Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

La pequeña mota de polvo y el ruido de los tiranos

Un Rover de Marte capturó la Tierra, Júpiter y Venus juntos en una vista cósmica en el cielo marciano.

 

Esos somos nosotros a 225 millones de kilómetros de distancia.

 

Ahí caben todos los genios, todas las virtudes, todas las religiones, todos los dictadores y déspotas y todos los santos, todos los humanos cuyo corazón en algún momento latió sobre la faz del planeta tierra. Nunca nadie salió en verdad de aquí. 11 humanos llegaron a la luna, nada más.

 

La entrada es simbólica y conocida, solo entramos a este Planeta por el bendito vientre de Nuestras Madres.

 

Dónde están los tiranos y los Santos? todos caben en un pequeño puntito luminoso a 225 millones de Kilómetros.

 

Hace 36 años, en 1990, una nave obedeció una orden extraña: girar la cámara y mirar hacia atrás.

Desde el borde del sistema solar, la Tierra apareció como una mota de polvo suspendida en un rayo de luz.

La historia la contamos muchas veces —la atribuimos a Asimov, la meditó Sagan, la heredó la humanidad— porque no es una imagen: es una humillación cósmica del ego.

 

Hoy, desde Marte, a 225 millones de kilómetros, otro ojo metálico vuelve a mirarnos. Tres puntos brillan en el cielo marciano. Uno de ellos somos nosotros. Un punto apenas más insistente que el silencio.

 

Y desde ahí —desde esa distancia que despoja— uno se pregunta:

¿Dónde caben los dictadores?

¿En qué píxel del universo entra la soberbia del poder?

 

Ahí está Maduro, aferrado a un país exhausto, rodeado de amenazas de invasión, petróleo saqueado, hambre organizada, exilio como política de Estado.

Ahí está Cuba, donde la opresión envejeció y se volvió sistema, donde la libertad es un recuerdo contado en voz baja.

Ahí están las dictaduras africanas, bañadas en oro y coltán, donde la riqueza viaja en jet privado y la miseria camina descalza.

Ahí están las guerras del islam radical, las masacres sin nombre, la muerte ritualizada.

Ahí está Israel y Gaza, el dolor cruzado, la sangre antigua, la historia convertida en herida abierta.

Ahí está el hambre, ese dictador silencioso que no firma decretos, pero gobierna millones de estómagos.

 

Todo eso —el oro, los dólares, los misiles, los discursos— ocurre en un punto microscópico, visto desde un rover solitario en Marte, tan solo como muchos corazones humanos en la Tierra.

 

Las metáforas se multiplican:

el poder grita, el cosmos susurra.

el tirano acumula, el universo disuelve.

el despotismo pesa toneladas, pero no proyecta sombra fuera del planeta.

 

Desde Marte no se ven fronteras.

No se distinguen ideologías.

No se escuchan himnos.

 

Sólo se ve un punto frágil, luminoso, demasiado pequeño para justificar tanta crueldad.

 

Quizá por eso escribir sigue siendo un acto de resistencia.

Educar, también.

Recordar, siempre.

 

Porque cuando uno entiende que somos apenas una mota suspendida en un rayo de luz, el poder deja de parecer eterno y la dignidad se vuelve urgente.

 

Y entonces, desde esa lejanía absoluta, el universo nos hace la pregunta más incómoda y más justa:

 

¿De verdad valía la pena tanto odio para un punto tan pequeño?

 

— Letras Hipnóticas —