Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

El Gigante Silencioso

 

Hay seres humanos que nacieron para el aplauso.

 

Y hay otros que nacieron para la intemperie.

 

La madre —bendita sea por los siglos— ocupa en la memoria de la humanidad el sitio luminoso del origen. Su presencia es sagrada. Su figura se encuentra rodeada de himnos, flores, altares, poemas, canciones y lágrimas

 

La madre es la patria pequeña del ser humano.

 

Y debe serlo.

 

Pero detrás de aquella luz existe otra figura antigua, enorme y silenciosa, que muchas veces ha permanecido de pie en la penumbra.

 

El padre.

 

No el padre mítico.

 

No el padre de las estatuas.

 

No el patriarca de los libros.

 

Hablo del padre invisible.

Del hombre que regresa de la obra cubierto de polvo.

 

Del que llega oliendo a soldadura, a diésel, a aceite, a cemento, a ganado, a taller, a mina o a tierra mojada.

 

Del que trae los dedos destrozados por cargar ladrillos.

 

Del que aprendió a ocultar el miedo.

 

Del que envejeció resolviendo problemas.

 

Porque el padre vive poco para sí mismo.

 

La vida le concede pocas pausas.

 

Tiene que resolver.

 

Resolver la renta.

 

Resolver la comida.

 

Resolver la escuela.

 

Resolver la enfermedad.

 

Resolver el techo.

 

Resolver la muerte.

 

Resolver el mundo.

 

Mientras tanto, envejece.

 

La historia del padre comenzó mucho antes de las ciudades.

 

Antes de los imperios.

 

Antes de la escritura.

 

Aquél viejo homínido que abandonaba la cueva para traer carne a la aldea sigue caminando entre nosotros.

 

Sigue enseñando a cazar.

 

Sigue enseñando a trabajar.

 

Sigue enseñando a callar.

 

Sigue enseñando, sobre todo, a ser honrado.

 

El soldado de todas las guerras también fue padre.

 

El campesino.

 

El marinero.

 

El santo.

 

El tirano.

 

El rey.

 

El mendigo.

 

El señor de la basura, del carrito de los tamales, el del fierro viejo que vendan, el caquero y el villano, el obrero y el sabio, el tío Riqui y la señora Claudia, Don Ricardo dueño del senado y el talachero desponcha llantas, Alfredo dueño de los Guerreros y quien lava los baños del estadio Vasconcelos, el director de los libros y el señor del cloro, todos por igual, todos gran señor y todos parias, todos.

 

Todos, absolutamente todos, tuvieron alguna vez a un hombre arrumbado en un rincón de la memoria que les tomó la mano para enseñarles a caminar.

 

Existe un antiguo glifo maya que siempre me ha conmovido.

 

Los sabios que crearon uno de los sistemas de escritura más extraordinarios de América representaron al hijo mediante una imagen profundamente filosófica: una mano grande sosteniendo la mano pequeña de un niño.

 

Un hombre enseñando a caminar.

 

No existe definición más perfecta de la paternidad.

 

Porque un padre es exactamente eso:

 

La mano grande que sostiene.

 

La mano áspera.

 

La mano callosa.

 

La mano herida.

 

La mano que un día se suelta para que el hijo siga solo.

 

Hoy se habla mucho del padre ausente.

 

Y ciertamente existe.

 

Pero también existe el padre invisible.

 

Ese hombre que la sociedad pocas veces mira.

 

El que perdió muchas batallas culturales.

 

El gigante silencioso.

 

Porque el padre casi nunca se defiende.

 

No protesta.

 

No explica.

 

No llora en público.

 

No exige.

 

De él se espera resistencia.

 

Se espera dureza.

 

Se espera silencio.

 

Es gigante.

 

Pero es mudo.

 

Y quizá por ello ha perdido tantas veces la batalla de la memoria.

 

Pienso entonces en el Gigante Egoísta de Oscar Wilde.

 

Aquel gigante que al final descubre que el amor es el único jardín que vale la pena conserva.

 

Tal vez nuestro gigante no era egoísta.

 

Tal vez simplemente estaba cansado.

 

Tal vez venía de cargar piedras.

 

Tal vez regresaba cubierto de lodo.

 

Tal vez llevaba sobre la espalda las deudas, los fracasos y las preocupaciones que jamás confesó.

 

Y aun así siguió construyendo.

 

Construyó casas.

 

Construyó caminos.

 

Construyó talleres.

 

Construyó negocios.

 

Construyó familias.

 

Construyó hijos.

 

Construyó seres humanos.

 

Por eso hoy no escribo estas líneas desde la autoridad, porque no tengo ninguna autoridad, y no la conozco, solo reconozco la autoridad de la justicia en este mundo de letras en dónde la ley subes la ley.

 

No soy autoridad en materia de paternidad, tampoco para clamar justicia:

 

No soy nadie para semejante reivindicación.

 

Soy apenas un pequeño paria oaxaqueño, chaparrito y gordito, que escribe desde la clandestinidad de la única libertad que posee: la claridad de sus ideas.

 

Aquí, en el universo infinito y maravilloso de las Letras Hipnóticas, los hombres buenos no están condenados.

 

Aquí existe justicia para el olvidado.

 

Aquí el gigante ya no permanece exiliado.

 

Aquí puede sembrar un árbol en la gran avenida moral de los justos.

 

Aquí las manos llenas de grasa son manos sagradas.

 

Aquí los dedos rotos por cargar ladrillos son dedos de arquitectos invisibles y son sagrados por igual.

 

Aquí los traga-tuercas, los albañiles, los mecánicos, los campesinos, los soldados, los choferes, los obreros, los pescadores, los veladores y los hombres que regresan cubiertos de polvo son recibidos con honor.

 

Porque desde la noche de los tiempos, llenos de lodo, de sudor y de cansancio, ellos también han construido este mundo desigual que entre todos llamamos humanidad.

 

Y usted, señor civilizado:

 

¿Ya recordó a su viejo?

 

¿Ya recordó a ese hombre duro y adusto que sufrió las de Caín para convertirlo en el adulto que hoy es?

 

Si todavía vive, abrácelo.

 

Si ya partió, bendígalo.

 

Porque acaso ningún monumento lo recuerde.

 

Pero usted camina gracias a la mano que un día sostuvo la suya.

 

Feliz Día del Padre.

 

Y viva el padre.

 

Viva el gigante silencioso.

 

Vivan nuestros amados carga-ladrillos.

 

Vivan nuestros traga-tuercas.

 

Vivan los hombres que todavía luchan desde el fondo olvidado y eterno del campo de batalla humano:

 

La paternidad.

 

Y que las Letras Hipnóticas, los padres amados y las manos que enseñan a caminar, nunca se acaben.

 

Letras hipnóticas, nunca se acaben que aquí caben las ideas y los hombres libres.

 

Con mucho respeto:

 

Arturo.