Por Arturo David Vásquez Urdiales
Carranza y Cárdenas: dos caminos, una traición y la historia que aún duele
- La memoria de los hombres altos: Carranza
Venustiano Carranza Garza nació el 29 de diciembre de 1859 en Cuatro Ciénegas, Coahuila, en una familia de hacendados con sentido de orden y justicia. Era un hombre físicamente imponente: 1.98 metros de estatura, de barba y bigote blancos Carranza y Cárdenas: dos caminos, una traición y la historia que aún dueleque parecían enmarcar una determinación férrea. Su mirada no era la del caudillo impulsivo, sino la del estadista que cree en el poder de la ley.
Desde joven se inclinó por la política, ocupando cargos locales hasta convertirse en gobernador de Coahuila. Fue este puesto el que lo catapultó al escenario nacional cuando se levantó contra el golpe militar de Victoriano Huerta en 1913, tras el asesinato de Francisco I. Madero.
Carranza no se presentó como un libertador romántico, sino como el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, un hombre que creía que el Estado debía renacer sobre cimientos legales, no sobre la mera fuerza. Con Álvaro Obregón como brazo militar, logró derrotar a Huerta en 1914.
La Constitución de 1917: un sueño adelantado
El mayor legado de Carranza fue la Constitución de 1917, elaborada en Querétaro, una carta magna que por primera vez en el mundo reconocía:
Derechos laborales (jornadas de 8 horas, derecho a huelga, salario mínimo).
Derechos agrarios (reparto de tierras, fin de latifundios).
Derechos sociales (educación laica y gratuita).
Fue un documento tan avanzado que inspiró a constituciones europeas y latinoamericanas posteriores. Sin embargo, Carranza era un hombre del siglo XIX con un sueño del siglo XX: la transición del caudillismo a un Estado de derecho.
- Tlaxcalaltongo: el hombre y la traición
En 1920, Carranza intentó entregar la presidencia a Ignacio Bonillas, un civil sin base militar, con el propósito de acabar con la política de generales armados controlando el país. Esto provocó la ira de Plutarco Elías Calles y Álvaro Obregón, quienes tenían sus propios planes de poder.
Cuando Carranza salió de la Ciudad de México, huyendo hacia Veracruz con un pequeño grupo de fieles, abandonó el tren presidencial al ver que las vías habían sido tomadas. Internarse por la sierra era su única opción. El viaje fue un descenso hacia la historia negra: caminatas agotadoras, traiciones en cada pueblo, la sensación de que la muerte lo seguía.
La noche del 21 de mayo de 1920, en una choza de Tlaxcalaltongo, mientras dormía con la tranquilidad que da el cansancio extremo, un jefe político y militar del norte de Veracruz entró con una pistola Luger alemana y disparó cinco veces: tres balas en la nuca, dos en los pulmones.
Carranza, el hombre de la Constitución, murió traicionado, asesinado como un bandido, no como un presidente en funciones. Todo México lo supo, todo México lo comentó en voz baja, pero la historia oficial lo redujo a una línea seca en los libros de texto: “Murió en Tlaxcalaltongo”.
La orden venía de arriba, de los arquitectos del poder de entonces: Calles y Obregón. El magnicidio fue el precio que pagó por intentar sustituir el caudillismo por el constitucionalismo.
III. Lázaro Cárdenas: el hombre del silencio y el exilio de Calles
Lázaro Cárdenas del Río nació en 1895, en Jiquilpan, Michoacán. De origen humilde, se unió temprano a la Revolución, siendo parte de las fuerzas constitucionalistas. Subió peldaño por peldaño hasta llegar a la presidencia en 1934, convirtiéndose en el último militar revolucionario que ejercería el cargo con legitimidad amplia.
Su gobierno se recuerda por la expropiación petrolera de 1938, la reforma agraria, el reparto de tierras y el asilo a miles de refugiados republicanos españoles. Pero también se recuerda por un gesto político singular:
El 10 de abril de 1936, Cárdenas ordenó el exilio de Plutarco Elías Calles, quien había controlado la política mexicana a través del Maximato. Calles, el mismo que había avalado la muerte de Carranza, salió humillado, en un avión Douglas rumbo a San Antonio, Texas.
Cárdenas justificó el acto diciendo que no habría más “jefes máximos” en México. Fue su forma de romper con la vieja política de caudillos, pero también una muestra de que la ambición de poder siempre encuentra nuevos dueños.
- Dos historias entrelazadas
Carranza murió por querer limitar el poder de los generales. Cárdenas se consolidó porque aprendió la lección: el poder se ejerce sin rivales.
Carranza murió en una choza humilde, traicionado por sus propios soldados.
Cárdenas murió en su cama, con honores de Estado, pero su carrera comenzó con el silencio cómplice de aquel crimen político.
La historia de estos dos hombres no es paralela, sino cruzada: uno sembró el constitucionalismo, el otro cosechó poder con reformas sociales. Ambos dejaron huella, pero con destinos diametralmente opuestos.
- El eco en el México actual
Hoy, mientras una nueva presidenta gobierna un país que sigue buscando equilibrio entre poder político y legalidad, esta historia debería ser leída y releída. No como un ataque ni como un paralelismo forzado, sino como un espejo de la conducta humana:
La traición como herramienta política.
La ambición disfrazada de ideal.
La memoria manipulada según la conveniencia del momento.
Como escribí en mi obra Las Leyes del poder para gobernar en un México sin Ley (disponible en Amazon), los patrones de poder se repiten cuando la historia no se asume en toda su crudeza.
- La leyenda de Tlaxcalaltongo (versión popular)
Dicen los pobladores que aquella noche de mayo el viento soplaba con un quejido extraño, como si la montaña supiera el crimen que estaba por ocurrir. Carranza había dejado el tren presidencial varado, un monstruo de acero inútil ante las vías tomadas, y caminó entre barrancas y lodo hasta llegar a la choza de madera donde pasaría su última noche.
Los soldados, fatigados y con hambre, dormían dispersos. Afuera, el jefe militar asignado para “custodiarlo” afinaba su pistola Luger, un arma que no era mexicana, sino alemana, adquirida en el mercado negro de la posguerra europea. La orden era clara: eliminarlo.
Carranza se recostó sobre un catre de madera, aún vestido, porque la tensión no lo dejaba despojarse del todo. En su bolsillo, un ejemplar gastado de la Constitución de 1917. Cuando el sueño lo venció, llegó la traición.
Cinco disparos. Tres en la nuca, dos en los pulmones. El eco de los balazos rebotó en las montañas. Algunos soldados despertaron, pero ninguno se movió. La orden venía de muy arriba: de Calles y Obregón, que ya se repartían el poder del México posrevolucionario.
Al amanecer, el cuerpo de Carranza fue bajado de la sierra, envuelto en un petate, como si fuera un desconocido. Solo algunos pobladores, al verlo pasar, murmuraron: “Mataron al Presidente”. Y esa frase, con el tiempo, se volvió leyenda: “Lo mataron dormido, lo mataron por la espalda, lo mataron por la ley”.
VII. Un llamado a la memoria viva
Esta columna no busca reescribir la historia con resentimiento, sino con dignidad. Lo que pasó en Tlaxcalaltongo no debe ser ocultado detrás de placas oficiales o billetes retirados de circulación. La historia oficial calló, pero el pueblo no: “todo el mundo lo sabe, menos la historia oficial”.
Propuesta:
Convertir la choza de Tlaxcalaltongo en un monumento nacional, al estilo de cómo Estados Unidos preserva cada sitio de sus presidentes caídos.
Erigir una estatua de bronce en la capital que recuerde a Carranza como el padre del constitucionalismo moderno.
Incluir en la enseñanza pública esta historia sin censura, como ejemplo de lo que ocurre cuando el poder se ejerce sin respeto a la ley.
Conclusión
México tiene una deuda con Venustiano Carranza: la deuda de la memoria. Y tiene un espejo en Lázaro Cárdenas: el hombre que, aprendiendo del destino de Carranza, supo usar el poder sin rivales y hasta desterrar a su propio mentor, Calles, en un avión Douglas rumbo a San Antonio, Texas, un 10 de abril de 1936.
Esta no es solo una lección política; es una advertencia: los proyectos de nación dependen tanto de la visión como de la integridad de quienes los llevan a cabo. El poder sin contrapesos suele terminar, tarde o temprano, en traición.
Por eso, a la actual presidenta, este humilde columnista le recomienda:
Lea y relea esta historia. No como un espejo de su tiempo, sino como una herramienta para comprender la conducta humana y preservar la historia, por dolorosa que sea.
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