Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

 

Alexander Fleming y Winston Churchill: la fábula, la verdad y el destino

  1. La fábula con redobles y guirnaldas

 

Cuentan los juglares digitales —y lo repiten las redes como eco de campanas lejanas— que un niño llamado Winston se hundía en aguas traicioneras, entre juncos y fango, tamborileando el corazón como redoble de guerra. Iba a perecer, pero una mano campesina emergió de la bruma: la de un hombre humilde de apellido Fleming.

 

Guirnaldas de destino coronan este relato: el Padre de agradecido por la vida de su hijo pagaría los estudios de Fleming hasta convertirlo en doctor y aquel niño salvado se convertiría en Churchill, el león que rugió contra Hitler, y el hijo del campesino sería Alexander Fleming, el descubridor de la penicilina, quien años después salvaría al ya anciano Winston de la muerte en un hospital.

 

La historia vibra como un himno: reciprocidad perfecta, justicia del destino, agradecimiento inscrito en el aire. Así se canta en mil versiones, con tambores que retumban y flores que caen sobre la escena como guirnaldas de eternidad.

 

— No, pos lindo. ¿No?

¡Pues no!

 

  1. La verdad despojada de ornamentos

 

Pero la historia, aunque hermosa, no es cierta.

 

Ningún archivo, ninguna memoria ni documento de época sostiene que el joven Churchill haya sido rescatado de niño por un campesino de apellido Fleming. Tampoco hay constancia de que su padre financiara los estudios de Alexander Fleming. Ambos nacieron en lugares distintos, con infancias separadas por geografía y circunstancias: un aristócrata británico y un muchacho escocés de familia trabajadora.

 

Tampoco es cierto que Churchill haya sido salvado por la penicilina. Cuando enfermó gravemente en 1943, durante la campaña del Norte de África, lo que se usó para tratarlo fueron sulfonamidas, un antibiótico anterior a la penicilina, entonces aún en producción experimental y limitada.

 

La fábula, por tanto, se derrumba como castillo de naipes. Pero no debemos sentir desilusión: al contrario. Más grande que el mito es la verdad, pues nos enseña que la gloria no necesita inventarse lazos fraternales donde no los hubo: basta con lo que realmente hicieron para cambiar el mundo.

 

III. La historia real de dos gigantes

 

Alexander Fleming

 

Nacido en una granja de Escocia, de origen humilde, Alexander Fleming creció entre campos y horizontes abiertos. Su curiosidad lo condujo al estudio de la medicina. En 1928, en su laboratorio del St. Mary’s Hospital de Londres, descubrió, casi por azar y con el ojo atento de un espíritu científico, que un moho —Penicillium notatum— inhibía el crecimiento de bacterias.

 

Ese hallazgo abrió la era de los antibióticos. Su contribución no fue inmediata, pues durante años la penicilina quedó como curiosidad de laboratorio, hasta que en la Segunda Guerra Mundial otros científicos la lograron producir a escala industrial. Con ello, millones de soldados y civiles fueron salvados de infecciones que antes eran mortales. Fleming cambió la medicina para siempre.

 

Winston Churchill

 

Hijo de la aristocracia británica, forjado en internados y campos de batalla, Winston Churchill llevó en su voz la resonancia de los antiguos oradores y en su cigarro la terquedad de los viejos guerreros. Fue soldado, periodista, ministro y, finalmente, Primer Ministro en los años más oscuros del siglo XX.

 

Cuando Europa temblaba bajo las botas nazis, Churchill se convirtió en la roca donde naufragaban los miedos. Con su verbo ardiente sostuvo la resistencia británica en 1940, cuando todo parecía perdido. Fue el hombre que encendió la fe en que la libertad podía sobrevivir a la sombra del fascismo.

 

Epílogo

 

El mito que une a Fleming y a Churchill es bello, pero es apenas un espejismo. La verdad es más luminosa: cada uno, desde su propio ámbito, cambió el curso de la humanidad.

 

Fleming, con la ciencia que devolvió la vida a los cuerpos vencidos por la infección.

 

Churchill, con la palabra y el coraje que defendieron la dignidad de la civilización frente a la barbarie.

 

No fueron hermanos de infancia, ni se cruzaron en milagros ocultos: fueron hermanos en destino, porque ambos, cada cual desde su trinchera, sostuvieron al mundo en pie cuando la sombra amenazaba con cubrirlo todo.