Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

 

El 3 de mayo: día de la Santa Cruz y del ingeniero y arquitecto descalzo — el albañil

 

Hay días que no están en los libros, aunque figuren en el calendario. Días que no se decretan, sino que se respiran. El 3 de mayo en México es uno de ellos: jornada en que la cruz se eleva sobre los andamios y el albañil —ese ingeniero sin título y arquitecto sin firma— se vuelve el centro silencioso de la patria construida.

 

Porque México, si se le mira con detenimiento, no está hecho de leyes ni de discursos, sino de manos. De manos curtidas que saben más de equilibrio que cualquier tratado de física; de ojos que calculan sin regla, de pasos que caminan la altura como si el vértigo fuera una vieja amistad.

 

La historia dirá —y no miente— que este día nace del hallazgo de la cruz por Santa Elena, madre del emperador que abrió las puertas del Imperio a la fe, y que en Jerusalén, entre polvo antiguo y memoria de siglos, encontró la madera donde murió Jesucristo. Desde entonces, la cruz dejó de ser castigo para convertirse en símbolo.

 

Pero México no se queda en la historia: la encarna.

 

Y fue en la Colonia —cuando se levantaban templos, conventos y ciudades sobre las ruinas de otros mundos— que los albañiles, hijos del maíz y de la cal, adoptaron la cruz como escudo. No había casco, ni seguro, ni contrato. Solo el cielo encima… y la tierra abajo.

 

Entonces pusieron la cruz en lo alto.

 

No por adorno.

Por miedo.

Por fe.

Por costumbre.

Por vida.

 

Detener la obra ese día era más que descanso: era reconocimiento. Se cocía la carne, se abrían las botellas, se compartía el pan. La mezcla —esa alquimia de arena, agua y cemento— se volvía también comunión. Y entre risas, polvo y cansancio, el albañil se reconocía a sí mismo como lo que es: el sostén invisible de la ciudad.

 

Porque nadie piensa en él cuando entra a una casa.

 

Pero sin él, no habría casa.

 

El albañil es, en efecto, un ingeniero descalzo. Calcula cargas con el cuerpo, mide con la mirada, resuelve con ingenio lo que el plano no previó. Es arquitecto de lo posible, poeta de la línea recta, escultor del espacio cotidiano.

 

No firma planos.

No aparece en placas.

No inaugura obras.

 

Pero levanta mundos.

 

Y en este día, la cruz vuelve a decir algo que quizá hemos olvidado: lo vertical y lo horizontal no son líneas… son destinos. Lo vertical apunta al cielo, lo horizontal abraza la tierra. En ese cruce vive el albañil, suspendido entre la altura y el abismo, entre el salario y el riesgo, entre la vida y la caída.

 

Por eso celebra.

 

No la muerte.

La permanencia.

 

No el símbolo.

La protección.

 

No el pasado.

El día que sigue.

 

A ti, cuñado —a ti, señor mezcla—, va esta columna. Porque en tus manos no solo se revuelve el cemento: se fragua el hogar de otros. Porque en cada pala hay un acto de fe, aunque no se nombre. Porque sabes, sin decirlo, que construir es desafiar al tiempo.

 

Y porque, al final, todo hombre necesita levantar algo que lo trascienda.

 

Hoy, mientras la cruz se adorna con flores de papel y el sol cae sobre las varillas como si fueran lanzas doradas, México se detiene un instante. No para mirar hacia arriba, sino para reconocer lo que tiene debajo.

 

El albañil no pide monumentos.

Le basta con que la casa no se caiga.

 

Y en esa humildad —que es también grandeza— se esconde una verdad profunda: que toda obra humana, por sólida que parezca, comienza siempre con una mezcla… y con la esperanza de que resista.

 

Hay días que pasan.

Y hay días que sostienen.

 

El 3 de mayo es uno de estos últimos.

 

Porque en lo alto de una obra, donde el viento sopla distinto y el mundo parece pequeño, una cruz recuerda que no todo depende de la mano que construye…

 

pero nada se levanta sin ella.