Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

 

SAN JUNÍPERO SERRA: EL FUNDADOR DEL CAMINO, EL QUE ENCENDIÓ LA LUZ DEL NORTE.

 

PADRE ESPIRITUAL Y MATERIAL DE LA ALTA CALIFORNIA.

 

A José Ignacio, hoy en su 24 Aniversario.

 

  1. Mallorca: el primer latido del peregrino.

 

Nació un día como hoy, un 24 de noviembre de 1713, en Petra, Mallorca.

 

Un Mallorquino Universal o de Mallorca (Baleares) a Hollywood.

 

La isla lo envolvía entre piedras rosadas, campos de cebada, olivos que parecían rezar bajo el viento y un Mediterráneo que a veces cantaba y a veces rugía. Ahí, donde la luz parece más antigua que el sol, Miguel Josep Serra creció entre la fe campesina de sus padres: Antonio Nadal Serra y Margarita Rosa Ferrer, dos agricultores de manos ásperas y corazón hondo.

 

Sería fraile franciscano a los dieciséis años, dejaría atrás su nombre y tomaría otro: Junípero, como aquel compañero alegre de San Francisco cuya vida era un acto puro de entrega.

 

Y sin embargo, en la historia profunda —esa que no escriben solo las plumas, sino los hilos invisibles del destino— ya ardía una llamarada: este joven mallorquín no estaba hecho para quedarse entre muros.

 

Tenía dentro el llamado de las distancias, el deseo de cruzar océanos, el impulso de sembrar en tierras que aún no lo soñaban.

 

Así comenzó la vida de un hombre que, dos siglos después, tendría su estatua en Washington, erguida como un puente polémico entre España, México y los Estados Unidos.

 

 

  1. El viaje hacia la Nueva España: un salto al vacío iluminado.

 

1749.

 

Junípero, ardiente de celo misionero, se embarca rumbo a Veracruz con otros veinte franciscanos.

Fue un viaje largo, crudo, plagado de mareas y de mañanas donde el horizonte se doblaba como una plegaria. Al pisar el puerto mexicano, no sabía que acababa de entrar a la historia como quien entra a una catedral sin darse cuenta.

 

La Ciudad de México lo recibe con sus mil olores: humo, maíz, incienso, herraduras, campanas. Y en ese torbellino encuentra el Colegio de San Fernando, verdadera fragua de misioneros. Ahí estudia, ahí madura su misión: evangelizar, enseñar, abrir caminos.

 

En 1750, sus pasos lo llevan a las montañas abruptas de la Sierra Gorda (Querétaro), donde otros franciscanos habían sido vencidos por el clima, la soledad y la resistencia de los pueblos originarios. Junípero se queda nueve años. Aprende dialectos, cultiva maíz, cosecha almas, construye templos de piedra y adobe.

 

Y algo más: se endurece.

Porque para llegar a donde él quería llegar —la frontera norte del mundo— hacía falta una fe que no supiera de cansancio.

 

III. La expulsión de los jesuitas y el nuevo destino

 

En 1767, Carlos III expulsa a los jesuitas.

Las Californias quedan vacías de misioneros.

Un territorio inmenso —poblado por indígenas, desierto en apariencia, lleno de caminos secretos y mares peligrosos— queda sin guía espiritual.

 

La corona mira a los franciscanos.

 

Los franciscanos miran a Junípero.

 

Y Junípero mira al norte, donde la bruma se abre como un libro no leído.

 

Con dieciséis frailes parte desde la Ciudad de México. Cruzan serranías, atraviesan tepuzcales, bajan a San Blas, embarcan.

 

Llegan a Loreto, la capital espiritual de la Baja California.

 

Desde ahí trazan el nuevo mapa del mundo.

 

Había comenzado la obra que lo convertiría en el padre del sistema misional de Alta California.

 

  1. Los pueblos que se volverían ciudades

 

Entre 1769 y 1782 fundó nueve misiones que más tarde se convertirían en el corazón de ciudades actuales.

 

Esos nombres —hoy atravesados por avenidas, autopistas, edificios y millones de habitantes— nacieron primero del sonido de una campana, de un adobe, de un fraile y de un pedazo de tierra labrado por manos indígenas:

 

San Diego de Alcalá (1769), semilla de la ciudad de San Diego.

 

San Carlos Borromeo de Carmelo (1770), en el hoy Carmel.

 

San Antonio de Padua (1771).

 

San Gabriel Arcángel (1771), núcleo primigenio del actual Los Ángeles.

 

San Luis Obispo de Tolosa (1772).

 

San Francisco de Asís (1776). Hoy ciudad de San Francisco y su gran bahía.

 

San Juan Capistrano (1776).

 

Santa Clara de Asís (1777).

 

San Buenaventura (1782).

 

¿Fundó Los Ángeles?

 

No como ciudad moderna. Pero fundó la misión que fue el germen del asentamiento que, con el tiempo, se transformaría en la megalópolis angelina.

 

Serra es, pues, “fundador espiritual y estructural” del tejido urbano californiano.

 

  1. Washington: la estatua y la grieta

 

¿Por qué su estatua está en Washington, en el Capitolio de los Estados Unidos?

 

Porque California lo eligió en 1931 para ser uno de sus dos representantes en el National Statuary Hall.

 

Porque la narrativa estadounidense del siglo XX lo veía como símbolo del “origen europeo de California”.

 

Porque su imagen encarnaba —en la mirada norteamericana— la fe, la expansión, el sacrificio.

 

Pero con el siglo XXI llegaron nuevas voces.

 

Donde unos ven un santo y fundador, otros ven al representante de un sistema que quebró culturas indígenas, sometió lenguas y extinguió pueblos enteros.

 

La estatua se volvió un espejo roto donde cada fragmento muestra una verdad distinta.

 

Como todo personaje histórico profundo, Junípero Serra habita entre la luz y la herida.

 

  1. El fraile que caminaba descalzo

 

Lo que nadie discute es su determinación.

 

Caminaba descalzo hasta sangrar. Se negaba a viajar a caballo cuando podía caminar.

 

Leía filosofía.

 

Enseñaba gramática.

 

Sabía cultivar y sabía rezar.

 

Sabía convencer, sabía mandar, sabía resistir.

 

En la Alta California fue fraile, gobernador espiritual, agrónomo, juez moral, constructor, catequista y, a veces, hombre de bruma que intentaba equilibrar un mundo que nacía entre espinas.

 

VII. El ocaso: una tumba frente al mar

 

Murió el 28 de agosto de 1784, de tuberculosis, en la Misión de San Carlos Borromeo.

 

Ahí descansa.

 

Ahí donde la neblina abraza los cipreses y el Pacífico ruge con la fuerza de un dios antiguo.

 

Su tumba es sencilla: tan sencilla como no lo fue su legado.

 

VIII. Epílogo hipnótico: el hombre, el tiempo y la sombra

 

Hoy, al recordarlo el 24 de noviembre, el mundo nos pide algo más que un homenaje: nos exige una mirada completa.

 

Porque la historia no es un óleo perfecto.

 

La historia es fuego y ceniza.

 

Es creación y pérdida.

 

Es un fraile mallorquín enseñando a cultivar trigo y un niño indígena que pierde su lengua para siempre.

 

Es la misión que florece y la cultura que se desvanece.

 

Es la estatua que se levanta y la estatua que cae.

 

Y aun así, en lo alto de la noche, como estrella que no se apaga, resuena su frase:

 

“Siempre adelante, nunca atrás.”

 

Que sea esa frase la brújula de este “Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas”: avanzar, sí, pero sin olvidar.

 

Caminar, sí, pero mirando las huellas.

 

Seguir, sí, pero sin cerrar los ojos ante el polvo que levantan nuestros pasos.

 

URDIALES Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC quienes le invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, agradezco mucho su atención. ©®