Por Arturo Vásquez Urdiales
La canción que volvió a nacer
Una Leyenda de Julio Iglesias.
Buenos Aires, 1989
Hay ciudades que de noche no duermen: confiesan.
Buenos Aires, a la una de la madrugada, no brilla: susurra.
En sus esquinas no hay turistas, hay sombras; no hay postales, hay historias que no llegaron a escribirse.
Aquella noche, después de River Plate, el estadio seguía vibrando como un animal cansado. Treinta mil personas habían coreado su nombre, habían cantado con él, habían llorado con él. Tres horas de aplausos que parecían eternos.
Julio Iglesias, a los cuarenta y seis años, era el hombre que lo tenía todo.
Y sin embargo, no tenía nada.
No es fácil explicar ese cansancio. No es físico. No se cura con dormir. Es un cansancio del alma, de repetirse, de verse a uno mismo desde afuera como si ya no fuera uno.
Hoteles idénticos, aviones sin rostro, camerinos con flores que se marchitan antes de ser olidas. Aplausos que ya no sorprenden.
El Mercedes negro avanzaba lento. Vidrios polarizados. Silencio.
El chofer carraspeó:
—Señor, hay un accidente en la avenida. Vamos a tomar otro camino.
Julio asintió sin mirar. Tenía la frente apoyada en el vidrio. Veía pasar una ciudad que no lo esperaba, que no lo reconocía, que no le debía nada.
Y entonces la escuchó.
Al principio fue apenas un murmullo, como si la noche respirara.
Después, una melodía.
Y finalmente, una voz.
No era una voz limpia. No era perfecta.
Era una voz gastada, rota por el frío, por el alcohol barato, por el polvo de las esquinas. Pero tenía algo que ninguna técnica enseña: verdad.
Julio se enderezó de golpe.
—Pará —dijo.
El chofer no entendió.
—Pare el auto —repitió, ahora con un tono que no admitía preguntas.
El Mercedes se detuvo. El motor quedó encendido, como conteniendo el aliento.
Julio bajó el vidrio unos centímetros.
Ahí estaba.
Un hombre sentado contra la pared, envuelto en una campera que había conocido mejores tiempos. Barba crecida, manos agrietadas. A su lado, una caja de cartón con unas pocas monedas que brillaban como restos de naufragio.
En las manos, una guitarra vieja. Dos cuerdas faltaban. Las otras sobrevivían de milagro.
Y aun así, cantaba.
Cantaba “Me olvidé de vivir”.
No la versión de los discos, no la de los teatros.
La cantaba como se canta cuando ya no queda nada que perder.
DE TANTO CORRER POR LA VIDA SIN FRENO,
ME OLVIDÉ QUE LA VIDA SE VIVE UN MOMENTO…
Julio sintió un golpe seco en el pecho.
No pudo moverse.
Era su canción.
Su letra.
Pero cantada desde un lugar al que él hacía años que no regresaba.
Cerró los ojos.
Y ya no estaba en Buenos Aires.
Estaba en Madrid, 1963.
Tenía diecinueve años.
Estaba inmóvil en una cama de hospital.
Los médicos hablaban de fútbol como de un recuerdo imposible.
Las piernas no respondían. El futuro era una palabra peligrosa.
Y una enfermera, para que el tiempo no lo devorara, le había dejado una guitarra.
Cuatro palabras: para que te entretengas.
Julio abrió los ojos.
La voz seguía ahí, flotando en la noche porteña.
—Señor Iglesias… —susurró el chofer—. ¿Nos vamos?
Julio no respondió.
Miraba las manos del mendigo, la forma en que acariciaba las cuerdas rotas, como si fueran lo último vivo que le quedaba.
Miraba a un hombre sin nada… excepto una canción.
Y entendió algo que lo asustó.
Ese hombre era él.
Una versión que no tuvo suerte.
Una posibilidad que el destino dejó en otra esquina.
La canción terminó.
El último acorde se deshizo en el aire frío.
Silencio.
El mendigo abrió los ojos. Miró su caja. Suspiró.
Julio tomó aire.
—Espérame acá —dijo al chofer.
—Señor, esta zona no es segura…
—Espérame acá.
Abrió la puerta.
El frío lo golpeó como una verdad sin aviso. Olor a basura, a humedad, a ciudad cansada.
Sus zapatos italianos tocaron el asfalto sucio.
Veinte metros.
Diez.
Cinco.
El hombre afinaba la guitarra, murmurando para sí.
La sombra de Julio cayó sobre él.
El mendigo levantó la vista, molesto, preparado para el rechazo.
Y entonces lo vio.
Parpadeó.
Negó con la cabeza.
—No… —susurró—. No puede ser.
—Soy yo —dijo Julio, sin grandilocuencia.
La guitarra cayó al suelo.
Las manos del hombre temblaban.
—Perdón… perdón por cantar su canción.
—¿Por qué me pedís perdón?
—Porque no es mía. Yo no tengo derecho.
Julio lo miró largo.
—La cantaste mejor que yo.
El hombre lo miró como si hubiera escuchado una blasfemia.
—Hace años —continuó Julio— que no escucho esa canción con esa verdad.
Las lágrimas aparecieron sin permiso.
—Yo solo canto para sobrevivir —dijo el mendigo—. Cuando canto, no tengo hambre. Cuando canto, no soy nadie… pero tampoco soy nada.
Julio se sentó en el suelo. Ahí mismo. En la vereda.
Como si fuera lo único lógico.
—¿Cómo te llamás?
—Roberto… Roberto Di Benedetto.
Nombre italiano, de puerto, de inmigrantes que llegaron con una valija y un sueño.
—¿Cuánto tiempo en la calle?
—Ocho años… tal vez nueve.
—¿Y antes?
Roberto miró un punto invisible.
—Antes tenía una vida. Una esposa. María. Y un hijo. Nicolás.
María cantaba… así nos conocimos. En un bar de Palermo. Yo tocaba la guitarra.
La noche los envolvía.
Julio escuchó.
No como estrella.
Como hombre.
No habló de dinero esa noche.
Habló de música.
De heridas.
De lo que se pierde cuando uno se pierde a sí mismo.
Antes de irse, Julio dejó algo en la caja.
No una limosna.
Una promesa.
—Mañana, a esta hora, te quiero ver en el hotel Alvear.
Roberto creyó que estaba soñando.
—¿Por qué?
—Porque todavía cantás como alguien que quiere vivir.
El regreso
A la noche siguiente, Roberto llegó. Afeitado. Con la guitarra al hombro.
No sabía si estaba entrando a un hotel o a otra vida.
Julio cumplió.
Le consiguió un lugar donde dormir.
Le pagó tratamiento.
Le devolvió la voz que el alcohol había querido apagar.
Pero, sobre todo, le devolvió la música.
Meses después, Roberto volvió a cantar.
No en esquinas.
En pequeños teatros.
En bares donde la gente escuchaba.
María lo fue a ver una noche.
Nicolás estaba ahí, ya adolescente.
No hubo discursos.
Solo una canción.
Me olvidé de vivir.
Cantada distinta.
Cantada desde el regreso.
Epílogo
Nunca hubo comunicado oficial.
Nunca entrevista.
Julio Iglesias nunca confirmó la historia.
Pero tampoco la negó.
Dicen que, años después, en un concierto íntimo, Julio presentó esa canción de otra manera.
—Esta canción —dijo— me la enseñaron a cantar de nuevo una noche en Buenos Aires.
Y sonrió.
Porque hay canciones que no se escriben para el éxito,
sino para recordarnos quiénes somos.
Y a veces,
solo a veces,
la vida devuelve lo que parecía perdido.
Como una voz en la noche.
Como un hombre sentado en una vereda.
Como una canción del corazón.
Escuchado en algún momento al paso en alguna calle de Buenos Aires.
Y también me la acabo de encontrar en la red
Si es verdad no, no lo sé.
Solo en Gran Julio podría confirmarlo
Más, las leyendas leyendas son, y son como los héroes.
Si el héroe queda vivo, ya no lo es.
Si está leyenda queda muerta, la magia se acaba.
Para Julio Iglesias, dónde quiera que esté, desde un rincón del mundo que no sabe que existe y de un narrador Hipnótico que le escribe a la cápsula del tiempo.
Letras Hipnóticas
Arturo








