Apunte diario sobre letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

Juan, el que busca a Dios cuando se esconde en el aire.

Cuento del humano ser al que le dicen "el loco" de San Andrés Huayapam, él no está loco, habita en la dimensión de dónde los hermanos perros pueden hablar con los hermanos hombres y amarse con el extraordinaria sentido de las flores.

Dicen en el pueblo que Juan está loco porque camina sin destino, como si lo empujara un viento que nadie siente. Yo no sé si está loco. Yo nomás lo he visto pasar muchas veces por la calle real de Huayápam, con los pies llenos de polvo y la mirada ida, como mirando algo que está más lejos que los cerros.

Juan casi no habla. Cuando lo hace, parece que las palabras se le caen de la boca, despacito, como semillas secas.

Juan sobrevive con una botella de Coca-Cola de 2 litros debajo de un inmenso y mugroso abrigo, sobretodo que guarda todos los recuerdos de las estrellas y es cómplice de cometas, brujas y fantasmas.

Juan habla el lenguaje universal de los hermanos perros, los parias del destino propietarios de aquello que no es propiedad ni de los hombres ni de los bancos: de la felicidad eterna, nada los ata,  callejeros famélicos que son los dueños mundiales de la riqueza, en su nada lo tienen todo: como Juan son libres, libres, libres, monarcas absolutos de la calle, el frío, el calor, las galaxias, la noche y el día

Juan solo se enoja cuando no le cooperas para su coca. Doña Chole, la del tendajón se la dispensa, aunque le pagué solo 5 pesos, porque sabe que para Juanito es una fortuna.

Juan no sabe contar aunque sabe el número exacto de átomos y galaxias. A Juan no le gustan el Gugar de grosella, porque sabe que no es bueno. La Coca-Cola también sabe, tiene vitaminas.

Vive con su tía Tomasa, allá por donde el camino se adelgaza y se vuelve puro tepetate. Ella dice que Juan nació en silencio, que ni lloró cuando lo sacaron al mundo, y que desde entonces se quedó oyendo cosas que los demás no oímos.

—No lo dejen solo —dice la tía— porque luego se me pierde siguiendo sombras.

Pero Juan siempre se las arregla para salirse.

A él le gusta vagar cuando la tarde empieza a ponerse amarilla y el aire huele a maíz cocido. Camina tocando las bardas con la punta de los dedos, como para asegurarse de que el pueblo sigue allí y no se lo han llevado mientras estaba distraído.

Una vez le pregunté qué buscaba tanto.

Me dijo:

—El ruido.

Yo no escuché nada, nomás los perros peleándose a lo lejos y el golpeteo de un telar.

—¿Qué ruido, Juan?

—Ese que suena cuando el mundo respira.

No le entendí, pero tampoco quise hacerlo enojar.

A Juan le da hambre a cada rato. No esa hambre de comida solamente, sino otra más honda, como si por dentro tuviera un hueco que no se llena nunca. Por eso mastica hojas de guaje, flores caídas o pedacitos de pan duro que guarda en los bolsillos.

La gente a veces le regala tortillas; otras veces le avienta miradas que pesan más que las piedras.

Pero él no parece darse cuenta.

Solo sonríe.

En la casa vive también Jacinta, la hija menor de la tía Tomasa. Ella es quien le habla con dulzura, quien le limpia la frente cuando vuelve sudoroso de tanto andar bajo el sol.

Juan la quiere mucho.

No lo dice, pero se le nota en cómo se le aquieta el cuerpo cuando ella está cerca.

Por las noches, cuando el viento baja frío de la sierra, Juan se sienta junto al fogón aunque ya no haya lumbre. Dice que las brasas apagadas todavía guardan memoria del calor.

—El fuego nunca se muere —murmura—. Solo se esconde.

A Juan le asusta la oscuridad completa. No la noche, sino esa otra oscuridad que le cae encima cuando se queda solo. Entonces aprieta los ojos y se agarra la cabeza con las manos.

Dice que oye pasos.

Dice que alguien lo llama desde abajo de la tierra.

Jacinta le dice que no haga caso, que son puros ruidos del campo acomodándose para dormir. Y se queda un rato con él hasta que el temblor se le va de los hombros.

Después Juan respira más parejo.

A veces habla del cielo como si ya hubiera estado allí.

—Allá no hay caminos —dice—. Todo es claro.

La tía Tomasa se persigna cuando lo oye.

Cree que tanta andanza le aflojó el juicio.

Pero yo pienso que Juan no está loco; nomás mira distinto.

El otro día lo hallaron parado en medio de la calle, bajo un aguacero que parecía querer deshacer el pueblo. No se movía. El agua le corría por la cara y él la probaba con la lengua.

—Es nueva —dijo—. Acaba de nacer.

Nadie supo qué contestarle.

Cuando pasa frente a la iglesia, se detiene largo rato sin entrar. Se queda viendo la puerta cerrada, como esperando que alguien salga a invitarlo.

—¿Por qué no entras, Juan?

—Porque Dios anda afuera —me respondió—. Se esconde en el aire para que lo busquemos.

Luego siguió caminando.

Siempre sigue caminando.

Dicen que un día se irá detrás de los cerros y no volverá, que se lo tragará el camino como se traga a los arroyos cuando llega la sequía.

Pero yo creo que no.

Creo que Juan es de esos que no pertenecen a un solo sitio, sino a todos los rumbos por donde pasa el viento.

Y mientras el pueblo duerme, todavía se oye a veces el arrastre de sus pasos, despacio, como si no quisiera despertar a la tierra.

Tal vez anda buscando ese ruido del que habló.

O tal vez —quién sabe— anda siguiendo el pulso invisible del mañana. Porque hay almas que no caminan perdidas: caminan adelantadas, oyendo primero lo que algún día aprenderemos a escuchar.

Juan sigue hablando con los perros de la calle, el hogar de Juan y de los perros, plaza eterna en dónde los humanos son los parias de a verdad.

*Fundación de letras hipnóticas AC quienes le invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, agradezco mucho su atención*©®