Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

El lobo del hombre: el ominido que inventó a Dios y olvidó el libro.

 

Hay que volver a la imagen primera: una diminuta mota de polvo suspendida en un rayo de luz. Carl Sagan la vio desde los confines del sistema solar y nos recordó que todo lo que somos —nuestra historia, nuestras glorias y miserias, nuestros ejércitos y amores— cabe en ese puntito pálido, perdido en la oscuridad cósmica. Pero a veces sospecho que ese punto no es más que un electrón en un átomo inconcebible, y que nosotros, Homo sapiens, apenas somos un instante en la respiración de un universo que no nos necesita para seguir existiendo.

 

Bajamos de una rama hace unos 300 000 años, en la vasta sabana africana, y aprendimos a encender fuego, tallar piedra, cazar, reunirnos y hablar. Según Yuval Noah Harari, nuestro salto no fue solo biológico: fue cognitivo. Creamos ficciones colectivas —dioses, clanes, leyes, mitos— para cooperar más allá de los lazos de sangre. Allí comenzó la civilización, allí se inventó el libro sagrado y la palabra escrita, allí el espíritu humano se erigió como arquitecto de su destino.

 

Pero algo se quebró.

Desmond Morris, en El zoo humano, nos advierte que las ciudades modernas son jaulas amplias: espacios de hacinamiento mental donde las tensiones, la competencia y el aburrimiento nos devuelven, bajo piel de civilización, a la conducta de animales confinados. En vez de forjar ciudadanos libres y pensantes, cultivamos habitantes distraídos, saturados de estímulos vacíos, prisioneros de pantallas que no iluminan sino que ciegan.

 

Hoy vivimos bajo un nuevo tipo de opresión: la esclavitud invisible de las redes sociales mal intencionadas, ese imperio global de algoritmos que, como en La rebelión de los brujos de Pauwels y Bergier, parece manipular la mente colectiva hacia la superstición, la fragmentación y la violencia. Las cifras son tan brutales como silenciosas: en ciertos hogares privilegiados se enseña a leer 9, 15 o hasta 24 libros al año, mientras millones de niños y adolescentes en todo el mundo llegan a la adultez sin haber leído siquiera uno… pero sumando 3 650 horas anuales en redes o basura digital.

 

Hemos sustituido la biblioteca por el flujo interminable de imágenes instantáneas; hemos dejado de escuchar el murmullo de los libros para someternos al zumbido constante del aparato. Alexis Carrel, en El hombre, ese desconocido, alertaba que los progresos técnicos no bastan para mejorar al hombre si no se cultiva su espíritu. Y hoy, en esta época que se proclama hiperinformada, la ignorancia se multiplica con la velocidad de un virus.

 

El resultado está frente a nosotros: sociedades cada vez más violentas, irresponsables, bárbaras, incapaces de sostener el debate sin que aflore el insulto; multitudes que olvidan que la lectura no es un lujo, sino la condición de toda ciudadanía libre.

Thomas Hobbes ya lo había dicho: “El hombre es el lobo del hombre”. Y en este siglo XXI, ese lobo se ha armado de tecnologías que, en lugar de liberarlo, lo vuelven más dócil ante la propaganda y más feroz con su prójimo.

 

Mientras tanto, en otro rincón de la historia, los archivos del Proyecto Libro Azul nos recuerdan que, incluso en plena era nuclear, hubo gobiernos que buscaron en el cielo respuestas que no encontraban en la Tierra. Los ovnis —resueltos o inexplicables— se convirtieron en la metáfora de nuestra ansiedad colectiva: un anhelo de salvación externa que nos dispense de la tarea más dura, la de reconstruirnos como especie desde adentro.

 

No todo está perdido. Aún hay manos que colocan adobes en la gran construcción del espíritu humano: maestros, padres, bibliotecarios, escritores y lectores que, contra la corriente, siguen transmitiendo el fuego de la palabra. Si el Homo sapiens ha de sobrevivir a sus propias invenciones, será gracias a esa resistencia silenciosa: abrir un libro, cerrar la pantalla, leer en voz alta, pensar.

 

Llamado final a la civilidad:

Que este sea un manifiesto para recuperar la condición humana. Que sepamos que el imperio de la mente es más grande que cualquier imperio de mercado. Que la próxima vez que miremos esa mota de polvo cósmica, podamos decir que en ella habita una especie que, habiendo creado dioses y demonios, decidió al fin ser digna de su propia inteligencia.

 

— Urdiales Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC