Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

Dulcinea del Toboso y la inspiración del Hidalgo Caballero

—y el ocaso de morena—

 

(Al final incluye su correspondiente poema inspirado.)

 

Hay nombres que no pertenecen al mundo, sino a la respiración de los sueños. Hay nombres que no nacen de la carne, sino del deseo profundo de que algo exista aunque nunca haya existido. Dulcinea es uno de ellos. No mujer, no figura, no presencia, sino una construcción luminosa, una arquitectura del alma levantada por un hidalgo que decidió no aceptar la aridez de lo real. Porque en el fondo, amable lector, todo caballero —y todo hombre— necesita inventar aquello que la vida le niega.

 

Así, en algún rincón seco de la Mancha, donde el viento arrastra polvo como si arrastrara siglos, vivía Alonso Quijano, hombre de carnes sobrias y pensamientos en ebullición, lector incansable de hazañas que no ocurrieron pero que ardían como si fueran verdad. Y en ese incendio lento de lecturas y soledad, comprendió algo que no todos comprenden: que la realidad sin ideal es una cárcel sin barrotes. Y entonces la rompió.

 

Tomó a Aldonza Lorenzo —nombre de tierra, de trigo, de sudor— y la elevó. La subió no a un trono, sino a una categoría metafísica. La nombró Dulcinea del Toboso. Y al nombrarla, la creó.

 

Aquí comienza el verdadero acto jurídico del alma.

 

Porque nombrar es instituir. Nombrar es conferir existencia. Nombrar es, en cierto sentido, legislar sobre lo invisible.

 

Don Quijote no se equivocó. Ejecutó. Declaró. Consagró.

 

Y así, Aldonza dejó de ser Aldonza para convertirse en Dulcinea del Toboso, emperatriz de lo imposible.

 

El hidalgo no la vio. No la necesitó ver. Porque el ideal no requiere comprobación, sino fe. Y en esa fe radica el núcleo más puro de la obra de Miguel de Cervantes: el derecho del hombre a imaginar lo que ama, incluso si el mundo lo contradice.

 

Pero como en todo proceso humano, hay una contraparte. Un contradictor. Un testigo incómodo de la realidad.

 

Ese testigo se llama Sancho Panza.

 

Sancho no niega a Dulcinea; la reduce. La devuelve a la tierra, a la textura áspera de lo cotidiano. Donde Quijote ve oro, Sancho ve polvo. Donde el caballero ve lirios, el escudero ve manos curtidas. Y en ese contraste —casi procesal— se desarrolla una de las tensiones más hondas de la literatura universal: la disputa entre lo que es y lo que debería ser.

Porque Dulcinea no es una mujer.

 

Dulcinea es una tesis.

 

Y Sancho, su antítesis.

 

Y el lector —ese juez silencioso— es quien dicta la síntesis.

 

El teórico John J. Allen lo llamó con precisión quirúrgica: personaje elíptico. Pero incluso esa definición se queda corta. Dulcinea no es elíptica; es gravitacional. No aparece, pero atrae. No actúa, pero determina. No existe, pero gobierna.

 

Y acaso ahí reside su mayor poder: en ser necesaria sin ser tangible.

 

Porque todo hombre que ha amado ha sido, en algún grado, don Quijote.

 

Y toda mujer amada ha sido, sin saberlo, Dulcinea.

 

El mundo, sin embargo, no soporta por mucho tiempo la pureza del ideal. La historia —esa maquinaria de desgaste— termina por introducir fisuras. Los encantadores, diría el hidalgo. Las circunstancias, diría el jurista. La fatiga, diría el poeta.

 

Y entonces ocurre lo inevitable: el ocaso.

 

El ocaso de morena.

 

No de Dulcinea —que es inmortal— sino de Aldonza, de la materia, del cuerpo, del tiempo que no perdona.

 

Porque toda idealización tiene un límite: la realidad insiste.

 

Y en esa insistencia se rompe el hechizo.

 

Don Quijote, hacia el final, comienza a despertar. Y despertar es perder. Porque quien despierta renuncia a sus dioses privados. Renuncia a sus ficciones necesarias. Renuncia a Dulcinea.

 

Y al hacerlo, se aproxima peligrosamente a la muerte.

 

Porque hay algo que no se dice con suficiente crudeza: don Quijote no muere por locura.

 

Muere por lucidez.

 

Muere cuando deja de creer.

 

Muere cuando Dulcinea deja de existir dentro de él.

 

He ahí la tragedia.

 

No la burla, no la risa, no la caída.

 

La renuncia.

 

Pero el mundo no es ingrato con quienes saben inventar belleza. Y Dulcinea, esa invención sublime, ha sobrevivido no como personaje, sino como principio activo del espíritu humano. Ha sido música en Joaquín Rodrigo, teatro en Man of La Mancha, trazo en Charles Robert Leslie, y eco en cada lector que, en silencio, ha decidido creer aunque el mundo le diga que no.

 

Y sin embargo, amable lector, hay un episodio donde la ficción se infiltró en la historia con la delicadeza de una mano invisible. Durante la ocupación francesa en la Guerra de la Independencia Española, cuando los ejércitos del Napoleón Bonaparte atravesaban la península como una sombra de hierro, hubo pueblos que ardieron, ciudades que fueron saqueadas y memorias que se borraron bajo el peso de la pólvora. Pero no todos corrieron la misma suerte.

 

Se cuenta —y hay en ello una verdad que rebasa el archivo— que cuando los oficiales del Gran Corso evaluaron la posibilidad de arrasar El Toboso, alguien pronunció el nombre de Dulcinea. Y entonces, como si el tiempo se detuviera un instante, como si la literatura reclamara jurisdicción sobre la guerra, Napoleón —el hombre que redujo imperios— recordó al “gigante manco de Lepanto”, al viejo soldado de letras que fue Miguel de Cervantes, y ordenó respetar aquel pueblo.

 

No fue un acto militar.

 

Fue un acto de piedad estética.

 

Un reconocimiento tácito de que hay territorios que no pertenecen a la geografía, sino al espíritu humano.

 

Y así, mientras otras villas eran devoradas por el fuego, El Toboso quedó en pie, como si Dulcinea misma hubiese extendido un velo invisible sobre sus muros blancos.

 

Ahí, entre calles donde el viento aún pronuncia su nombre, Dulcinea sigue viva.

 

No en la historia.

 

En la necesidad humana de elevar lo amado por encima de lo posible.

 

Y aquí, amable lector, en este punto donde la pluma se vuelve espejo, conviene decirlo con la sobriedad de quien ha visto pasar los años y aún conserva la capacidad de asombro: cada hombre lleva dentro una Dulcinea, y cada Dulcinea es, en realidad, una forma de salvación.

 

Porque amar no es poseer.

 

Amar es elevar.

 

Y quien no eleva, no ama.

 

Y quien no ama, no sueña.

 

Y quien no sueña… ya ha comenzado a morir.

 

Vendrá después —como debe venir— el poema.

 

Ese que no se dicta.

 

Ese que se revela.

 

Ese que no habla de Dulcinea.

 

Sino de la tuya.

 

Y, pues sigue el poema, ahora que se ven nubarrones de guerra, y si lo son, que sean de amor y no de Misiles. Los buenos mueren por el absurdo de los malos. En todas las guerras.

 

Busquemos la paz, que es la mejor forma de la locura.

 

Apunte diario sobre letras Hipnóticas

 

A Dulcinea, la musa de todos los tiempos

 

Por Arturo Vásquez Urdiales

 

(en la cadencia de tres sombras y una sola voz)

 

García Lorca

León Felipe

Y yo

 

— En un éxtasis de llamar a 2 Poetas muertos y a la victoria de la inspiración, la idealización sobre el polvo, la tierra de la calle y el viento, que es triunfo he infierno, a Dulcinea, en dónde quiera que la encuentre el poeta y el loco.–

 

Dulcinea

 

No sé si existes.

Y, sin embargo, te nombro.

 

Como nombra la tarde al último rayo

cuando ya no hay sol,

como nombra el río a su origen

cuando ha olvidado la montaña.

 

Así te nombro yo.

 

Dulcinea.

 

Y en el acto —misterio de misterios—

te levantas del polvo,

te alzas de la nada,

y eres más real que mi propia sangre.

 

Te vi sin verte.

 

Te inventé sin culpa,

como el niño inventa un cielo

para no llorar la noche.

 

Eras entonces…

¿qué eras?

 

Un temblor en la distancia,

una forma apenas sugerida,

una dulzura sin rostro.

 

Y bastó.

 

Porque el amor no necesita materia,

sino hambre.

 

Dijo ese perseguidor de cirios encantados

 

-Luis G. Urbina:-

 

que eras un lirio inclinado en el silencio,

una blancura que dolía suavemente,

una mano tibia escapando del beso.

 

Y sí…

eras eso.

 

Pero también eras la herida.

 

En un arranque romancero de pasos dobles y sangre

 

-Federico García Lorca-

 

Te soñó entera

Vio

que llevabas en los ojos una pena verde,

un susurro de guitarras rotas,

un canto detenido en la garganta de la luna.

 

Y sí…

eras eso, una vez

Otra vez

Otra vez

Y el poeta muerde el polvo

Como la luna al sol

Cómo el Templario el Santo Grial

Cómo un romancero, un poema 9 y una canción desesperada

 

Y eras tú

 

Porque tú perteneces a los locos

A los soñadores

A los que vivimos en varias dimensiones

 

-oh! Mujer-

Oh! Halcón Negro

 

Pero también eras la noche.

 

Te vio profunda como quien tuviera una espada que fuera de su abuelo, te soñó León Felipe

—con voz quebrada, con polvo en los labios—

que no eras mujer,

sino destino.

 

Que no eras carne,

sino camino.

 

Y sí…

eras eso.

 

Las carnes sufren

Y el amor pesa más que 3 toneladas de piedras

Y entonces no existe

 

Porque existes tu: Dulcinea

 

Pero también eras el abismo.

 

Y yo…

 

yo no sé decirte sino esto:

 

que te hice para no morir: Dulcinea

 

Que te inventé

porque el mundo era demasiado estrecho

para mi fe.

 

Que te elevé

porque la tierra no alcanzaba.

 

Nunca fuiste mía.

 

Y, sin embargo,

todo lo que fui

lo fui por ti.

 

Mis batallas —que nadie recuerda—

tuvieron tu nombre.

 

Mis derrotas —que todos celebraron—

tuvieron tu sombra.

 

Y en cada caída,

en cada polvo,

en cada risa ajena…

 

ahí estabas tú,

intacta,

inalcanzable,

perfecta.

 

Hoy…

 

hoy que la luz se me apaga en los huesos,

hoy que el juicio regresa

como un verdugo tardío,

hoy que el mundo insiste

en llamarme cuerdo…

 

te confieso, Dulcinea:

 

prefería la locura.

 

Porque en la locura

tú eras verdad.

 

—Y si fuera tan valiente como Quijote, diría, amada mía:

 

No vengas.

 

No rompas el hechizo.

 

No desciendas jamás a esta orilla

donde todo se gasta.

 

Quédate allá,

donde no envejeces,

donde no decepcionas,

donde no eres tocada por la tristeza.

 

Quédate siendo lo que eres:

 

lo imposible.

 

Porque si algún día te hicieras real…

si algún día tus pies tocaran la tierra

y tus ojos se llenaran de cansancio…

 

ese día, Dulcinea,

ese día terrible y humano…

 

moriría yo antes de morir.

 

Así que vete.

 

O mejor aún:

permanece.

 

Pero no en el mundo.

 

En mí.

 

Y cuando el último aliento

—ese que no miente—

abandone esta armadura de huesos fatigados…

 

no diré tu nombre.

 

Lo pensaré apenas.

 

Como se piensa en la luz

cuando ya no hay ojos.

 

Dulcinea…

 

no existes.

 

Y por eso

eres eterna.

 

Pero como no tengo la valentía de un Quijote,

Sino la fantasía de Lorca,

La ilusión de Urbina

La tristeza de León Felipe

 

…entonces si, ven, y como una amable morfina

No dejes de llenar letras Hipnóticas

Porque ellas y tú -fragancia sutil del universo-

 

Viven en los Sueños

 

Arturo

 

feliz cumpleaños Tete, en la digna representación de la Dulcinea del mundo.