Por Arturo Vásquez Urdiales
Apunte de un códice futuro
La guerra de los cielos y el juicio de los hombres
Cuento corto hiperrealista de la futura destrucción del mundo
Dicen los manuscritos que no tienen firma, aquellos que aparecen y desaparecen como si fueran dictados por la memoria del mundo, que dos antiguas revelaciones —separadas por siglos, idiomas y credos— coincidían en un punto inquietante: el hombre no sería destruido por los cielos, sino por su propia inteligencia mal dirigida. En uno de esos textos, atribuido a una aparición que algunos llamaron Fatirosa y otros Fatima Rosa, se hablaba de una gran guerra final, no como castigo divino sino como consecuencia inevitable de la soberbia humana. En otro, de origen incierto, se mencionaba una ilusión en los cielos, un engaño diseñado para que la humanidad temiera lo que no comprendía y obedeciera a quienes sí lo comprendían. Ambas visiones, ignoradas durante décadas por parecer excesivas, comenzaron a cobrar forma cuando los signos dejaron de ser símbolos y se convirtieron en hechos.
El primer nombre que la historia registró fue el de Aurelian Voss, presidente supremo de la gran nación del sur, un hombre brillante y frío, convencido de que el orden del mundo debía ser administrado por una sola voluntad.
Para la visión de la galaxia, solo a los humanos les importa en dónde está el norte y donde está el sur. Y solo algunos les importa el color de la piel, al final para los elevados seres cósmicos, solo es pellejo. El de usted o el mío da igual. Ante el umbral de la guerra, ¿Que importa el color del pellejo? Las bombas no distinguen, tampoco las balas. Solo los hombres son soberbios. Los animales no. Ellos enseñan.
El tirano, era de Chalcatoon
No era un tirano evidente; su inteligencia lo protegía de los errores burdos, su discurso estaba cargado de razón, pero bajo esa razón latía una convicción peligrosa: la humanidad debía ser conducida, incluso contra sí misma. En el otro extremo del tablero emergió Said Al-Nasir, líder de una vasta coalición de naciones árabes, un hombre de fe distorsionada, inflamado por una mezcla de misticismo y poder, capaz de ver en cada conflicto una purificación y en cada muerte una ofrenda. Si Voss creía en el control, Al-Nasir creía en el destino, y entre ambos se tensó el hilo invisible que terminaría por romper el mundo.
Nuestro testigo, el hombre que dejó constancia de lo ocurrido en un cuaderno de hojas ennegrecidas, se llamaba Elías Sacristán, cronista, hijo de nadie y de todos, un hombre que no combatía pero que caminaba entre los restos de la guerra para recoger palabras, gestos y silencios. Él no creyó en las profecías al principio, como no cree nadie que vive en tiempos de aparente estabilidad, pero cuando las primeras ciudades cayeron sin explicación, cuando los sistemas fallaron al mismo tiempo en continentes distintos, cuando los soldados comenzaron a recibir órdenes que no podían rastrear, comprendió que algo más profundo que la política se había activado.
La guerra no fue declarada; simplemente ocurrió. Las alianzas dejaron de ser confiables, las traiciones se volvieron norma y el campo de batalla ya no era un territorio sino la totalidad del planeta. Voss impulsó una estrategia silenciosa, una guerra sin firma, utilizando tecnología que nunca había sido reconocida oficialmente, artefactos capaces de interferir sistemas, alterar percepciones, sembrar caos sin dejar huella. Al-Nasir respondió con furia abierta, movilizando millones, convirtiendo la guerra en una liturgia, convencido de que el conflicto purificaría al mundo y consolidaría su visión. Entre ambos, millones murieron sin comprender por qué, soldados y civiles por igual, arrastrados por una corriente que no habían elegido.
Fue al principio una guerra de miedo y de suprimir la energía y el internet del otro, el que se consideraba enemigo.
Los peores enemigos son los hermanos y los primos hermanos.
Los reyes de la primera guerra mundial eran hermanos y primos hermanos y destruyeron su mundo.
Los primos hermanos hijos de David y de Saúl, descendientes de Adán y de Abraham por igual se odian a matarse, es cierto, son primos hermanos.
Fue en ese punto cuando apareció lo imposible. Luces en los cielos, estructuras que desafiaban toda lógica, desplazamientos que ningún radar podía seguir.
Primero uno inventó alienígenas para controlar y destruir por miedo.
Luego contrató verdaderos guerrilleros alienígenas y ellos contrarrestó los convenios secretos de la federación galáctica.
Ningún miembro o asociado puedo contratar guerrilleros de ningún planeta en contra de otro planeta o de su mismo planeta
Era una ley que tenía 296 millones de años terrestres.
Entonces si, intervino la confederación galáctica para acabar a las guerrillas de las estrellas, y como resultado la mortandad de los humanos se multiplicó escalofriantemente.
El mundo creyó ver lo que había temido durante generaciones: una intervención no humana. Voss no negó la narrativa; la aprovechó. Al-Nasir la interpretó como señal divina.
Ambos, desde su propia locura, alimentaron el engaño. Pero *Elías*, que caminaba entre ruinas y escuchaba a quienes habían visto de cerca esas manifestaciones, comenzó a sospechar.
No había voluntad externa en esos artefactos, había diseño humano, una simulación, un teatro construido para justificar lo injustificable. Era la gran mentira: la guerra necesitaba un enemigo superior para sostenerse, y ese enemigo fue inventado.
Desde entonces la tierra es solo un territorio semi libre asociado a la federación de galaxias.
Entonces ocurrió la ruptura. Un arma fue utilizada, no un arma convencional, sino algo que pertenecía a ese conocimiento prohibido que durante décadas había sido compartido bajo un pacto silencioso que nadie admitía pero todos respetaban. Voss cruzó esa línea, convencido de que la victoria justificaba cualquier medio. Y al hacerlo, activó una respuesta que no había previsto. No hubo advertencia ni discurso, solo presencia. Los cielos cambiaron, pero esta vez no como espectáculo sino como corrección. Aquello que había sido simulado fue reemplazado por algo real, algo que no necesitaba mostrarse para imponer su dominio. Los sistemas se apagaron, las armas dejaron de funcionar, las fuerzas que habían utilizado lo prohibido desaparecieron sin dejar rastro. Elías escribió en su cuaderno una sola frase: “No somos los dueños del tablero”.
Pero el daño ya estaba hecho. Al-Nasir, acorralado, ejecutó su último acto en el desierto, un gesto desesperado que desgarró la tierra y dejó una cicatriz visible desde el cielo. No fue el fin del mundo, pero fue suficiente para que el mundo entendiera que había estado al borde de su propia desaparición. La guerra, agotada, comenzó a morir, no por victoria sino por imposibilidad. Voss, debilitado, murió en medio del conflicto que había iniciado, no como mártir ni como héroe, sino como consecuencia lógica de su propia apuesta. Al-Nasir desapareció en el caos, su nombre convertido en eco de destrucción.
Lo que siguió no fue glorioso. Fue lento. Doloroso. Humano. Elías sobrevivió lo suficiente para ver el inicio de la reconstrucción, para ver a los mismos hombres que habían destruido ciudades levantar muros con manos temblorosas, para ver a los niños jugar entre escombros sin entender que ese paisaje había sido creado por adultos. Las monedas perdieron su valor simbólico, los sistemas de poder se disolvieron y los regímenes que habían sostenido la guerra se derrumbaron como estructuras vacías.
Pasaron años, luego décadas, luego siglos. El relato de la guerra se transformó en advertencia, luego en mito, luego en una memoria distante que sin embargo seguía influyendo en la forma en que la humanidad se organizaba. Durante casi dos mil años, la Tierra vivió en una paz imperfecta pero suficiente, una paz nacida no de la virtud sino del recuerdo del abismo. Elías no vivió para verlo completo, pero sus escritos sobrevivieron, y en uno de los últimos fragmentos dejó una reflexión que aún hoy se repite como un susurro entre quienes estudian aquellos tiempos: “No fue el cielo quien salvó al hombre, fue el instante en que comprendió que podía desaparecer”.
Y así, la historia quedó suspendida entre lo que fue y lo que pudo ser, entre la profecía y la advertencia, entre el miedo y la posibilidad, recordándonos que el fin no siempre llega como castigo, sino como consecuencia, y que la paz, cuando existe, no es un regalo, sino una decisión sostenida contra la propia naturaleza del hombre.
Este panorama frío y desolado está por venir
Así las profecías de Arturo David.








