Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

 

Los cuentos de Mamá Oca II: El polvo de oro que queda en los zapatos

 

En los cuentos de Perrault hay un resplandor que no envejece. Su tinta, aunque escrita en el siglo XVII, parece haber sido extraída de una estrella fugaz atrapada entre encajes de enciclopedias y sonrisas infantiles. Hoy, en esta segunda entrega, recorremos cuatro joyas que no solo han sobrevivido al tiempo, sino que lo han cincelado con sus huellas: Cenicienta, Pulgarcito, Riquete el del Copete y Las Hadas.

 

Son cuentos con aroma de ceniza, eco de pisadas mínimas, palabras que florecen bajo tierra. Cuentos donde el destino se viste de mendigo y el corazón se mide no por su tamaño, sino por su resistencia. Son, en suma, los retratos más íntimos del alma que lucha sin perder su ternura.

 

Cenicienta o el triunfo del alma silente

 

Cenicienta no habla mucho. No hace escándalos. No pide. Solo espera y trabaja.

 

Y sin embargo, es la reina de la historia.

 

Su madrastra la condena al polvo y al olvido. Sus hermanastras la visten de harapos y la encierran en una esquina del hogar, como si quisieran borrarla del mundo. Pero la virtud verdadera es invencible, y su humildad, como semilla enterrada, germina en un jardín de maravillas.

 

El hada madrina no es solo una entidad mágica, sino una alegoría de la gracia que llega a quienes no han dejado de creer, ni siquiera en la oscuridad.

 

Perrault, tan elegante como incisivo, dibuja con agudeza esa noche del baile donde los zapatos de cristal reemplazan a la armadura y el baile se convierte en ritual de ascenso del alma. Pero no es el vestido ni el carruaje lo que la hace distinta. Es su luz.

 

Y cuando la hermana orgullosa le pide ayuda para calzar el zapato, ella —sin rencor— la auxilia. Entonces Perrault, entre líneas, nos dice:

 

LA VERDADERA REALEZA ES SABER PERDONAR.

 

Esta Cenicienta no es sólo princesa. Es símbolo de la dignidad invencible del corazón que nunca se endurece.

 

Pulgarcito o la inteligencia que camina descalza

 

Pulgarcito es el más pequeño de siete hermanos. Nadie lo escucha. Nadie cree en él. Y sin embargo, en él habita el universo entero.

 

Cuando sus padres, presa de la pobreza, deciden abandonarlos en el bosque, Pulgarcito no llora: piensa. Lanza piedritas blancas. Luego migas de pan. Y cuando el ogro aparece, lo engaña, lo burla, lo vence.

 

Este cuento es una oda a la inteligencia agazapada en los rincones, a la astucia que no necesita gritar para imponerse. Pulgarcito no tiene espada, pero tiene mente. No tiene fuerza, pero tiene método. No tiene alas, pero sabe leer las pisadas del miedo.

 

Y en su triunfo, lo que brilla no es la gloria ruidosa, sino la silenciosa victoria del niño que supo salvar a todos.

 

Perrault aquí eleva la resiliencia de los inocentes, la dignidad de los pobres, y sobre todo, la sabiduría del que calla y actúa.

 

Riquete el del Copete o la hermosura escondida en el pensamiento

 

Este es, quizá, el cuento más paradójico y filosófico de Perrault.

 

Riquete nace feo, grotesco, con un copete que lo hace aún más ridículo. Pero las hadas le dan un don: la inteligencia. En otro reino nace una princesa tan bella que los astros parecen arder a su paso. Pero es boba.

 

Un día, se cruzan.

 

Riquete le ofrece, con ternura, parte de su inteligencia. Ella la acepta, y en ese instante nace en ella una nueva belleza, invisible pero poderosa: la del pensamiento.

 

Este cuento es una meditación luminosa sobre la relatividad de la belleza, sobre los dones ocultos, sobre el alma que se construye por dentro. Porque cuando la princesa —ya lúcida— contempla a Riquete, comienza a verle hermoso.

 

No porque su rostro haya cambiado, sino porque el amor nos enseña a ver lo esencial.

 

Perrault aquí se anticipa a la pedagogía moderna, a la filosofía de la empatía, al arte de leer más allá del espejo.

 

Las Hadas o el castigo de la crueldad y el don de la bondad callada

 

Dos hermanas: una es dulce, servicial, compasiva. La otra, altiva, insolente, avara.

 

Cuando la primera ayuda a una anciana en el bosque, descubre que es un hada. Y su recompensa es extraña y bella: cada vez que habla, le salen perlas, flores, diamantes.

 

La otra hermana, queriendo imitarla, se porta con grosería. Su castigo: de su boca salen sapos y culebras.

 

Aquí Perrault es directo. Pero no castiga la pobreza, ni premia la belleza. Castiga el carácter vil, la ausencia de bondad. Premia la nobleza de espíritu, la generosidad silenciosa.

 

Y en una sociedad donde el oro era rey, Perrault nos dice que hay una riqueza superior:

 

LA QUE BROTA DEL ALMA BUENA, SIN NECESIDAD DE ESPECTÁCULO.

 

Reflexión hipnótica

 

En este segundo cuarteto de cuentos, la ternura es la espada. La dulzura es la victoria. La inteligencia, la belleza verdadera. Y la humildad, el oro más puro.

 

Cenicienta vence sin odio. Pulgarcito guía sin ruido. Riquete conquista con pensamiento. La hermana buena embellece el mundo con su voz.

 

Perrault no escribió para dormir a los niños, sino para despertar a los adultos. En sus relatos hay política, ética, psicología y poesía. Y hay, sobre todo, una enseñanza que late como un tambor sagrado:

 

NO IMPORTA DÓNDE NACES, NI LO QUE TIENES. IMPORTA LO QUE HACES CON LO QUE ERES.

 

Porque, al final del día, cada uno de nosotros es un cuento que se escribe entre el polvo y el cristal, entre la ceniza y el relámpago.

 

Y como decía Mamá Oca al final de sus historias:

“Colorín colorado… este conjuro no ha terminado.”