Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

 

El Dios de los Científicos: una plegaria razonada entre átomos y galaxias

 

En este domingo de gracias, en este día sagrado para los que celebran el milagro de existir —ya sea en la quietud del templo, en la danza del sol entre las ramas o en la humilde taza de café que nos ofrece el instante—, nos convoca un susurro que atraviesa los siglos: el susurro del Ente Divino que habla no sólo en la Escritura, sino en la partitura secreta de la física, en la geometría de una flor, en la ecuación elegante que predice la curva de una galaxia.

 

Sí, hoy, domingo 8 de junio, día del Gran Ente Divino Creador de lo posible y lo inimaginable, volvemos a mirar con asombro cómo incluso los sabios de la ciencia, los más rigurosos con sus fórmulas, sus experimentos y sus laboratorios, han sido tocados —de un modo u otro— por esa luz sagrada que no puede atraparse, pero sí contemplarse.

 

Spinoza, el hereje luminoso

 

Baruch (Benedicto) Spinoza, el judío excomulgado, el alma libre, el pulidor de lentes y panteísta profundo, fue desterrado de la sinagoga por atreverse a decir que Dios no está fuera del mundo, sino que es el mundo mismo. Que natura naturans, la naturaleza que crea, es también la divinidad palpitante. Su Dios no era un anciano con barba ni un juez cósmico, sino la totalidad de la existencia, la sustancia infinita que se despliega en infinitos modos: pensamiento, extensión, amor, duda, armonía.

 

Fue acusado de ateo por los ortodoxos, y sin embargo, los verdaderos ateos lo acusan de místico. Porque Baruch no negaba a Dios: lo desbordaba. Lo volvía cosmos.

 

Y sí, es cierto: Albert Einstein, el demiurgo de la relatividad, confesó más de una vez que si había un Dios en el que pudiera creer, sería el de Spinoza:

 

"Creo en el Dios de Spinoza, que se revela en la armonía ordenada de lo que existe, no en un Dios que se interesa por el destino y las acciones de los seres humanos".

 

No era devoción eclesiástica, sino reverencia cósmica. En su físico ateísmo, Einstein aún encontraba sagrado el misterio.

 

Louis Pasteur y la Biblia en el tren

 

Se cuenta que un joven estudiante, engreído por sus lecturas positivistas, encontró un día en el tren a un anciano leyendo la Biblia. Con desprecio, le dijo: — ¿Todavía cree en esos cuentos de hadas?

 

El anciano, sereno como una montaña vieja, sonrió. Cuando el joven descendió del vagón, alguien le dijo: — ¿Sabes con quién hablaste?

—No —respondió.

—Con Louis Pasteur, el padre de la microbiología, el que salvó millones de vidas.

 

Un silencio debió caer sobre aquel estudiante. Porque la ciencia que descubre no está reñida con la fe que admira.

 

"A Dios por la ciencia"

 

El apotecma jesuita —tan citado como olvidado en estos tiempos de extremos ideológicos— fue más que una consigna: un puente entre la razón y el espíritu. Lo pronunció la Compañía de Jesús con la claridad del silicio y la llama del incienso: la ciencia no destruye la fe, la refina; la fe no niega el experimento, lo inspira.

 

Gregorio Mendel, monje agustino, fundó la genética desde el jardín de su abadía.

 

Georges Lemaître, sacerdote belga, fue quien propuso primero la teoría del Big Bang, a la que llamó con reverencia “el huevo cósmico primordial”.

 

Blaise Pascal lloró de gozo tras un encuentro místico y escribió: "El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, no el de los filósofos y sabios"... ¡y eso siendo él mismo un sabio inmenso!

 

Los otros creyentes

 

Abraham Lincoln, desgarrado por la guerra civil, escribió:

 

“Cuando veo los cielos, el trabajo de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste… ¿qué es el hombre, para que tengas de él memoria?”.

 

Y aunque era un hombre de razón, nunca negó al Creador, sólo renegó de quienes lo usaban para justificar el odio. Como Gandhi, que rezaba diciendo:

 

“La ciencia sin humanidad es uno de los pecados modernos. Dios está en la verdad y la no violencia”.

 

Incluso Werner Heisenberg, el padre del principio de incertidumbre, dijo una vez:

 

“El primer sorbo de la copa de la ciencia puede volverte ateo; pero en el fondo de la copa te espera Dios”.

 

Un domingo de contemplación

 

Hoy, bajo este sol que aún gira por gracia de fuerzas invisibles, nos detenemos a agradecer. No con palabras vacías ni con dogmas sin música. Sino con conciencia despierta, como la del biólogo que mira la espiral del ADN y ve una sinfonía escrita sin tinta. Como la del poeta que nombra a Dios en la forma de un pétalo. Como la del científico que reconoce que hay algo más allá del cero absoluto.

 

Hoy, desde las Letras Hipnóticas, rendimos tributo al Ente Supremo que brilla entre las leyes de Newton y los salmos de David. Que danza en la probabilidad cuántica y en los Evangelios Apócrifos. Que respira en los sueños de Pasteur, en los cálculos de Einstein, en la mirada interior de Spinoza, en la partícula que no podemos ver pero que sostiene la realidad entera.

 

Porque en el fondo —como diría Teillhard de Chardin— no somos seres humanos teniendo una experiencia espiritual, sino seres espirituales teniendo una experiencia humana.

 

Y este domingo, más que nunca, esa experiencia se llama gratitud.

 

Amén.

 

Dr. Arturo David Vásquez Urdiales.

 

Notario de las constelaciones del alma, cronista del pensamiento hipnótico y peregrino del misterio.

 

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