Por Arturo David Vásquez Urdiales
“AQUÍ NO SE SIENTAN LOS INDIOS”
La herida que llevó en el corazón Ignacio Manuel Altamirano, orgullo de Guerrero
- Transcripción íntegra del relato de Juan de Dios Peza
“EL HOSPITAL DE TERCEROS DE SAN FRANCISCO, QUE FUE DERRIBADO HACE TIEMPO, LEVANTÁNDOSE EN SU LUGAR EL HERMOSO EDIFICIO DE CORREOS, ERA AMPLIO Y SÓLIDO, DISTINGUIÉNDOSE POR LOS ESBELTOS ARCOS DE SU PRIMER PATIO, QUE SOSTENÍAN UNOS ANCHOS CORREDORES DONDE ESTABAN LOS DEPARTAMENTOS QUE SOSTUVIERON POR MUCHOS AÑOS A LA ESCUELA NACIONAL DE COMERCIO Y ADMINISTRACIÓN. EN EL ÁNGULO QUE DABA PARA LA CALLE DE LA MARISCALA Y EL CALLEJÓN DE LA CONDESA, ESTABAN LOS ELEGANTES SALONES Y LA BIBLIOTECA DE LA SOCIEDAD MEXICANA DE GEOGRAFÍA Y ESTADÍSTICA.
En el salón principal y derredor de una mesa de caoba con elegante carpeta, sentábase el maestro Ignacio Manuel Altamirano con algunos de sus discípulos, y entre ellos Justo Sierra, Jorge Hammeken y yo, a redactar el periódico La Tribuna, en el que todos poníamos los cinco sentidos para que fuese cada número digno de la cultura de los redactores y del buen nombre de su director. Altamirano, como es sabido, era indio puro, se había formado por sí mismo, y con el orgullo de su raza refería las amarguras de su infancia, cuando en su pueblo natal asistía descalzo a la escuela, en que se sentaban de un lado niños de razón, blancos e hijos de ricos hacendados, y del otro los indígenas, casi desnudos y en su totalidad muy pobres.
Cierta noche, después de que Altamirano nos había encantado con una conversación amena, entró de improviso en la sala un caballero, indio también, elegantemente vestido, con levita negra cruzada, llevando en su mano el sombrero de copa y en la otra un bastón de caña de Indias, con un puño de oro.
—¿No ha venido el señor Manuel Payno? —preguntó atentamente.
—No, señor —le respondí—, pero creo que vendrá más tarde y puede usted, si quiere, esperarlo.
—Muy bien —contestó el caballero, e iba a sentarse en uno de los magníficos sillones que allí había, cuando Altamirano, dirigiéndole una mirada terrible, le dijo:
—Vaya usted a esperarlo en el corredor, porque en esos sillones no se sientan los indios.
El caballero aquel, muy cortado, se salió sin decir una palabra.
—¡Maestro! —exclamó Justo Sierra—, ¿qué ha hecho usted?
—Voy a explicarlo, hijos míos. Era yo un niño muy pobre, desnudo, descalzo, que hablaba el mexicano mejor que el español, y cuando en la escuela de mi pueblo aprendí cuanto aquel maestro enseñaba, éste me tomó de la mano, me llevó con mi padre y le dijo: “Ya no tengo nada que enseñar a este muchacho; llévelo usted con esta carta mía al Instituto de Literatura de Toluca, para que allí lo pongan en condiciones de hacer una carrera, y así conquiste el porvenir que se merece”.
Mi padre, muy agradecido, tomó la carta, puso en su huacal algunas tortillas gordas y unos quesos frescos, y a la mañana siguiente, al despuntar el alba, se echó el huacal a la espalda, cogió su báculo, me tomó de la mano y salió conmigo de Tixtla para caminar a pie hasta Toluca. El viaje fue fatigoso, porque el suelo del sur es muy quebrado y el sol es muy ardiente; dormíamos a campo raso y bebíamos agua en los arroyos que encontrábamos en el camino. Excuso decir que llegamos a Toluca rendidos, a las cuatro de una tarde nebulosa y fría.
Para no perder tiempo, mi padre se fue conmigo al Instituto y buscamos a don Francisco Modesto Olaguíbel, que era rector, o en su ausencia, al licenciado don Ignacio Ramírez, que era vicerrector y que lo sustituía muy a menudo.
Ni uno ni otro estaban en el Instituto, y mi padre, llevándome de la mano, se encontró con este caballero que acaban ustedes de ver entrar aquí y que estaba empleado en la secretaría.
“No están las personas que buscas”, le dijo con tono agrio, “pero puedes esperarlas, porque alguna de ellas ha de venir esta tarde”.
Mi padre, en el colmo de la fatiga, se sentó en una silla, indicándome que yo a sus pies me sentara en la alfombra. Cuando este caballero nos vio, miró con profundo desprecio a mi padre y le dijo con orgullo:
“Vete con tu muchacho al corredor, porque aquí no se sientan los indios”.
Y hoy, no hago más que pagar con la misma moneda, al que tan duramente trató al autor de mis días.
Y en los ojos del maestro, que parecían diamantes negros, brillaron dos lágrimas de dolor, que fulguraban con el melancólico brillo de un triste recuerdo”.
- ¿Quién fue Ignacio Manuel Altamirano?
Fue el hijo del pueblo. Nacido en Tixtla, Guerrero, en 1834, indígena náhuatl, descalzo y sin herencia material, pero con un fuego de sabiduría que devoraba la oscuridad. Fue escritor, militar liberal, político, juez, maestro y fundador de la literatura nacional. Su pluma forjó caminos, y su vida, una lección. Impulsó la educación, luchó por la justicia y por una república ilustrada.
III. ¿Actuó bien o mal Altamirano?
Humanamente, su respuesta fue un eco de la herida. No fue odio, fue memoria. El sillón que negó no era de caoba: era de dignidad, era el símbolo de la infancia mancillada.
Ética y moralmente, podría decirse que actuó con justicia emocional, pero no con compasión. En lugar de elevarse, se cruzó con la sombra del ayer. Fue humano, intensamente humano. Tal vez se equivocó, pero no mintió.
- Mandela: el perdón que venció al odio
Nelson Mandela nació en 1918 en Sudáfrica, en plena segregación racial. Abogado, militante del Congreso Nacional Africano, fue condenado a cadena perpetua en 1964 por luchar contra el apartheid, el sistema de opresión racista más brutal de su época.
Estuvo 27 años en prisión. Durante décadas lo aislaron, humillaron, golpearon y le negaron incluso los libros. Fue confinado en Robben Island, donde el mar era cárcel y el cielo castigo.
Pero el muro no venció su alma. Mandela salió de prisión en 1990. En 1994, fue elegido presidente de Sudáfrica, el primero negro en un país donde antes ni siquiera podía votar. Y fue entonces, en su momento de mayor poder, que ocurrió uno de los actos más conmovedores:
EN UN ACTO PÚBLICO, UNO DE SUS ANTIGUOS CARCELEROS LO VIO DESDE LA MULTITUD. TEMBLABA. HABÍA ESCUPIDO, GOLPEADO Y ORINADO A MANDELA. CREÍA QUE AQUEL DÍA SERÍA EL DE SU CASTIGO.
Mandela lo vio. Caminó hacia él.
Extendió la mano.
Y lo abrazó.
“Este hombre me custodiaba. Este hombre es libre hoy, como yo lo soy. El odio nos hace prisioneros. El perdón nos libera”.
Fue la gloria del perdón. No por debilidad, sino por grandeza.
- Comparación de ambos actos
Aspecto Ignacio Manuel Altamirano Nelson Mandela
Origen Indígena náhuatl Xhosa africano
Agravio Desprecio racial directo Humillación, prisión, tortura
Reacción al poder Devolvió la afrenta Perdonó al enemigo
Resultado Venganza simbólica Reconciliación nacional
Lección El dolor cicatriza lento El perdón abre nuevos tiempos
- Pensamiento final
Altamirano era herida viva en una nación que aún escupía sobre la frente morena. Mandela fue luz nueva en un país que sangraba. Ambos representan destinos posibles: devolver la piedra o sembrar la flor.
“PORQUE NO BASTA CON SER JUSTO, HAY QUE SER GENEROSO. Y NO BASTA CON RECORDAR EL AGRAVIO, HAY QUE TRASCENDERLO. LA MEMORIA ES NECESARIA, PERO EL PERDÓN ES DIVINO.”
Hoy, que muchos sillones siguen vetados para quienes tienen otro tono de piel o distinta raíz, recordemos a los dos: al que defendió su dolor, y al que lo transmutó en esperanza.
Que nuestras heridas no nos hagan verdugos, sino poetas de la reconciliación.
Urdiales Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC ©® quienes les invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores; agradezco mucho su atención.








