Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

La sirena que nunca nadó

El monstruo de Okayama, las cajas chinas y la anatomía de una mentira perfecta

[£] a mi amigo el Licenciado Mono Capuchino.

 

Durante siglos, los pescadores japoneses supieron que había criaturas que era mejor no sacar del mar.

 

No porque fueran grandes. No porque pudieran hundir una embarcación. No porque tuvieran los colmillos de un tiburón o los tentáculos de un monstruo capaz de arrastrar un barco hacia los abismos. Las criaturas verdaderamente temibles eran otras: las que tenían algo de nosotros. Las que, atrapadas accidentalmente entre las redes, miraban al pescador con un rostro vagamente humano y agitaban una cola de pez mientras producían sonidos semejantes al llanto de un niño.

 

Los japoneses las llamaron ningyo: literalmente, algo parecido a un “pez humano”. Conviene decir que la criatura del folclore japonés no era exactamente la hermosa sirena occidental que heredamos de Grecia y que después fue dulcificada por los cuentos europeos. La ningyo podía ser monstruosa, inquietante, deforme. Su aparición anunciaba desgracias, tempestades, guerras y calamidades; pero, como sucede con todas las criaturas que habitan la frontera entre la vida y la muerte, también podía conceder el regalo más peligroso de todos: la longevidad. En una de las leyendas japonesas más conocidas, una muchacha come accidentalmente carne de ningyo y permanece joven durante siglos, mientras sus esposos envejecen y mueren uno tras otro; terminará convertida en la legendaria monja Yao Bikuni, asociada a una vida de ochocientos años.

 

Así comenzó la familia de las sirenas japonesas.

 

No tuvieron un solo rostro.

 

Fueron cambiando con los siglos, porque ésa es una de las propiedades fundamentales de las leyendas: se adaptan al miedo de quien las escucha.

 

En alguna aldea, la criatura anunciaba tormentas. En otra, su carne concedía una vida interminable. En otro puerto, encontrarla varada en la playa podía anunciar una guerra. Y siglos más tarde, en 1846, apareció en el imaginario japonés otra criatura marina, la Amabie, un ser escamoso y profético que habría emergido del mar para anunciar cosechas y epidemias, recomendando que se reprodujera su imagen como protección frente a la enfermedad.

 

El mar japonés se fue poblando así de criaturas que jamás necesitaron existir biológicamente para adquirir existencia cultural.

 

Porque una leyenda no necesita respirar.

 

Necesita ser contada.

 

Y durante mucho tiempo, en un pequeño templo de la prefectura de Okayama, hubo algo que parecía demostrar que los viejos pescadores no habían mentido.

 

Una sirena.

 

Pequeña.

 

Momificada.

 

Terrible.

 

El cuerpo medía alrededor de treinta centímetros y pesaba apenas unos cientos de gramos. Estaba guardado en una caja de madera de paulonia. Tenía dos brazos diminutos, manos con dedos, cabello, órbitas frontales, una boca abierta donde asomaban dientes afilados y, a partir del torso, un cuerpo alargado cubierto de escamas que terminaba en una cola.

 

No era hermosa.

 

Era muchísimo mejor que eso.

 

Era creíble.

 

Una nota conservada junto a la pieza afirmaba que la criatura había sido capturada en una red de pesca frente a las costas de la antigua provincia de Tosa durante la era Genbun, entre 1736 y 1741. Según la historia asociada al objeto, habría sido vendida posteriormente en Osaka, adquirida por una familia acomodada y transmitida como una rareza valiosa antes de terminar en el templo Enjuin, en Asakuchi. La pieza volvió a atraer atención pública hacia 1975, aunque después dejó de exhibirse regularmente.

 

Ahora imaginemos la escena.

 

Un pescador encuentra una criatura imposible.

 

La red sube lentamente.

 

Los peces se agitan.

 

Entre ellos aparece algo con brazos.

 

Alguien grita.

 

Otro hombre hace la señal de protección que le enseñaron sus padres.

 

La criatura muere.

 

Su cuerpo es preservado.

 

Pasan los años.

 

Mueren los testigos.

 

Pero queda la sirena.

 

Ésa es la ventaja que tiene un cadáver sobre un rumor: puede colocarse dentro de una caja.

 

Y la caja comenzó a viajar.

 

De propietario en propietario.

 

De generación en generación.

 

Cada nuevo dueño recibía no solamente un objeto, sino una historia. Y probablemente cada narrador añadía una pequeña costura invisible: un detalle, una fecha, una tormenta, una enfermedad, un pescador muerto, una anciana que había vivido demasiado.

 

Así trabajan las leyendas.

 

Primero se cose el monstruo.

 

Después, la sociedad cose la historia.

 

En 2022, el misterio entró en un territorio donde las leyendas suelen sentirse incómodas: un laboratorio.

 

La pieza fue llevada a la Universidad de Ciencias y Artes de Kurashiki. El proyecto contempló tomografía computarizada, observación científica de sus materiales y otros análisis para determinar la naturaleza de aquella criatura que había permanecido durante generaciones en la frontera entre la reliquia y el monstruo. Las primeras descripciones del estudio registraban su tamaño aproximado, peso, cabello, escamas y estructura exterior, mientras los investigadores se proponían estudiar también el contexto cultural que había permitido su conservación.

 

La ciencia comenzó a quitarle las escamas a la leyenda.

 

Y lo que encontró fue extraordinario.

 

Porque la sirena no era una sirena.

 

Pero tampoco era simplemente el cadáver de un mono partido por la mitad y cosido a un pez, como muchos imaginaron inicialmente.

 

Era algo más elaborado.

 

Era un Frankenstein artesanal.

 

La criatura había sido construida.

 

Debajo de su apariencia monstruosa había materiales moldeados y ensamblados: papel, tela, algodón y componentes animales dispuestos para producir la anatomía de un ser que nunca había existido. Los estudios concluyeron que se trataba de un objeto compuesto y fabricado, no de un organismo desconocido.

 

Ésta es la parte de la historia que me parece verdaderamente hipnótica.

 

Alguien, hace muchísimo tiempo, se sentó frente a una mesa y comenzó a fabricar una mentira.

 

No sabemos qué pensaba.

 

Quizá quería dinero.

 

Quizá buscaba engañar a un coleccionista.

 

Quizá fabricaba objetos rituales.

 

Quizá era un artesano especializado en rarezas.

 

Pero puedo imaginar sus manos.

 

Primero tomó una cosa verdadera.

 

Después tomó otra cosa verdadera.

 

Luego una tercera.

 

Y con varias verdades construyó una mentira.

 

Aquí está la clave.

 

La mejor mentira no está hecha completamente de mentiras.

 

Está construida con fragmentos de verdad.

 

 

México debería estudiar cuidadosamente a la sirena de Okayama.

 

No como una curiosidad japonesa.

 

Como un tratado de ciencia política.

 

Porque buena parte de la política contemporánea funciona exactamente como aquella criatura.

 

La cabeza puede ser verdadera.

 

La cola también.

 

Las escamas existen.

 

El cabello existe.

 

Los dientes existen.

 

Los alfileres existen.

 

Lo único que no existe es la sirena.

 

Así se construyen algunas de las grandes ficciones políticas de nuestro tiempo. Se toma una estadística verdadera, se cose a una interpretación conveniente; después se añade una fotografía auténtica, pero descontextualizada; se incorpora una declaración cierta, pero mutilada; se agrega una encuesta cuya metodología nadie lee; después entra en escena un video de quince segundos, un ejército de cuentas que lo repiten, una conferencia pública que lo consagra y finalmente una multitud que termina defendiendo a la criatura.

 

Todo es verdadero por separado.

 

Todo es falso en conjunto.

 

Ésa es la nueva caja china del poder.

 

Abres la primera caja y encuentras una noticia.

 

Dentro de la noticia hay una narrativa.

 

Dentro de la narrativa, una estadística.

 

Dentro de la estadística, una omisión.

 

Dentro de la omisión, una consigna.

 

Dentro de la consigna, una emoción.

 

Y cuando finalmente llegas al centro de todas las cajas, descubres que ya no importa si había algo allí.

 

Porque mientras tú abrías cajas, el poder ya cambió de tema.

 

Ésa es la extraordinaria eficacia de la política moderna: no siempre necesita ocultar los hechos. A veces le basta con coserlos de determinada manera.

 

El ciudadano observa los dientes y piensa que existe el monstruo.

 

Mira las escamas y acepta la sirena.

 

Ve el cabello y jura que la criatura alguna vez estuvo viva.

 

Y si alguien se atreve a señalar los alfileres, inmediatamente aparece la tribu para acusarlo de odiar al mar.

 

La sirena japonesa sobrevivió durante siglos porque era exactamente lo que la gente necesitaba que fuera.

 

Para el creyente, una criatura extraordinaria.

 

Para el templo, una pieza de memoria cultural.

 

Para el comerciante de rarezas, probablemente una mercancía.

 

Para el científico, un objeto de investigación.

 

Para el historiador, una ventana hacia las creencias de otra época.

 

Para mí, una metáfora.

 

La mentira perfecta no es aquella que carece de realidad.

 

Es aquella que utiliza suficientes pedazos de realidad para impedirnos ver las costuras.

 

Y aquí aparece la parte más inquietante de esta historia.

 

Cuando los científicos demostraron que la sirena era una construcción, no destruyeron su valor.

 

Lo transformaron.

 

La criatura dejó de ser interesante como problema zoológico y se volvió fascinante como problema humano.

 

¿Quién la hizo?

 

¿Por qué?

 

¿Para quién?

 

¿Cuántas personas creyeron en ella?

 

¿Cuántas la veneraron?

 

¿Cuántas obtuvieron dinero, prestigio o autoridad gracias a su existencia?

 

Éstas son también las preguntas que deberíamos formular ante cualquier relato político contemporáneo.

 

No solamente:

 

¿Es verdad?

 

Sino:

 

¿Quién cosió las piezas?

 

¿Quién puso la cabeza sobre el cuerpo?

 

¿Quién añadió la cola?

 

¿Quién escribió la nota que apareció misteriosamente dentro de la caja?

 

¿Quién decidió la fecha?

 

¿Quién repitió la historia?

 

¿Quién obtuvo poder gracias a que millones creyeran que aquella criatura había nadado alguna vez?

 

 

La pequeña sirena continúa siendo inquietante.

 

La observo en su caja y pienso que quizá su creador consiguió algo más extraordinario que fabricar un monstruo.

 

Construyó una historia capaz de sobrevivirlo.

 

Sus manos desaparecieron.

 

Su nombre se perdió.

 

El mundo que conoció dejó de existir.

 

Pero su criatura llegó hasta nosotros.

 

No nadando.

 

Narrada.

 

Y ésa puede ser la enseñanza final de esta historia para el México de nuestro tiempo: las sociedades no solamente están gobernadas por leyes, instituciones, presidentes, partidos o ejércitos. También están gobernadas por relatos. Quien consigue imponer la historia mediante la cual una sociedad se explica a sí misma ha conquistado una parte de su conciencia.

 

Por eso hay que mirar cuidadosamente a las sirenas.

 

Sobre todo a las políticas.

 

Acercarse.

 

Examinar los dientes.

 

Tocar las escamas.

 

Buscar debajo del cabello.

 

Someter la historia a la tomografía de la inteligencia.

 

Porque es posible que la cabeza sea verdadera.

 

Es posible que la cola también lo sea.

 

Es posible que cada escama haya pertenecido alguna vez a un pez verdadero.

 

Y, sin embargo, después de retirar cuidadosamente la propaganda, el miedo, el fanatismo y los alfileres, descubramos la verdad más sencilla y más terrible:

 

la sirena nunca existió.

 

Pero durante generaciones hubo quienes vivieron de ella.

 

Quienes gobernaron en su nombre.

 

Quienes exigieron obediencia para protegerla.

 

Quienes señalaron enemigos para defenderla.

 

Y quienes, aun después de ver las radiografías, siguieron jurando que alguna noche, hace muchos años, alguien la vio nadar.

 

 

[£] a mi amigo el Licenciado Mono Capuchino porque ese Frankenstein pinta bien como se vería en modo momia japonesa, se parecen bastante, y porque la metáfora pinta bien el comportamiento humano.