Arturo Vásquez Urdiales
El porqué del poeta, el porqué de las letras del Alma.
Para la escritora Marilú Amor, extraordinaria hermana en el trayecto del capítulo y la tinta.
Hay espíritus que no escriben: respiran en forma de palabra. Para escribir bien no siempre falta talento —esa brasa silenciosa que cada creador guarda en el pecho—, sino una tregua frente al río irrevocable del tiempo. El gran devorador es Cronos, que engullía a sus propios hijos por miedo a ser superado, del mismo modo en que las horas intentan devorar las páginas aún no nacidas. Pero en la memoria profunda de estas tierras arde otro custodio del instante: Xiuhtecuhtli, señor del fuego renovador, quien nos recuerda que todo momento, si es encendido por la conciencia, puede volverse eternidad.
Así camina el poeta —así caminamos todos— entre lo que perece y lo que se ilumina.
La escritura, sutil y extraordinaria, parece tejida con esa melancolía luminosa que los viejos románticos reconocían como patria del alma: un eco de Gustavo Adolfo Bécquer cuando hablaba con las golondrinas del recuerdo; un temblor de José de Espronceda al desafiar los mares interiores; la mirada humana de Benito Pérez Galdós ante el drama cotidiano; y la inteligencia ardiente de Emilia Pardo Bazán, que supo convertir la sensibilidad en pensamiento perdurable.
El sentido de la vida —como el de la escritura— acaso sea este: resistir al olvido. Las Letras Hipnóticas no nacen para llenar el silencio, sino para revelarlo; no buscan únicamente ser leídas, sino habitadas. Y quien escribe con verdad descubre, tarde o temprano, que no lucha contra el tiempo: lo transforma en memoria viva. Porque mientras exista una voz capaz de conmover la sombra, Cronos no habrá vencido del todo.
Escribimos para no disolvernos en el anonimato del viento; amamos para recordar que el corazón fue hecho no solo para latir, sino para reconocer otro latido y llamarlo hogar. Soñamos porque la realidad, sin ese fulgor invisible, sería apenas una piedra fría entre las manos. Y somos —misteriosamente somos— porque el universo, en su vasta noche, quiso pensarse a sí mismo a través de nuestra conciencia. Escribir, amar, soñar y ser no son actos distintos: son las cuatro llamas de una misma hoguera interior, el modo en que el alma se rehúsa a pasar por la tierra como un rumor pasajero y decide, en cambio, convertirse en huella de luz.
Soneto del regreso luminoso
El reto es la liebre, esa liebre que escapa, son las letras que se nos escurren en la palma de la mano, la hoja en blanco: el reto.
Amar la vida es cántico encendido,/
lira que al alba su temblor desata;/
es verbo fiel que en páginas dilata/
la eternidad de un sueño no vencido./
Es de la sombra antorcha y claro nido,/
pregunta azul que al infinito ata;/
es navegar, herido hacia Ítaca,
con fe de hallar lo eterno prometido./
La Gran Incógnita nos nombra y llama,/
como astro oculto en su fulgor primero;/
arde en el ser su silenciosa llama./
Y al retornar —peregrino y viajero—/
sabremos que la vida nos proclama:/
vivir fue amar… y amar, volver entero./
Gracias Marilu Amor por su paciencia
Régimen perfecto de bondad Y ciencia.
Arturo








