Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

El perro y la carreta

 

El hombre y el destino

 

 

Hay imágenes que no envejecen. No porque sean bellas, sino porque son verdaderas.

Una de ellas —áspera, casi cruel— es la del perro atado a una carreta que avanza sin pedir permiso.

 

La escena ocurre en un camino polvoriento, eterno, como si fuera el mismo sendero por donde han pasado todos los hombres desde que el mundo aprendió a girar. La carreta no se detiene. No pregunta. No explica. Simplemente avanza. El perro, atado por una cuerda breve, descubre pronto una verdad insoportable: no puede detenerla.

 

Esta imagen atraviesa la médula del estoicismo antiguo, atribuida a Zenón de Citio, repetida por discípulos, comentada por sabios, y finalmente heredada —como una brasa— por hombres como Séneca, Epicteto y Marco Aurelio. No siempre con las mismas palabras, pero sí con la misma gravedad.

 

La metáfora es simple, y por eso es peligrosa.

 

El perro tiene dos opciones.

 

 

 

I Resistirse.

Clavar las patas en el suelo. Tensar el cuello. Luchar contra la cuerda.

¿Qué ocurre entonces?

La carreta no se detiene. El perro es arrastrado. El polvo le entra en los ojos, la piel se abre, el miedo se vuelve rabia. Llega al mismo destino que estaba marcado… pero llega roto.

 

Así es el hombre que se rebela contra lo inevitable.

El que maldice el tiempo.

El que pelea con la pérdida.

El que se niega a aceptar una decisión ajena, una enfermedad, una vejez, un final.

 

No cambia el resultado.

Solo añade sufrimiento.

 

 

II Aceptar.

No como quien se rinde, sino como quien comprende.

El perro avanza. Camina. Olfatea el borde del camino. Ajusta su paso. No ama la cuerda, pero deja de odiarla. Conserva algo esencial: su dignidad.

 

Aquí está el corazón del estoicismo, tantas veces malentendido.

Aceptar no es resignarse.

Aceptar no es cruzarse de brazos.

Aceptar es entender qué parte del mundo no obedece a nuestra voluntad… y concentrar toda la fuerza del alma en aquello que sí nos pertenece: el juicio, la conducta, la mirada interior.

 

El destino —ese nombre antiguo para la suma de causas que nos preceden— no es un tirano caprichoso. Es una corriente. Quien nada contra ella se ahoga. Quien aprende a nadar, avanza.

 

Por eso la sentencia, atribuida al espíritu estoico más que a una pluma exacta, sigue resonando como un golpe seco:

 

 

El destino guía a quien lo acepta

y arrastra a quien lo resiste.

 

 

No es una amenaza.

Es una descripción.

 

 

III El hombre moderno se cree libre porque elige entre mil distracciones, pero se desespera cuando no puede elegir el resultado. Quiere controlar lo incontrolable: la opinión ajena, el pasado, la muerte, el azar. Y cuando no puede, se rompe.

 

Lo estoico no pide un mundo más dócil.

Pide un alma más firme.

 

Más el mundo no es Estoico.

 

Hoy es de cristal, la moda es ser más frágil, más sensible al sufrimiento, más cristal, más femenino. No crítico ese ser, Pero no es evolutivo biológico y menos en un mundo moderno extremadamente violento. Mientras la opinión pública aplaude ese cristal, los grupos de violencia ya sea crimen organizado, locos en el tránsito, histéricos colectivos, pedros y Pablos desquiciados y armados hasta los dientes, enagenados teológicos, revolucionarios trasnochados sin una causa real, violentos por alcoholismo o drogadicción, deprimidos y toda una fauna de "no tiene nada que perder" ejecutan a las personas sin freno moral alguno, igual matan por un celular que secuestran y torturan por unos cuantos pesos. El ser violento que reina se contrapone al ser de cristalito reinante en las redes y en la opulencia social y sensual.

 

Mientras más locos andan matando y robando más placentero es el ser humano fino, dócil, adorante de lo femenino, estéticamente impecable. En todos los estractos sociales he indiscutiblemente inútil.

 

Es por ello que la maldad lleva una terrible delantera. Nada tiene que ver las izquierdas y las derechas, es algo más siniestro: la frivolidad.

 

El pertenecer a lo fino es el borrego y el cordero para el Lobo de Gubia, con las fauces sedientas de sangre humana.

 

En ese tenor cualquier actividad de terrible violencia tiene como espejo contrario un gran segmento de la sociedad castratti de medio a medio=dirigido por la moda, la pasajera moda y el que dirán.

 

Triste destino que impregna el futuro con olor a muerte.

 

Desde la infancia enseñamos ahora a dos clases de infantes. Uno el infante violento incorregible, otro el infante de plástico, frágil, fácil de quebrar, inútil. Ambos son inmorales.

 

Antes de que el respetable grite: no tiene que ver con machismo o feminismo, tiene que ver con principios, el arco está roto y la cuna ha caído.

 

Un gran genio ha dirigido la ruptura social. Dirige la violencia y la fragilidad, esto puede dar como resultado ganancias ilícitas y clientelismo.

 

Pero yo no puedo y no se quien mese la cuna que queda, solo puedo decir: sálvese el que pueda.

 

(Soy poeta, no sociólogo y menos político y menos estadista, mi pobre destino es dedicarme a poetizar la filosofía, escribir _letras hipnóticas_ y libros de historia, novelas y cuentos, por ello convivo muy poco con mis semejantes y más con mis perritos.)

 

Séneca lo sabía: el dolor no nace del hecho, sino del combate inútil contra el hecho. Epicteto lo repitió con severidad: no son las cosas las que nos perturban, sino la forma en que las juzgamos. Marco Aurelio lo escribió para sí mismo, como quien se da órdenes en la noche: acepta lo que llega como si lo hubieras elegido.

 

 

IV Hoy, lector, no te pregunto por tu filosofía.

 

Te pregunto por tu cuerda.

 

¿Qué situación te está tensando el cuello?

 

¿Qué carreta ya se mueve mientras tú sigues plantando los pies?

 

¿Qué perderías si, por un instante, dejaras de luchar… y empezaras a caminar?

 

No todo puede cambiarse.

Pero todo puede atravesarse con dignidad.

 

El dolor no debe ser muerte.

 

El mundo está lleno de Pedros y Pablos, Pero también de Ángeles Guardianes. El estoicismo dicta aguantar la cuerda, el urdialismo moderno soportar, no claudicar y cambiar el destino, crecer, ser fuerte, caminar al cambio y encontrar la felicidad.

 

Creer en el Gran Creador, La Gran Incógnita, el Gigante Desconocido Todopoderoso, el Buen Dios, saber burlar las balas y por qué no, construir tu imperio ligero y libre de sangre.

 

Al final del camino, todos llegamos al mismo lugar que nos estaba asignado. La diferencia es íntima y decisiva: algunos llegan arrastrados, cubiertos de heridas inútiles; otros llegan de pie, con polvo en los pies, sí, pero con la cabeza en alto.

 

La pregunta no es si hay carreta.

 

La carreta siempre está ahí.

 

La pregunta es esta, y arde:

 

¿Eres el perro que se deja arrastrar por la vida

o el que aprendió a caminar con ella?

 

¿O quien supo quitarse la cuerda y dirigir la carreta?

 

Muy feliz domingo.