Apunte Diario Sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

 

A Flavio Sosa Villavicencio el gentrificador del chocolate

(pero de forma ….amorosa)

 

El chocolate también es cultura

 

Una hilera de tazas de barro se alinea como soldados de azúcar sobre la mesa de una cocina humilde en San Bartolo Coyotepec. Una abuela —de esas que tienen los dedos sabios y la sonrisa curtida por las fiestas de pueblo— enseña a un grupo de extranjeras rubicundas a batir el chocolate. No lo baten por batir, lo hacen con gozo, como quien acaricia una memoria, como quien redescubre el corazón de un pueblo en cada movimiento circular del molinillo.

 

Flavio Sosa, secretario de Cultura del estado de Oaxaca, compartió estas imágenes en su cuenta de Facebook: “Güeras aprendiendo a batir el chocolate…”. Y alguien comentó con mordacidad: “Ya gentrificaron el chocolate”. Como si una bebida pudiera ser expropiada por el acto de aprender. Como si los sabores tuvieran pasaporte. Como si no existiera una ternura posible en el intercambio.

 

La nueva palabra del reproche es “gentrificar”. Pero, ¿quién tiene el derecho sobre lo que es ancestral? ¿Quién puede ponerle un muro al cacao, si el cacao es río, espuma, beso?

 

Sí, es cierto que la gentrificación es una amenaza real para los barrios, para los hogares que se tornan inaccesibles, para la memoria que se encarece en dólares. Pero también es cierto que existe otra forma de intercambio: la que nace del respeto, del deseo profundo de comprender, del amor al fogón ajeno.

 

Y si de gentrificar hablamos, ¿no hemos sido nosotros mismos, los oaxaqueños, una fuerza cultural que ha “gentrificado” (sin saberlo) cientos de barrios en California, en Texas, en Nueva York? ¿Qué es un barrio de Los Ángeles sin su tlayuda, sin su velada zapoteca, sin su Virgen de Juquila en un altar improvisado? ¿Qué es San Francisco sin sus muxes bailando con garbo en las calles del orgullo?

 

Nuestros migrantes no sólo se llevan sus manos para trabajar: llevan su música, sus santos patronos, sus mayordomías, sus palabras. Llevan el mole en frascos envueltos en ropa interior para que no se derrame en el vuelo. Llevan el chocolate en tabletas que huelen a niñez y eternidad.

 

El chocolate también migra.

El chocolate no tiene aduana.

El chocolate no sabe de pasaportes ni muros ni visas.

El chocolate es una forma de decir “te amo” en todas las lenguas.

 

Decía Alfonso Reyes que el mestizaje era la voluntad de convivir. Y yo digo: el chocolate es la voluntad de compartir. No es exclusivo de Oaxaca, pero Oaxaca lo ha elevado a rito. A ceremonia del alma.

 

Hay quienes temen que nos roben lo nuestro. Pero hay una verdad más profunda: lo que se comparte, no se pierde; lo que se ama, no se extingue. Y esas güeras hermosas, llenas de asombro, se llevan algo más que una receta: se llevan el rumor de los pueblos, la cadencia de los mercados, la lección sagrada de una mujer que nunca fue a Harvard, pero que sabe cuántas vueltas exactas se dan al molinillo para que el chocolate cante.

 

No teman, pues, a la escena. Teman al olvido.

Porque el verdadero enemigo del pueblo no es el turista, sino el abandono.

Y si un chocolate se vuelve universal, entonces que lo sea.

Que lo beban en Oslo y en Denver, que lo aprendan en París y en Montreal.

Pero que en cada sorbo se diga el nombre de Oaxaca, como un rezo.

 

Así que, Flavio, sí: tal vez gentrificaste el chocolate.

Pero también hagámoslo Etereo y Eterno.

 

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