Por Arturo Vásquez Urdiales
Al pie de una colina en el noroeste de Camerún, rodeado de vegetación exuberante, se escondía un espejo de agua profunda y silenciosa: el Lago Nyos. Era una caldera volcánica dormida, encajada en el cráter de un antiguo volcán, que dormía… pero soñaba con gases y presiones del inframundo.
Esa noche, la del 21 de agosto de 1986, no hubo explosión. No hubo terremoto. No hubo relámpagos en el cielo ni rugidos en la tierra. Solo el murmullo del viento y el canto nocturno de los insectos. Y entonces, el silencio.
Un soplo invisible, pesado como el plomo y frío como la tumba, descendió de las aguas. Era dióxido de carbono (CO₂). Enorme, puro, letal.
Una nube blanca, espesa y asfixiante emergió del lago como si los antiguos espíritus del cráter hubiesen exhalado toda su rabia contenida. El gas era más denso que el aire. Bajó por las laderas. Se deslizó como una serpiente entre las aldeas. No olía. No se veía. Solo mataba.
En cuestión de minutos, 1,800 personas y más de 8,000 animales cayeron muertos sin entender qué pasaba. Muchos fueron encontrados en sus camas, otros con rostros congelados de angustia, sin haber emitido un grito. Ni las moscas se salvaron.
¿Qué fue lo que pasó?
Científicamente, esto se conoce como un “desgasificado limnológico” o erupción límnica.
El Lago Nyos está situado sobre una cámara magmática subterránea, y a lo largo de los años, dióxido de carbono se fue acumulando en sus aguas profundas. Normalmente, estos gases se mantienen disueltos bajo presión, como en una botella de refresco bien cerrada.
Pero aquella noche, algo —quizá un deslizamiento de tierra, un pequeño sismo, un cambio de temperatura— perturbó el equilibrio y liberó el gas de forma explosiva. Como cuando se agita una soda y se destapa: el CO₂ burbujeó desde el fondo del lago y emergió a la superficie en cantidades colosales: más de 300,000 toneladas de gas letal.
La nube descendió como una neblina infernal y se extendió hasta 25 kilómetros. Al no haber oxígeno, las personas y los animales murieron asfixiados en segundos.
El después
Los sobrevivientes relataron escenas de pesadilla: al despertar, veían cuerpos por doquier, vacas, cabras, aves, personas… como si la muerte hubiese pasado a visitarlos en silencio.
Los científicos del mundo llegaron después, incrédulos. El lago seguía allí, quieto, azul, hermoso… y absolutamente traicionero.
Desde entonces, se instalaron tubos de desgasificación para liberar poco a poco el CO₂ acumulado. Pero Nyos sigue siendo un símbolo del poder dormido de la Tierra. Y del horror invisible que habita en lo profundo.
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