Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo David Vásquez Urdiales

 

12 de julio de 2025

12 de julio de 1990.

 

“De la tinta que envejece con dignidad”

Hace exactamente treinta y cinco años, en un día como hoy pero de 1990, se publicó en el periódico Noticias una columna mía titulada “A cada quien…”. Un texto mecanografiado con el cuidado de quien aún se asombra del sonido metálico de las teclas y la promesa vibrante de la palabra impresa. Tenía entonces veintidós años de edad, egresado fresco, fogoso, idealista… aún con el eco de los libros recién leídos y el corazón lleno de jurisprudencia, ética y utopía.

 

Hoy, en 2025, tengo cincuenta y siete años, y releo ese texto rescatado del desván, con su tinta sepia, sus acentos fugados por el rodillo de la máquina, y sus palabras encendidas con la pasión de un joven abogado que ya quería cambiar el mundo. La columna abordaba la instalación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos bajo la presidencia del Ministro Jorge Carpizo McGregor. Aplaudía la esperanza de una nación que comenzaba a mirar hacia el espejo de sus heridas con algo de responsabilidad institucional. Denunciaba las violaciones sistemáticas a los derechos fundamentales, las omisiones de jueces de amparo, el cinismo de ciertas autoridades. Yo era joven, pero ya intuía el tamaño de la sombra.

 

Hoy, treinta y cinco calendarios después, esa sombra ha mutado. Ya no es solo la violación tangible de una garantía; ahora es la sofisticación del control, el algoritmo disfrazado de eficiencia, el Estado que lo ve todo pero que no se ve a sí mismo. El país ha cambiado. Ya no es el México de Salinas ni el de Zedillo, ni siquiera el de Fox, Calderón o Peña Nieto. Hoy vivimos el epílogo de la cuarta transformación, y quizás el preámbulo de una quinta, todavía indefinida, aún en ciernes. El ciudadano ya no se enfrenta a la dictadura de los uniformados sino a la dictadura de los datos: la CURP biométrica, la Plataforma Única de Identidad, la vigilancia en tiempo real.

 

Y sin embargo, algo permanece.

 

Permanece el dolor de las madres buscadoras, la impunidad que no se reforma, el abogado que aún cree en la justicia como quien cree en una virgen sin templo. Permanece el valor de la escritura como lanza en medio del tedio y el miedo.

 

Al releerme, no puedo evitar sonreír. El joven de 1990 escribía con un tono serio, jurídico, firme. Yo —el de hoy— escribo con un tono más poético, más lírico, tal vez más sabio… o simplemente más dolido, chance más madreado.

 

¿Acaso aún soñamos?

 

¡Si!

 

He aprendido que la verdad no es una sentencia, sino una búsqueda. Que el derecho sin compasión es puro silogismo. Que la vida es demasiado breve como para dejar de decir lo que el alma nos dicta.

 

Hoy, las columnas no se imprimen en papel periódico; se publican en plataformas, se comparten en redes, se comentan con emojis. Pero el fondo, querido lector, sigue siendo el mismo: que haya justicia. Que no se repitan los actos violatorios, que el amparo no sea papel mojado, que los derechos humanos no dependan del humor del gobierno en turno.

 

Treinta y cinco años después, sigo escribiendo. Mi letra ha envejecido como el vino que se guarda para las noches que duelen o las que iluminan. Sigo creyendo que escribir es una forma de ejercer la libertad, y que denunciar sigue siendo un acto sagrado.

 

En aquel entonces, firmé “A cada quien…”. Hoy firmo con plena conciencia:

 

A todos, lo que es de todos. A la patria, su memoria. Al lector, la llama.

 

Arturo David Vásquez Urdiales

Desde Letras Hipnóticas, julio 12 de 2025

 

Urdiales Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC quienes le invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, agradezco mucho su atención