Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por el Dr. Arturo David Vásquez Urdiales

 

Demos gracias a la vida.

 

Hace un mes que partió mi madre.

Y aunque el alma se aferra a la razón —como si bastara el entendimiento para disuadir la tristeza—, el cuerpo habla en su idioma de fiebre y nostalgia. Nadie nos prepara para los silencios que deja el amor cuando se retira de este mundo. Nadie.

 

Creí que sería un duelo discreto, contenido, un eco suave de las despedidas. Pero el alma, esa vieja maestra, me recordó que el amor materno no muere: se disuelve en las arterias, se mezcla con el aire y se vuelve vida.

 

Por eso hoy, al filo de un nuevo amanecer, quiero dar gracias.

 

 

Por la vida

 

Por esta vida que nos hiere y nos acaricia, que nos confunde y nos levanta, que nos hace hombres y, en su infinita ternura, nos devuelve a niños.

Por el pan que se parte, por el agua que corre, por el aire que aún es nuestro.

 

Demos gracias por el cuerpo que siente, por el corazón que late sin permiso, por la palabra que nombra, por la mirada que encuentra.

 

A veces la vida no se entiende; pero basta un soplo, una canción en la distancia, un olor a pan recién hecho, para comprender que estamos dentro de un milagro que respira con nosotros.

 

 

Por la esperanza

 

La esperanza no es ingenuidad; es el arte de seguir creyendo aunque duela.

Es ese colibrí diminuto que desafía al viento, que bebe del fuego y del rocío sin temer la altura.

La esperanza es la mano que se alza cuando todo parece perdido, es el temblor de la fe cuando la razón calla.

 

Hoy, en la hondura del silencio, le agradezco a la esperanza su necedad divina.

Porque incluso entre la enfermedad y el miedo, ella me susurra: “Todavía hay luz, todavía hay camino.”

 

 

Por la salud.

 

Qué frágil y qué perfecta es la salud: ese equilibrio invisible que sólo notamos cuando falta.

Ella sostiene el canto de los días, la fuerza de las manos, el paso de los hijos que corren, el abrazo de la mujer amada.

 

Yo, que tuve que mirar al médico y escuchar mi propio cuerpo reclamar su paz, entendí que la salud no es sólo ausencia de dolor, sino presencia de gratitud.

 

Demos gracias por el pulso que insiste, por el sueño que repara, por el alma que aún sonríe a pesar de todo.

 

 

Por la belleza de lo invisible.

 

Demos gracias por el rocío que besa las flores, por los colibríes —esos guerreros diminutos— que anuncian la llegada del alma de los que amamos.

Por la música secreta del amanecer, cuando el mundo todavía no sabe que ha nacido un día nuevo.

 

Por la naturaleza que nos enseña a morir y a renacer cada ciclo, por el árbol que calla, por el río que nunca se repite, por el cielo azul —tan azul— que sólo puede ser oaxaqueño.

 

Y por Dios, que se asoma en los ojos de mis hijos, en la risa de mi esposa, en el gesto amable de un desconocido.

 

 

Por la humanidad doliente.

 

Hoy elevo una oración por todos los que lloran, por los que están enfermos, por los que han perdido el rumbo o el amor.

Elevo una oración por los que aún creen en la bondad, por los que dan sin ser vistos, por los que curan sin cobrar.

Por la humanidad doliente, que sigue caminando bajo el mismo sol, buscando —a veces sin saberlo— la mano invisible del consuelo.

 

 

Una nueva vida cada día.

 

Cada amanecer es una resurrección discreta.

Cada suspiro, un pacto con el universo.

No hay días iguales; sólo almas distintas que los habitan.

 

Hoy empezamos de nuevo la mitad que nos falta, la mitad que aún no ha sido escrita.

Empezamos, como todos los días, el viaje interior y eterno:

el de vivir, el de amar, el de comprender que la vida misma es un acto sagrado.

 

 

Epílogo.

 

Seamos felices, justos, libres.

Porque la justicia es una forma de amor, la libertad un modo de agradecer, y la felicidad, el lenguaje secreto de los que siguen creyendo.

 

Que este domingo sea un himno.

Que el aire nos bendiga.

Y que, donde quiera que esté mi madre —en la orilla de la eternidad o en el resplandor de una flor—, sepa que su hijo, el notario que escribe versos, sigue dando gracias a la vida.

 

Dedicatoria final.

 

En memoria de

Doña Oralia Urdiales Sánchez Cano (Q.E.P.D.)

madre amorosa, luz primera, jardín de mi infancia y raíz de mi fe.

 

Que su alma repose en el regazo del Creador,

y que su amor —convertido en viento, colibrí y aroma de bugambilia—

siga tocando mi frente cuando el mundo calla.

 

Agradezco al Universo, y a usted, querido lector, por volvernos a leer hoy y todos los días.

 

Muchas gracias por ser lector de "Letras Hipnóticas"

 

Comenzamos.