Por Arturo Vásquez Urdiales
“J’accuse…!”( * )
En la indolencia: La noche negra del notariado oaxaqueño y la mesa de la concordia.
Hay momentos en la vida en que la palabra ajena, lanzada como piedra ligera, pretende herir el cuerpo pero termina revelando la desnudez del alma. Hace unos días, en un rincón digital donde los notarios del estado se reúnen, la sombra de la burla cayó sobre mí: lo menos que se me dijo fue “gordo”.
La ofensa parecería trivial, un simple juicio sobre la carne, un golpe fácil contra la apariencia. Pero las palabras, cuando nacen de la ingratitud y la desmemoria, pesan más que la enfermedad, más que la vejez, más que la gordura o la delgadez. Porque no hieren el cuerpo, sino la historia compartida, la lealtad que alguna vez existió, la amistad que se ofreció sin condiciones.
Recuerdo, y lo escribo no para reclamar sino para dejar constancia: hace diecisiete años, yo tendí la mano. El gobernador de aquel tiempo no tenía ojos o reflexión sobre el hoy anciano notario. Mi intervención en pro permitió el nombramiento en un notario auxiliar y un posterior nombramiento: llegó a ser subsecretario de administración, gracias a la intercesión que con afecto realicé. ¿Que obtuve? Satisfacción del alma. De allí para el, florecieron otras oportunidades que le permitieron abrir camino, hacerse de mas cargos, fortuna y voz. Yo quise, simplemente, amistad y respeto.
Hoy, cuando la ingratitud se disfraza de ligereza y la burla se confunde con humor, no me cabe otra salida que la reflexión. Porque si yo respondiera con la misma moneda, llamándole con calificativos hirientes, ¿qué ganaría? Nada. Al contrario, me perdería yo mismo en el mismo fango que condeno. Dejaría de ser el humano que he luchado por ser.
La lección de la vida
El valor de la existencia no se mide en kilos ni en arrugas. Se mide en actos de bondad, en favores otorgados, en la palabra dada y cumplida. Yo he estado allí para el y para muchos, muchos, cuando me pidieron ayuda con escrituras de familiares, con poderes urgentes, con gestiones difíciles. Siempre respondí. Siempre tendí la mano. Y lo seguiré haciendo.
Por eso digo: la vida a veces no paga en la moneda que damos. Pero la grandeza consiste en seguir siendo humano, aun cuando los demás olviden. Aún con vientos de huracán, aún con tormentas, así sean estas las del alma sufriente.
La mesa del canibalismo
Lo triste es constatar que en el gremio notarial —ese que debería ser sinónimo de fe pública, de concordia y de altura moral— reina muchas veces la sospecha, la envidia, el resentimiento. El notario teme al notario, como si la clientela fuese botín de guerra. Cómo si el oficio fuerte un campo minado, un campo de batalla. Y en esa guerra se siembran pleitos, se incita a litigios, se busca la ruina del colega.
Yo a esto lo llamo la mesa del canibalismo. Nos sentamos todos juntos, pero no para compartir el pan, sino para despedazarnos en silencio, con la falsa sonrisa del protocolo y el cuchillo escondido en el bolsillo.
Que digo cuchillo, una granada de fragmentación, un Little Boy, y el escenario es Hiroshima.
La noche negra del notariado
Que nadie se queje entonces de la decadencia. La corrupción moral no viene de fuera: la llevamos dentro. La fe pública se oscurece no por decreto, sino por el reflejo de nuestras almas, que muchas veces se vuelven negras cuando el interés personal se coloca por encima de la fraternidad.
Hoy lo digo con tristeza y también con valentía: vivimos la noche negra del notariado oaxaqueño: lo redactan con letras de oprobio la desunión, la discordia, el odio, la afrenta, la calumnia. Y mientras esa sombra no sea reconocida, no habrá amanecer posible.
Una convocatoria a la concordia.
Sin embargo, no escribo solo para lamentar. Escribo para convocar. Que esta herida se vuelva palabra y esta palabra, semilla. Que nos reunamos no en la mesa del canibalismo, sino en la mesa de la concordia.
Que allí no importe quién tiene más clientela, más peso o menos, más edad o menos. Que importe, en cambio, quién tiene más bondad en el corazón, más capacidad de solidaridad con la humanidad doliente, más respeto por la diferencia.
Si alguien me llama “gordo”, que lo diga. Yo, en cambio, le responderé con silencio y con respeto. Porque la libertad incluye también el derecho a ser como uno quiera ser, delgado o robusto, enfermo o sano, alto o bajo. Puedes ser jirafa si lo deseas, así lo marca la ley. Son derechos humanos de nueva generación: el derecho a ser uno mismo, sin burla, sin juicio, sin condena.
Lección final
Hoy la lección de honor es clara:
No seamos verdugos de nuestros propios colegas.
No usemos la palabra para herir cuando puede servir para edificar.
No olvidemos que la fe pública que representamos debe ir acompañada de fe en el ser humano.
Yo lamento lo sucedido, sí. Pero lo transformo en estas líneas, que no buscan venganza sino enseñanza.
Que esta columna sea espejo para quienes quieran verse en él, y que cada cual decida si quiere seguir viviendo en la noche negra del notariado o sentarse, por fin, en la mesa igualitaria del amor.
La concordia verdadera nace cuando dejamos la mesa del canibalismo y abrimos la mesa del amor, donde cada diferencia se honra como reflejo divino compartido.
Recién falleció un colega. No ví esquelas. Vi indiferencia, duda, señalamiento. En la vida y más en la muerte merecemos respeto: notarios, policías, fiscales, diputados, carpinteros, herreros, extraños y gentiles.
Alabo la diferencia. Respeto la diferencia.
He dicho.
“*Dreyfus y yo acuso” se refiere al caso Dreyfus, la injusta condena del capitán Alfred Dreyfus en 1894, y a la célebre carta abierta “J’accuse…!” (“¡Yo acuso!”) escrita en 1898 por Émile Zola para denunciar la injusticia y el antisemitismo que rodearon el caso.








