Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por el Dr. Arturo Vásquez Urdiales

 

General, no se le vaya a olvidar…

 

No hay registro oficial, ni carta de puño y letra, ni testimonio directo que pruebe esta historia. Y sin embargo —como sucede con los prodigios del alma popular— la verdad no siempre se escribe: se cuenta, se ríe, se recuerda. En Guaymas, Sonora, esta anécdota vive todavía entre los ecos del mar, en la plaza “13 de Julio”, donde el aire huele a sal y a bugambilia, y los pájaros cantan como si el tiempo nunca hubiera pasado.

 

Corrían los años veinte. El general Álvaro Obregón, ya el “Manco de Celaya”, visitaba con frecuencia el puerto. Lo hacía con la sencillez de un hombre que había visto arder medio país y ahora sólo deseaba caminar sin escoltas ni discursos. En Guaymas tenía compadres, amigos, y recuerdos. La gente lo saludaba con respeto y cierta timidez, como quien ve de cerca a un mito. Decían que su sola sombra imponía orden.

 

Aquel mediodía, bajo un sol que derretía los adoquines, Obregón se detuvo frente al parque “13 de Julio”. Los yucatecos —aquellos pájaros negros, gritones y desvergonzados— armaban un escándalo sobre los almendros. En las jardineras, el viejo placero don Alfredo Peralta regaba las flores, con el orgullo de quien cuida un pedazo de patria.

 

De pronto, un chiquillo descalzo, con un cajoncito de betunes atado con mecate, lo abordó con audacia:

—¡Le limpio los zapatos, mi general!

 

Obregón lo miró divertido. Era flaco, moreno, con un cabello indomable que parecía nido de golondrinas.

—A ver, muchacho, vamos viendo qué tal lo haces —dijo el general, y se sentó en una banca verde, de fierro fundido y alma vieja.

 

El niño se arrodilló con oficio. Sacó su trapo, su cepillo, y empezó la danza del betún. Los movimientos eran rápidos, seguros. No era un limpiabotas: era un artista de la sobrevivencia.

 

—¿Cómo te llamas, chamaco?

—Manuel, mi general… pero todos me dicen el “Greñas”.

—¿Y tu padre?

—Se murió. Y pos… me toca a mí mantener la casa. Mi mamá y mis dos carnales chiquillos.

—¿Y la escuela?

—La escuela es pa’ los que tienen pan en la mesa y zapatos sin agujeros.

 

Obregón sonrió. Sabía de hambres y de guerras. Aquella respuesta, más que una queja, era una sentencia.

 

Entonces, pasó corriendo otro bolerito, flaco como una vara y con el sombrero ladeado. Le dio un zape cariñoso al “Greñas” y gritó:

—¡No se te vaya a olvidar, “Greñas”!

Sin alzar la cabeza, el niño respondió, rápido como un rayo:

—¡Ni a ti tampoco, “Setagüi”!

 

Obregón arqueó las cejas, intrigado. Pero no dijo nada. Apenas se acomodó mejor en la banca.

 

A los pocos minutos, un bolerito más bajito, gordito y con una sonrisa de medio diente, se acercó meneando la cabeza con aire de complicidad:

—¡No se te vaya a olvidar, “Greñas”!

Y otra vez, la réplica:

—¡Ni a ti tampoco, “Uvari”!

 

El general soltó una risita. Pero aún no entendía la broma.

 

El “Greñas” seguía lustrando las botas con atención, mientras tres chamacos más se acercaban por turnos, como si fuera una ceremonia secreta.

 

Primero, un morenito bizco, que mascaba chicle y traía un pantalón remendado hasta en la esperanza:

—¡No se te vaya a olvidar, “Greñas”!

—¡Ni a ti tampoco, “Chimbilín”! —contestó sin levantar la vista.

 

Luego, una chiquilla flaquita, de trenzas despeinadas y mirada de gato montés, que lo dijo entre risas:

—¡No se te vaya a olvidar, “Greñas”!

—¡Ni a ti tampoco, “Pecas”! —replicó el muchacho, con un guiño apenas.

 

Y al final, apareció un último, descalzo, con una pelota vieja bajo el brazo, que cruzó corriendo la plaza y alcanzó a gritarle entre carcajadas:

—¡No se te vaya a olvidar, “Greñas”!

—¡Ni a ti tampoco, “Rengo”! —respondió el niño, ya entre divertido y fastidiado.

 

Obregón no pudo contener más la curiosidad.

—A ver, muchacho —dijo, con voz que mezclaba autoridad y picardía—, ¿qué diablos es eso que se dicen entre ustedes?

 

El niño bajó la cabeza, apenado.

—Es que… es una leperada, mi general.

—Anda, suéltala. Yo ya me sé todas las leperadas del mundo —le dijo Obregón, bajando la voz y guiñándole un ojo.

 

El “Greñas” respiró hondo, como si fuera a confesar un delito.

—Pues… es que cuando me dicen “no se te vaya a olvidar”, en realidad me están diciendo “no se te vaya a olvidar ir a chingar a tu madre”… y pos yo les contesto “ni a ti tampoco”.

 

Por un instante, el silencio se quedó colgado de las ramas. Luego, el general rompió a reír con una carcajada que estremeció el aire, los pájaros y hasta los cristales de la iglesia cercana.

 

—¡Ah, qué chamacos cabrones! —dijo entre risas—. Si así fueran todos los mexicanos, con esa lengua afilada, ya ni el destino nos fregaba.

 

Sacó del bolsillo del chaleco dos monedas de oro relucientes. Las puso en la mano del niño, que las miró como si fueran el sol.

—Esto no es limosna, muchacho. Es una inversión. Mañana mismo vas a ir a la escuela. Yo me encargo de tu madre, y tú te encargarás de aprender. Serás abogado o médico, pero de los buenos, ¿me oyes?

 

El “Greñas” no pudo hablar. Sólo apretó las monedas contra el pecho.

 

El general se levantó, se acomodó el sombrero, y echó a andar hacia la esquina, donde el mar empezaba a oler a despedida.

 

Entonces el niño, con los ojos húmedos y la voz que le temblaba entre la ilusión y la fe, gritó:

—¡General…! ¡General, no se le vaya a olvidar!

 

Obregón se detuvo. Giró despacio, con esa majestad de hombre que sabe que lo están mirando los siglos. El sol encendía su perfil como una moneda vieja.

 

Y entonces, con una sonrisa que era media burla y media promesa, respondió:

—¡Ni a ti tampoco, jijo de la rechingada!

 

Dicen los viejos que el eco de esa carcajada todavía vibra entre los almendros del parque.

Que, cuando el viento pasa, parece reírse solo, como si el alma del general siguiera ahí, recordándole al “Greñas” —y a todos los niños de México— que hay palabras que no se olvidan… porque llevan en ellas la dignidad de un pueblo entero.

 

Urdiales Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC quienes le invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, agradezco mucho su atención.