenzó la guerra que partió en dos a España.
Apenas el 17 de julio pasado se conmemoraron 90 años.
Más tarde el carguero *Sinaí* partió de Francia con más de 1500 ciudadanos Españoles refugiados de la Guerra Civil que partió en 2 a una de las naciones hoy contrincantes por el partido de fútbol de al rato. La España partida en 2. El destino del *Sinaí* fue más allá de las calidas playas veracruzanas. Fue, ciertamente, el Corazón de México y las semillas del mayor tesoro que ha ganado México: Ciencia, Cultura, Filosofía, Letras, Juricidad, Ética.
El 17 de julio de 1936, una parte del ejército español inició una sublevación contra la Segunda República. El levantamiento se extendió durante las horas siguientes y abrió una guerra civil que duraría casi tres años.
No fue una contienda lejana entre ejércitos perfectamente separados.
Fue una guerra dentro de las casas.
Entre vecinos.
Entre hermanos.
Entre españoles que hablaban la misma lengua, contemplaban los mismos campanarios y, sin embargo, llegaron a considerar imposible compartir una misma patria.
Las guerras civiles tienen una crueldad particular.
En ellas el enemigo no vive al otro lado de una frontera.
Puede vivir al otro lado de la calle.
Puede tener el rostro de un antiguo compañero, de un maestro, de un primo o de alguien con quien se compartió el pan.
La guerra terminó en 1939 con la victoria de Francisco Franco. Detrás quedaron cientos de miles de muertos, innumerables heridos, ciudades castigadas, familias divididas y una herida histórica que todavía no termina de cerrarse.
No corresponde utilizar este recuerdo para lanzar gritos contra los muertos.
Tampoco para absolver a nadie.
Las guerras civiles son demasiado complejas para caber completas dentro de una consigna. No fueron únicamente una sucesión de batallas: fueron el fracaso de una nación para convivir con sus propias diferencias.
Pero sí puede afirmarse algo.
España perdió a una parte extraordinaria de su gente.
Al concluir la guerra, miles de republicanos, profesores, científicos, médicos, escritores, juristas, artistas, técnicos y trabajadores tuvieron que abandonar el país. Algunos escapaban de la persecución política. Otros no encontraban lugar dentro del nuevo régimen. Muchos comprendieron que quedarse podía significar la cárcel o la muerte.
Y entonces apareció México.
El presidente Lázaro Cárdenas hizo lo que pocos gobernantes del mundo estuvieron dispuestos a hacer: sostuvo su apoyo a la República española y abrió las puertas mexicanas a los refugiados.
Entre 1939 y los primeros años de la década siguiente, decenas de barcos transportaron a miles de españoles hacia nuestro país.
El más recordado fue el Sinaia.
Zarpó de Francia el 25 de mayo de 1939 y llegó al puerto de Veracruz el 13 de junio. A bordo viajaban más de mil quinientas personas: hombres, mujeres y niños que habían dejado atrás sus casas, sus bibliotecas, sus trabajos y una patria convertida en campo de batalla.
Traían pocas pertenencias.
Pero llevaban consigo algo que ninguna aduana podía medir.
Conocimiento.
Oficio.
Memoria.
Disciplina.
Durante la travesía, los pasajeros del Sinaia publicaron un periódico a bordo.
La escena parece inventada por un novelista.
Un barco lleno de derrotados cruza el Atlántico. Sus pasajeros no saben con certeza qué les espera al llegar. Han perdido una guerra, una casa y quizá a muchos de sus seres queridos.
Y, sin embargo, escriben.
Redactan noticias.
Publican artículos.
Hacen periodismo en mitad del océano.
Habían perdido casi todo, pero todavía conservaban las palabras.
Y mientras un ser humano conserve las palabras, nunca estará completamente vencido.
México recibió a aquellos pasajeros no como una carga, sino como una posibilidad.
En esta historia sobresale la figura de Gilberto Bosques Saldívar, diplomático mexicano que desde Francia ayudó a republicanos españoles, judíos, antifascistas y perseguidos por el nazismo a conseguir documentos, refugio y rutas de salida.
Bosques comprendió que un sello consular podía convertirse en un salvavidas.
Firmó papeles cuando firmarlos significaba desafiar a dictaduras poderosas. Protegió personas cuando esconderlas podía costarle la libertad. Finalmente fue detenido junto con su familia y parte del personal diplomático mexicano.
Miles sobrevivieron porque aquel hombre utilizó la burocracia para combatir la barbarie.
Qué cosa tan extraordinaria puede ser una firma.
Una firma puede autorizar una compraventa.
Puede transmitir una propiedad.
Puede constituir una sociedad.
Puede reconocer derechos.
Pero en las manos de Gilberto Bosques, una firma podía arrancar a una persona de las manos de la muerte.
Antes de la llegada masiva de los refugiados, Daniel Cosío Villegas había comprendido la oportunidad histórica. México no sólo debía recibir a los exiliados: tenía que ofrecerles un lugar desde el cual pudieran continuar enseñando, investigando y escribiendo.
Con el respaldo del presidente Cárdenas y la participación decisiva de Alfonso Reyes, nació en 1938 La Casa de España en México.
En 1940 se transformó en El Colegio de México.
Aquel cambio de nombre no fue una simple operación administrativa.
Fue el nacimiento de una de las instituciones intelectuales más importantes del mundo hispánico.
México abrió una puerta.
España, sin proponérselo, envió por ella una universidad entera, etérea, eterna.
Llegaron filósofos, historiadores, juristas, médicos, científicos, escritores, traductores, artistas y editores.
Llegó José Gaos, cuya obra transformó la enseñanza filosófica en México y que convirtió la palabra destierro en transtierro, porque consideraba que los españoles no habían abandonado por completo su mundo cultural: lo habían trasladado a otra tierra de la misma lengua.
Llegó Luis Recaséns Siches, figura fundamental de la filosofía del derecho y maestro de generaciones de juristas mexicanos.
Llegó Wenceslao Roces, jurista, historiador y traductor de obras esenciales del pensamiento occidental.
Llegó José Moreno Villa, poeta, pintor, crítico e historiador del arte.
Llegó Agustín Millares Carlo, extraordinario paleógrafo y estudioso de documentos antiguos.
Llegó Eugenio Ímaz, filósofo y traductor.
Llegó León Felipe, poeta del exilio y de la dignidad.
Llegó Max Aub, novelista y dramaturgo que convirtió la experiencia de la guerra y del destierro en literatura.
Llegó Adolfo Sánchez Vázquez, quien construiría en México una obra filosófica de enorme influencia.
Llegó Ramón Xirau, siendo todavía joven niño, y se convertiría después en uno de los grandes poetas y pensadores mexicanos.
Llegaron también médicos, arquitectos, químicos, biólogos, músicos, impresores y profesores cuyos nombres quizá ya no se recuerdan fuera de los archivos, pero cuya obra permanece en miles de alumnos.
No vinieron únicamente a refugiarse.
Vinieron a trabajar.
Fundaron revistas.
Tradujeron libros.
Crearon laboratorios.
Renovaron programas universitarios.
Impulsaron editoriales.
Formaron médicos.
Enseñaron historia.
Discutieron filosofía.
Modernizaron el derecho.
Ordenaron archivos.
Estudiaron a México.
Y aprendieron también de México.
Aquel encuentro no fue una simple donación española ni una recepción pasiva mexicana.
Fue un diálogo.
Los exiliados aportaron conocimientos, métodos académicos y experiencias acumuladas. México les dio una patria, una libertad y una realidad histórica nueva sobre la cual pensar.
De esa conversación surgió una parte fundamental de la cultura mexicana del siglo XX.
El Colegio de México representa quizá la expresión más visible de aquella herencia.
También la UNAM.
No es únicamente una institución de educación superior.
Es la demostración de que un acto de hospitalidad puede cambiar la inteligencia de un país.
Un gobierno abrió las fronteras.
Un grupo de mexicanos organizó una casa para los recién llegados.
Los profesores ocuparon las aulas.
Y varias generaciones después, México continúa recibiendo los frutos.
Historia.
Lingüística.
Demografía.
Economía.
Sociología.
Relaciones internacionales.
Estudios de Asia y África.
Literatura.
Análisis político.
Investigaciones que han permitido al país comprenderse mejor a sí mismo y mirar con mayor claridad hacia el mundo.
Aquella fue una de las inversiones más extraordinarias de nuestra historia.
México ofreció barcos, documentos, empleos, aulas y salarios.
A cambio recibió siglos de conocimiento.
No fue un regalo, fue un pedazo del universo. México trabajó para integrar a los refugiados y ellos trabajaron para reconstruir sus vidas.
El resultado fue inmenso.
España perdió una generación: ello es muy lamentable.
Pero la desgracia de unos resultó la buena suerte de los otros.
México la recibió.
Nadie planeó que ocurriera de esa manera.
La guerra buscaba destruir.
El exilio terminó sembrando.
Ésa es una de las paradojas de la historia: cuando un país expulsa a sus mejores inteligencias, otro termina heredando su luz.
Los regímenes autoritarios suelen temer a los profesores.
Temen al escritor que pregunta.
Al jurista que objeta.
Al científico que exige pruebas.
Al filósofo que duda.
Al historiador que recuerda.
Por eso las dictaduras vigilan primero las universidades, después las imprentas y finalmente las palabras.
Pero la inteligencia tiene una cualidad maravillosa.
Puede viajar.
Puede cruzar océanos.
Puede desembarcar con una maleta pequeña y empezar nuevamente en un salón de clases.
Los exiliados españoles llegaron derrotados por las armas, jamás por el espíritu.
Sin embargo, terminaron venciendo al olvido.
Lo hicieron con una tiza.
Con una pluma.
Con un microscopio.
Con una cámara.
Con un libro abierto.
Esta tarde España disputará una final de fútbol.
Argentina buscará otra copa, su dignidad y honor están seriamente cuestionados.
Millones de personas mirarán el partido y durante unas horas parecerá que no existe nada más importante.
Está bien.
El fútbol es alegría, identidad, emoción y una de las formas más intensas de la imaginación popular.
Si hace trampas y es un escritorio con patas de millones de dólares quien ya decidió la Copa, México le apuntará con el soberano cañón de la bondad en el exilio. Le apuntará con la dignidad histórica del Colegio de México y su simbólica referencia: la herencia del honor que claramente no tendrán al hacer trampa.
Que gane el mejor.
Que gane sin trampas.
Y aunque muchos mexicanos miraremos el encuentro con una simpatía especial por España, no debemos olvidar que hay victorias mucho más duraderas que las deportivas.
Una copa permanece en una vitrina.
Un campeonato se conserva en las estadísticas.
Una generación de aficionados recuerda un gol.
Pero un maestro puede durar siglos.
Su voz pasa de un alumno a otro.
Su pensamiento se multiplica.
Su libro permanece abierto cuando ya no queda nadie capaz de recordar el sonido exacto de su voz.
Hace noventa años comenzó una guerra que desgarró a España.
De aquella tragedia surgió, involuntariamente, una de las mayores fortunas culturales de México.
Los refugiados llegaron sin ejército.
No conquistaron territorio.
No impusieron una bandera.
No necesitaron dominar al país que los recibió.
Les bastó enseñar.
Y México tuvo entonces una lucidez excepcional.
Abrió la puerta.
Acercó una silla.
Preparó un escritorio.
Y dijo:
Maestro, ésta también puede ser su casa.
De aquella casa surgió El Colegio de México.
De aquellos barcos surgieron aulas, libros, hospitales, laboratorios y generaciones enteras de estudiantes.
Hoy, mientras España y Argentina disputan una copa, vale la pena recordar la otra gran victoria.
La de los libros sobre los fusiles.
La del conocimiento sobre la intolerancia.
La de la hospitalidad sobre el miedo.
La de un país que supo recibir a quienes llegaban derrotados y permitió que volvieran a levantarse.
España jugará una final.
México seguirá disfrutando una herencia.
Que gane el mejor.
Pero, suceda lo que suceda sobre el césped, hay un resultado que la historia decidió hace mucho tiempo:
España perdió una generación.
México ganó una universidad.
¡Qué buena suerte tuvo México!
(Y desde luego que al pelón de la FIFA le van a valer 3 leches {osea 3 madres} mi opinión y mi columna, Pero no está bien que hagan trampas. Gilipollitas y gilipollotas.)
Atentamente
Arturo








