Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

 

José Rizal, la pluma que incendió un archipiélago

En la vasta constelación de los hombres libres, pocos brillan con la nitidez de José Rizal, ese lucero del oriente nacido en Calamba, Laguna, en 1861, cuando la sombra de la colonia española cubría aún las islas filipinas como una noche sin aurora. Rizal no fue un caudillo de espada ni un incendiario de pólvora; fue algo más temible: fue un cirujano del alma nacional. Su bisturí fue la palabra. Su campo de batalla, la página. Su ejército, las conciencias despiertas.

 

Desde niño fue un prodigio: hablaba con los árboles, memorizaba los astros, copiaba en su corazón los versos de la historia. La inteligencia le rebosaba como un manantial inquieto. Cruzó los océanos para estudiar medicina en Madrid, y allí, en la Universidad Central, aprendió a curar los ojos… pero su verdadera vocación era abrir los párpados espirituales de un pueblo dormido. Más que oftalmólogo, fue vidente: supo mirar detrás del velo colonial, donde se ocultaba la humillación, la miseria y el olvido.

 

Rizal era también un mago de lenguas. Hablaba más de diez idiomas, no por vanidad erudita, sino porque sabía que cada lengua es un puente hacia otro mundo, otra dignidad. Con esa polifonía interior, escribió dos de las obras más subversivas del siglo XIX en Asia: Noli Me Tangere y El Filibusterismo. Dos novelas que no fueron sólo literatura, sino dinamita simbólica. Con ellas, Rizal mostró al pueblo filipino el rostro de su verdugo, pero también el espejo de su alma encadenada.

 

“Noli Me Tangere” –No me toques– es un Evangelio invertido: el Cristo es el pueblo, y los fariseos, sus gobernantes. El dolor se vuelve tinta, el miedo se vuelve letra, y la letra… libertad. En “El Filibusterismo”, el tono cambia: ya no hay redención posible en el amor; sólo en la rebeldía. Rizal sabía que cuando la palabra ya no basta, el silencio se convierte en trueno.

 

Y así fue. Las autoridades coloniales, sordas a su mensaje pacífico, lo acusaron de conspiración, porque temían su lucidez más que mil sables. Fue apresado, juzgado, condenado. El 30 de diciembre de 1896, bajo un cielo sin piedad, José Rizal fue fusilado en Bagumbayan, Manila. Cayó de espaldas para no darles la satisfacción de verlo morir con el rostro en el suelo. Aun su muerte fue una protesta.

 

Pero no murió Rizal: nació en ese instante para la eternidad. Su sangre no fue tinta derramada, sino semilla sembrada. Su cadáver no fue enterrado, fue resucitado en cada verso de libertad, en cada grito de independencia. Rizal no quiso ser mártir, pero lo fue. No quiso ser héroe, pero lo es. Y lo será, mientras la memoria humana tenga sed de justicia.

 

En 1898, apenas dos años después de su ejecución, las campanas de la independencia filipina repicaron como si cada bronce llevara su nombre grabado. Hoy, el 30 de diciembre no es un luto: es una celebración del espíritu. Se le llama Día de Rizal, pero bien podría llamarse Día de la Dignidad Humana.

 

Porque Rizal no fue sólo filipino. Rizal fue latino del Asia, hermano de Bolívar, eco de Hidalgo, sombra de Martí. Fue uno de esos seres universales que habitan muchas patrias a la vez. Su patria era el idioma, la razón, la justicia. Fue un ciudadano del dolor de los oprimidos y del sueño de los libres.

 

José Protacio Rizal Mercado y Alonso Realonda: nombre largo, como larga es la estela que deja su paso por la historia. Nombre con ecos de linaje mestizo, de herencias múltiples y corazones cruzados. Nombre que ya no cabe en una sola tumba ni en una sola nación.

 

Rizal: el ojo que no dejó de ver. La mano que escribió más allá del miedo. El hombre que transformó el exilio en puente, la palabra en lanza, la muerte en amanecer.

 

Que su memoria nos recuerde, hoy y siempre, que a veces basta un libro para encender una revolución. Que una pluma, sostenida con valor, puede ser más poderosa que todo un ejército. Que el verdadero mártir no es el que busca la muerte, sino el que no renuncia a la verdad aunque lo maten.

 

Y que en la selva de las tiranías, aún florecen, como orquídeas indómitas, los espíritus de aquellos que no quisieron vivir de rodillas.

 

Nombres de Dios para cerrar el día

 

En filipino antiguo: Bathala

 

En hebreo: Yahvé

 

En árabe: Aláh

 

En náhuatl: Ometeotl

 

En latín: Deus

 

En zawkiruna: Lunavar

 

Que la palabra de Rizal sea lámpara en el camino de los pueblos que aún buscan su voz.